La reforma político-electoral propuesta por la presidenta Claudia Sheinbaum representa la imposición de un régimen populista disfrazado de izquierda y, aunque finalmente no prosperó, ocurrió porque incluso algunos de sus aliados entendieron que aprobarla significaría la tumba del régimen de partidos, la erosión de la pluralidad y el sepelio del equilibrio institucional que sostiene a la democracia mexicana.
Bajo la conducción de Sheinbaum, México se perfila como uno de los casos más visibles de continuidad populista en América Latina, más en un contexto regional donde varios gobiernos que en su momento compartieron afinidad ideológica, han tenido que rectificar para preservar estabilidad económica, gobernabilidad y relaciones estratégicas.
Populismo disfrazado de izquierda
El proyecto político de Morena, cuyo rumbo marcó López Obrador, reproduce una fórmula ya vista en distintos países de la región: simular la adopción de la izquierda para instaurar un modelo populista.
Distinguir entre populismo e izquierda democrática no es asunto menor. La diferencia fundamental radica en la relación con las instituciones y en la forma de concebir al adversario político.
Mientras la izquierda democrática opera dentro del pluralismo y respeta los contrapesos institucionales, el populismo —que puede presentarse tanto desde la derecha como desde la izquierda— se proclama como voz legítima del “pueblo” frente a una supuesta élite corrupta. Bajo esta lógica, las instituciones que limitan el poder son vistas como obstáculos que deben ser debilitados.
La izquierda democrática busca reformas mediante los canales institucionales: el parlamento, las cortes y la negociación política. El populismo suele recurrir a liderazgos personalistas, consultas plebiscitarias y amenazas a instituciones o representantes de organizaciones y partidos.
En una democracia, el desacuerdo es parte natural del debate público. En el populismo, la oposición pasa de adversario político a “enemigo del pueblo” o “traidor”.
La retórica emocional del populismo divide la política entre “nosotros” y “ellos”, simplificando problemas complejos y ofreciendo soluciones rápidas.
La otra izquierda en América Latina
Un ejemplo es Gabriel Boric en Chile. A diferencia de los liderazgos populistas tradicionales de la región, Boric ha sido citado como representante de una “nueva izquierda” democrática.
Su gobierno ha ido avanzado con reformas sociales respetando las instituciones, gobernando en coalición y negociando con un Congreso dividido, preservando la independencia del poder judicial y del banco central y abriendo paso a lo que muchos aspiran: reducir la desigualdad social.
Entre sus principales reformas destacan cambios en el sistema de pensiones, reducción de la jornada laboral a 40 horas y una política energética orientada a la transición sustentable.
Boric ha sido una de las pocas voces de la izquierda latinoamericana que ha condenado de manera abierta las violaciones a los derechos humanos en regímenes como los de Venezuela o Nicaragua y hasta México, distanciándose del dogmatismo ideológico de la izquierda tradicional.
La tentación autoritaria
En contraste, México se mueve entre la simulación y la confrontación. Mientras mantiene un discurso de cooperación con Estados Unidos, preserva la visión política autoritaria instaurada por AMLO en la llamada Cuarta Transformación.
El discurso cambia de tono y se disfraza, pero el fondo permanece: concentración de poder, desprecio por los contrapesos institucionales y una narrativa ideológica que justifica alianzas con regímenes autoritarios.
México parece decidido a mantenerse como último bastión del populismo autoritario en la región, incluso cuando otros gobiernos han comprendido que la confrontación ideológica tiene altos costos económicos, diplomáticos e institucionales.
La reforma electoral fue rechazada al no alcanzar la mayoría calificada; pero, de acuerdo con diversas versiones, la presidenta habría intentado presionar a sus aliados del Verde y PT para asegurar los votos necesarios, advirtiendo “consecuencias” si no respaldaban la iniciativa.
El exsecretario de Educación, Aurelio Nuño, ha desarrollado varios análisis sobre el fenómeno populista en México y en su libro La democracia en vilo, sostiene, precisamente, que el populismo construye una narrativa en la que el “pueblo” es presentado como una entidad moralmente pura representada exclusivamente por el líder político.
Bajo esta lógica, cualquier contrapeso —el poder judicial, los organismos autónomos o las autoridades electorales— es percibido como obstáculo para la voluntad popular.
¿Y si todo fue una farsa para simular democracia y hacer del Partido Verde una “oposición” a modo? No parece, pero queda la duda.
México se juega mucho más que una definición ideológica: está en vilo la estabilidad de su democracia, su relación con el mundo y la solidez institucional.
Y en ese terreno, el margen de error se reduce cada día.
X: @diaz_manuel



