“Los viejos rockeros nunca mueren”. Es una expresión que utilizó este sábado, en YouTube, el periodista español especializado en ciclismo Javier Ares, al referirse a la edad del ganador de la última etapa de la Vuelta a España, Mikel Landa, y a la del casi seguro ganador de la carrera de tres semanas, Enric Mas.

La frase tiene una historia española: Miguel Ríos, compositor granadino, uno de los pioneros del rock en español, en 1979 titulo así un álbum y una canción.

El viejo rockero es como el viejo guerrero: se impone porque tiene heridas de batalla que lo inspiran en el combate, ya sea sobre el escenario o en el cruento enfrentamiento ante el enemigo.

Antes de continuar con esa idea, diré que el señor Ares, el pasado viernes, criticó la decisión de la organización de la Vuelta a España de incluir en la tercera semana dos etapas de altísima montaña después de una exigente contrarreloj. Para el experto, ello quitó atractivo a la competencia.

A Javier Ares, uno de los más importantes periodistas de ciclismo en nuestro idioma, le decepcionó la antepenúltima etapa por la falta de pelea. Los ciclistas, exhaustos, ya no podían ser agresivos. Fue el problema, desde su punto de vista, de concentrar la máxima dureza en los últimos días de la competencia de tres semanas.

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Falta una etapa, que se espera sea mero trámite. En esta Vuelta, el escenario final no serán las aburridas calles de Madrid, sino la majestuosidad de la Alhambra en Granada.

Fatigados por tres semanas y miles de kilómetros pedaleando por carreteras planas y montañosas, los ciclistas nomás no pueden, dice Ares, si las pruebas más complicadas llegan al finalizar la tercera semana; así, en lugar de atacar, prefieren guardar las pocas fuerzas que les quedan por temor a fallar y perderlo todo. Eso decepciona al espectador que presencia etapas descafeinadas, como a juicio de Ares fue la del pasado viernes.

El periodista de Eurosport no lo dijo abiertamente —no se atrevió a tanto—, pero por su tono, de alguna manera, pronosticó que la etapa del sábado, la brutal etapa reina de Sierra Nevada y Granada, iba a ser también una competencia de bostezo.

Pero la etapa de este sábado, “una salvajada” con 4,800 metros de desnivel y rampas de hasta el 22%, resultó para el señor Ares un espectáculo maravilloso. Esto es, dijo lo contrario de lo que un día antes había sugerido que ocurriría.

Javier Ares se rindió a la evidencia y admitió que la etapa reina fue un espectáculo antológico, un “zafarrancho sin cuartel”. Aplaudió la ambición de los ciclistas, que si no tenían piernas después de tres semanas de competencia, sí salieron a pelear con todo lo que les quedaba.

Quizá a Javier Ares le emocionó de más —como a mí mismo, que desde hace años soy aficionado al ciclismo— la gesta de Mikel Landa, uno de los ciclistas más queridos del pelotón, ya cerca del retiro y que prácticamente nunca ganó nada, a pesar de sus innegables facultades.

El viejo Landa, de 36 años de edad, representante de un ciclismo heroico, venía de lesiones y muy malos años, y pudo lograr la victoria en el increíblemente difícil puerto Collado del Alguacil. Lo hizo diez años después de su última victoria en la Vuelta.

Seguramente al señor Ares le emocionó también que otro viejo ciclista español, Enric Mas, de 31 años, quien tampoco había dado el estirón no obstante sus facultades, quedara prácticamente como ganador de la Vuelta a España.

Pero, más allá de aplaudir frenéticamente a dos ciclistas españoles que por diversas circunstancias no habían sido triunfadores, lo cierto es que la etapa —la vi esta mañana, hora de México, en televisión, por Disney+— resultó interesantísima de principio a fin.

El propio Ares reconoció que la jornada superó todas las expectativas. Y, en efecto, se contradijo. Como Walt Whitman: “¿Me contradigo? Muy bien, me contradigo. (Soy amplio, contengo multitudes)”.

No es criticable decir una cosa antes de conocer la evidencia y, después de analizarla, decir la contraria. Es de sabios hacerlo. Pero solo hay sabiduría si, en efecto, cambia la opinión cuando cambian las circunstancias.

La frase que suele atribuirse a John Maynard Keynes —“Cuando cambian los hechos, cambio de opinión. ¿Qué hace usted?”— expresa muy bien esa idea.

El problema en el periodismo, al menos en el periodismo político mexicano, es la costumbre de aferrarse al error aunque los hechos afirmen otra cosa: esa puta costumbre, por usar la expresión del tango inmortalizado por Cacho Castaña.

Si en la ciencia se exige buscar los errores para superarlos, en el periodismo tal exigencia debería plantearse con mucha más frecuencia. Así lo determina, o tendría que determinarlo, la inmediatez del trabajo periodístico. Un día dices una cosa, convencido de que esa es la verdad; al día siguiente, sobre el mismo evento, tienes que tragarte tus palabras y decir lo contrario. Bueno, es lo que hacen los periodistas decentes, rara avis en México.

Como los y las periodistas de nuestro país se mantienen en sus diagnósticos equivocados, a pesar de que los hechos les refuten, ello ha llevado a que la gente deje de creer en el periodismo.

Y de eso se aprovecha la Cuarta Transformación, específicamente Claudia Sheinbaum, cuyo gobierno sigue viento en popa, aunque la presidenta reciba más críticas que ningún otro gobernante del pasado.

El segundo presidente más criticado después de Sheinbaum es López Obrador, que pertenece al mismo grupo político. Como a Claudia, a AMLO las calumnias de la prensa le hicieron lo que el viento a Juárez.

La volatilidad del juicio periodístico frente a la inmediatez lleva al análisis en caliente y empuja al comentarista a construir verdades absolutas con información parcial. Y está bien: resulta inevitable. La tragedia ética aparece cuando no se admite la fuerza de los hechos y se mantienen a sangre y fuego las posiciones falsas.

Eso desgasta la credibilidad del oficio. Para la gente, el periodismo es una ilógica narrativa basada en especulaciones y en posturas fijas que nadie rectifica aunque la realidad lo exija.

La pérdida de prestigio de la prensa es la gasolina de la Cuarta Transformación. La confrontación con los medios beneficia a la izquierda, perjudica a los propios medios… y también a la oposición que se cree las mentiras del periodismo.

Los viejos rockeros nunca mueren: periodismo y política

El periodismo sin ética no puede con una 4T dominada por gente experimentada —AMLO primero, ahora Sheinbaum—, personas de izquierda que tienen décadas en la lucha social o política, con numerosas heridas de batalla.

Los viejos rockeros —como los viejos guerreros— no son únicamente los veteranos por edad, sino por acumular kilometraje, cicatrices y una memoria enraizada en la plaza pública.

La fortaleza del proyecto de la Cuarta Transformación descansa en gran medida en que sus liderazgos principales —AMLO y Sheinbaum— han sido, precisamente, veteranos de la resistencia social.

Ni el primer presidente de izquierda ni la primera mujer presidenta se improvisaron en el poder: se formaron en la difícil oposición, cuando ir contra el PRI y el PAN costaba hasta la vida; en el activismo universitario, sobre todo Claudia; y en la construcción de estructuras desde la base.

La acumulación de heridas de batalla —fraudes, campañas de descrédito, traiciones internas y años de travesía en el desierto— les otorgó una piel dura y, hasta el momento, indestructible.