Según un estudio reciente, más de la mitad de las maestras y maestros de primaria no aplican el plan de estudio actual (SEP, 2022), sino que combinan lo vigente con el conocimiento curricular anterior (SEP, 2017). Con ese tipo de hallazgos, aunque parciales, la evaluación del actual plan de estudio para la educación preescolar, primaria y secundaria representa un reto enorme, en términos de hacer un ejercicio de valoración de las políticas públicas en este ámbito durante los últimos siete años.

La evaluación curricular y en general del modelo educativo actual se podría abordar desde diferentes modelos o enfoques especializados para dar seguimiento a los cambios, lo cual también conduce a una segunda dificultad: ¿qué modelo elegir?; o a una tercera cuestión: reconocer la brecha clásica existente entre el currículo prescrito y currículo en acción.

Hago referencia a un estudio publicado recientemente, donde se realizaron treinta entrevistas a docentes: dieciséis de primarias públicas, siete de primarias indígenas y siete de primarias de sostenimiento privado, en las que se reporta lo siguiente: “La implementación de la NEM (plan 2022) se realiza mezclando (a veces no armónicamente) ideas y experiencias anteriores. Tanto en el manejo conceptual de la reforma como en la descripción de las actividades de los proyectos o el uso de los LTG se observa una práctica docente que sobrepone lo nuevo a lo ya conocido”. A esto se le llama “hibridación de la práctica”. (Ver: Irma Villalpando (2026), “La Nueva Escuela Mexicana en el aula: historia de un extravío”, Cuadernos de Educación, Año 1 • No. 1).

Ello también se puede interpretar de otra manera: la mayoría de las maestras y maestros de educación primaria, de cualquier modalidad y tipo de sostenimiento, realizan sus prácticas docentes a partir del modelo anterior, es decir de 2017, en combinación con los dispositivos técnicos y conceptuales del modelo vigente, lo cual no invalida la evaluación del nuevo plan, sino que la convierte en una oportunidad para diagnosticar la llamada “fidelidad de implementación”, así como identificar barreras y realizar reajustes por parte de las y los docentes tanto en forma individual como colegiada.

El hecho de que las y los docentes combinen los modelos curriculares del pasado y el presente, no necesariamente significa que no aprecien ni valoren el plan actual, sino que probablemente se observa un complejo proceso de transición de las prácticas de enseñanza.

Como se puede apreciar, estamos frente a un debate interesante en el cual se pone sobre la mesa la pregunta ¿con qué modelo o enfoque se evalúan las políticas públicas de la educación básica?

La literatura especializada sobre evaluación de institucionales educativas (por ejemplo, Stufflebeam, Mejoredu, entre otros) enfatiza enfoques con rasgos formativos, participativos y multidimensionales, no punitivos ni exclusivamente sumativos. Y si bien en los estudios se registra la necesidad de incorporar referentes empíricos, no siempre las interpretaciones de los hechos se dan desde un enfoque o perspectiva cuantitativa, sino también cualitativa.

El modelo llamado “Contexto, insumo, procesos y producto” (CIPP) de Stufflebeam (1971, 1987; Stufflebeam & Shinkfield, 2007) es uno de los marcos especializados más utilizados en evaluación de sistemas y programas educativos, especialmente en contextos de reforma con brechas de implementación. Se orienta a la toma de decisiones y mejora continua, no sólo a la rendición de cuentas. En México y Latinoamérica se ha aplicado ampliamente a evaluaciones curriculares o de modelos educativos generales. Este modelo permite evaluar el plan, aunque los docentes usen prácticas anteriores, porque el foco está en diagnosticar el proceso para ajustar insumos y contexto, no en “culpar” a las y los docentes.

Por otra parte, el propio Plan de estudio 2022 (SEP. Acuerdo 14/08/22) ha diseñado su propio modelo de evaluación institucional y curricular (en sintonía con las recomendaciones de la Comisión para la Mejora Continua de la Educación (Mejoredu, desaparecida en 2024), como un modelo de seguimiento permanente y formativo, no externo ni punitivo, dado que el currículo es una “propuesta colectiva en permanente construcción” (p. 7). Por ello, se incluye el codiseño (proceso en el cual docentes, comunidad y autoridades locales adaptan contenidos, según la Ley General de Educación, LGE, art. 23). Donde también la evaluación de los aprendizajes escolares es formativa y dialógica (retroalimentación continua, no sólo con base en calificaciones; pp. 90, 154) y se replantea para evaluar “avances según las condiciones, ritmos y estilos” (p. 43).

En este enfoque de evaluación institucional y curricular, elegido por la SEP, también se considera la realización de un monitoreo de los Consejos Técnicos Escolares (CTE), junto con ejercicios de autoevaluación docente y reflexión colectiva sobre la puesta en acción (por ejemplo, tomar información sobre la correspondencia entre programas sintéticos, analíticos, campos formativos y ejes articuladores durante la práctica docente). Es el Modelo de Evaluación Diagnóstica, Formativa e Integral (MEDFI, 2022-2030), alineado con el ideario y las políticas de la Nueva Escuela Mexicana. Una pregunta, hasta aquí, para las autoridades educativas federales (SEP) es: ¿sigue en marcha el mismo modelo?

MejorEdu publicó, en junio de 2022, el documento: “Recomendaciones de mejora al Plan y programas de estudio 2022”, después de realizar un análisis de su estructura, coherencia y viabilidad (primer ejercicio formal de evaluación de dicho plan). El modelo de la SEP realizó evaluaciones diagnósticas nacionales con Ejercicios Integradores de Aprendizaje (EIA) basados en el Plan 2022 (situaciones problemáticas interdisciplinarias, no por asignaturas). Estas miden adopción real y generan retroalimentación para la mejora continua de las prácticas docentes (Mejoredu, 2024). Se enfoca en tres ámbitos: mejora del aprendizaje estudiantil, práctica docente y condiciones escolares. Incluye secuenciación reflexión-acción en escuelas (enfoque cualitativo).

Dado que la mayoría de las y los docentes usa el plan de estudio anterior o lo combina con el actual, la evaluación de la SEP hoy considera los siguientes elementos: fuentes literarias sobre evaluación institucional, fidelidad de implementación por parte de docentes, observaciones de aula, análisis documental de programas analíticos vs. sintéticos, y encuestas a docentes sobre prácticas diarias. Además, se prioriza la evaluación para la mejora (no de responsabilidad o “accountability” externa como en 2013), y se reconocen los saberes docentes como base (Plan 2022, p. 42: docentes “reinventaron” su labor durante pandemia desde sus propias prácticas).

Es un enfoque que valora las prácticas existentes como punto de partida para la contextualización y codiseño, en lugar de imponer cambio vertical y centralizado. A mediano plazo (2024-2026 y años siguientes), según la lógica oficial, los CTE generarán evidencia acumulada para rehacer acciones sobre el plan, con la finalidad de asegurar pertinencia, oportunidad y equidad.

Un problema de este modelo, sin embargo, es que la SEP ha depositado mucha responsabilidad en el funcionamiento de los CTE sin realizar un seguimiento nacional robusto en los primeros ciclos escolares de su puesta en operación (2023-2024), lo que refuerza la necesidad de atender y acompañar adecuadamente a ese tipo de procesos de gestión educativa y escolar.

En la evaluación educativa institucional o curricular los instrumentos, las técnicas y los recursos son medios, no fines. El problema viene cuando a los medios se les sobrevalora y usa como criterios para imponer políticas y descalificar a los proyectos educativos que no adoptan esa sobrevaloración. El obstáculo principal de la evaluación educativa no está en los instrumentos ni en las técnicas, sino en la interpretación y los usos que se hacen con la información y los datos que se generan. Además, “los datos” son siempre objeto de interpretaciones diversas.

En diciembre de este 2026 se darán a conocer los resultados del Programa Internacional de Evaluación de Estudiantes (PISA, por sus siglas en inglés), que se aplicó en 2025. Recordemos que México participa en ese tipo de estudios.

Si se consideran los resultados de PISA y dados los hallazgos del estudio sobre las prácticas docentes, descrito aquí: ¿a qué plan se atribuirán los resultados en términos de avances o retrocesos formativos y de aprendizajes escolares? ¿Qué plan domina en las prácticas docentes? ¿Qué modelo de evaluación permanecerá o será desechado? ¿Estamos frente a un profundo y largo proceso de transición en las prácticas educativas y docentes de la educación básica?

X: @jcma23 | Correo:jcmqro3@yahoo.com