“El poder acepta mejor el elogio que el examen; por eso la crítica suele confundirse con una ofensa”.

Raymond Aron

Hace tres años fui una de las periodistas demandadas por la hoy senadora Andrea Chávez. En aquella querella también aparecieron otros comunicadores, entre ellos Federico Arreola, director de este diario digital, Carlos Loret de Mola, Raymundo Riva Palacio y seis más. La acusación era por violencia política de género. El problema con el que finalmente se topó la hoy aspirante morenista —que, por cierto, hace campaña adelantada— a la gubernatura de Chihuahua fue sencillo: nuestras críticas no tenían relación alguna con su condición de mujer. Se cuestionaban conductas, decisiones y señalamientos de presunta corrupción. Ella terminó por retirar la demanda.

Lo recuerdo ahora que la presidenta Claudia Sheinbaum ha decidido responder a diversos cuestionamientos políticos con un argumento similar: que atribuyamos influencia de Andrés Manuel López Obrador sobre su gobierno constituye una expresión de misoginia.

Conviene detenerse un momento. La democracia exige distinguir entre una crítica al desempeño de un gobernante y un prejuicio contra su identidad. Confundir ambas cosas no fortalece a las mujeres en el poder; de hecho, debilita la discusión pública.

A la presidenta no se le cuestiona por ser mujer. Se le cuestiona por sus decisiones de gobierno. Por sus resultados. Por sus omisiones. Por sus nombramientos. Por sus estrategias. Por la influencia que ejerce Andrés Manuel en su gobierno, independiente de su género. Exactamente igual como ocurrió con sus antecesores hombres.

Más aún: el verdadero acto de condescendencia consistiría en asumir que una mujer debe quedar exenta del mismo escrutinio que enfrentaron los varones que ocuparon antes el cargo.

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La igualdad política no consiste en recibir menos críticas. Consiste en ser sometida al mismo estándar y al mismo trato.

Por eso resulta llamativo que la respuesta presidencial no haya sido demostrar con hechos la autonomía de su gobierno, sino denunciar la supuesta misoginia de quienes observan una influencia persistente del expresidente.

La contradicción es difícil de ignorar.

No fueron los columnistas quienes decidieron que Andrés Manuel López Obrador siguiera ocupando espacio político después de dejar el cargo. No fueron los analistas quienes publicaron cartas desde Palenque. No fueron los críticos quienes colocaron de nuevo al expresidente en el centro de la conversación nacional. Tampoco fueron los observadores quienes mantuvieron viva una liturgia política en la que buena parte de los cuadros de Morena continúan rindiendo homenaje permanente al fundador del movimiento, como si la transición presidencial siguiera inconclusa.

La percepción de continuidad no surge de una conspiración mediática. Surge de hechos políticos visibles. El centro de ello es la influencia de una expresidente sobre su sucesor/a.

Resulta paradójico que quienes con mayor frecuencia proyectan la sombra del expresidente sobre el gobierno actual no sean los opositores, sino integrantes del propio movimiento, empezando por la propia presidenta. Cada referencia innecesaria. Cada comparación entre sexenios. Cada intervención pública. Cada acto de reverencia política termina reforzando precisamente aquello que después se denuncia como una percepción injusta.

La ciencia política ha estudiado durante décadas la importancia de la rendición de cuentas. Guillermo O’Donnell advertía que las democracias se debilitan cuando el poder deja de aceptar controles, cuestionamientos y mecanismos de vigilancia. La crítica pública no constituye una agresión contra la democracia. Es una de las condiciones de su existencia.

Por eso preocupa la facilidad con la que algunas voces del oficialismo parecen convertir cualquier cuestionamiento en una forma de discriminación. Una democracia madura distingue entre el insulto y la discrepancia. Entre la misoginia y la fiscalización del poder. Entre el prejuicio y el análisis.

Nada de lo anterior implica negar que el machismo exista en México. Existe. Persiste. Condiciona oportunidades de trabajo y trayectorias profesionales y personales. Lo que resulta problemático es utilizar esa realidad como escudo frente a cuestionamientos que pertenecen al ámbito de la gestión pública.

La discusión tampoco gira alrededor de capacidades intelectuales. Nadie seriamente sostiene que Claudia Sheinbaum haya llegado a la presidencia por falta de preparación. El debate es otro: si ha logrado construir una presidencia propia o si continúa gobernando bajo la influencia política, simbólica y operativa de su antecesor. Si es capaz, si es eficiente, si es autónoma.

Esa pregunta puede incomodar. Lo que no puede hacerse es descalificarla automáticamente mediante una acusación de misoginia, particularmente cuando ella es la que no se cansa de repetir que su gobierno es meramente la continuación del de AMLO.

La crítica democrática no juzga cromosomas. Juzga resultados.

Y justamente ahí aparece la verdadera paradoja. Mientras la conversación pública se concentra en columnistas, comentaristas y opositores, cuestiones mucho más relevantes pasan a segundo plano.

Si de verdad se desea abrir una discusión seria sobre misoginia institucional, convendría observar las prioridades del poder. Resulta difícil sostener un discurso permanente de reivindicación de las mujeres mientras la Secretaría de las Mujeres permanece durante semanas sin titular. Las instituciones revelan prioridades; los discursos únicamente revelan intenciones.

Quizá ahí se encuentre la discusión importante. No en quienes critican al poder, sino en quienes lo ejercen. No en quienes formulan preguntas incómodas, sino en quienes prefieren responderlas con etiquetas. No en la supuesta misoginia de los críticos, sino en las contradicciones muy reales del gobierno.

Esa sí sería una conversación incómoda. Y precisamente por eso resulta que este régimen no la quiere sostener.