México habla mucho de inversión, nearshoring, exportaciones, productividad, innovación, tecnología e inteligencia artificial, pero todavía coloca en segundo plano aquello que hace posible casi todo lo demás: la preparación de las personas. Podemos atraer plantas, instalar maquinaria de última generación, ampliar parques industriales y firmar acuerdos comerciales, pero si no contamos con suficientes trabajadores capaces de operar, mantener, mejorar y transformar esos procesos, una parte importante de la oportunidad terminará desperdiciándose. Un país no eleva el valor de lo que produce si antes no eleva el valor de quienes lo producen.
Hace casi dos años escribí que una mayor competencia exigía mejor capacitación. La experiencia desde entonces no ha hecho sino reforzar aquella convicción. Hoy el desafío es todavía mayor: no basta capacitar para ingresar al mercado laboral. Hay que fortalecer capacidades, actualizarlas permanentemente, reconocer oficialmente muchas de las competencias que los trabajadores ya poseen y llevar con mayor profundidad las herramientas tecnológicas —incluida la inteligencia artificial— a prácticamente todas las actividades productivas. La formación para el trabajo debe dejar de verse como política secundaria del sistema educativo y entenderse como una verdadera herramienta de desarrollo económico y movilidad social.
México necesita universidades sólidas y profesionistas altamente preparados, por supuesto, pero también requiere técnicos especializados, operadores certificados, soldadores de alta precisión, electricistas industriales, personal de logística, supervisores de calidad, técnicos mecatrónicos, programadores, especialistas en mantenimiento, trabajadores de alimentos y bebidas, personal de servicios, cuidadores, instaladores, mecánicos, carpinteros, estilistas, artesanos y cientos de perfiles que sostienen diariamente la economía real. No todo empleo de alto valor requiere necesariamente una licenciatura de cuatro o cinco años. Hay actividades donde una especialidad técnica, una certificación o una actualización bien diseñada pueden abrir oportunidades extraordinarias.
Tenemos que acabar, además, con el prejuicio de que la formación para el trabajo representa una especie de educación de segunda categoría para quien no llegó a la universidad. Nada más equivocado. Una sociedad moderna necesita múltiples rutas de aprendizaje y desarrollo profesional. Hay personas con enorme capacidad práctica que pueden construir carreras exitosas a través de especialidades técnicas, certificaciones y actualización continua. Un técnico altamente especializado puede generar tanto valor para una empresa como un profesionista universitario y, en determinados mercados, incluso obtener mejores ingresos. Lo importante no es el prestigio artificial asociado a determinado título, sino lo que cada persona sabe hacer y la calidad con que lo realiza.
Países altamente industrializados entendieron desde hace décadas que la formación técnica constituye parte de su ventaja competitiva. Alemania, Suiza, Austria y otras economías europeas desarrollaron sistemas donde empresas, instituciones educativas y gobiernos participan de manera coordinada en la preparación laboral.
México no tiene por qué copiar mecánicamente ningún modelo extranjero, pero sí puede aprender una idea esencial: la formación debe vincularse mucho más con el trabajo que realmente existe y, todavía más importante, con el que existirá mañana.
Eso obliga a seguir fortaleciendo y actualizando capacidades. Ya no podemos suponer que una persona aprende un oficio a los veinte años y utilizará exactamente los mismos conocimientos durante cuatro décadas. Cambian las técnicas, aparecen nuevos materiales, nuevas normas, nuevas herramientas, maquinaria automatizada y procesos crecientemente digitalizados. Quien ejerce una actividad necesita oportunidades accesibles para actualizarse, especializarse y acreditar formalmente aquello que sabe hacer. La formación para el trabajo debe acompañar al trabajador durante toda su trayectoria laboral y no limitarse al momento en que busca su primer empleo.
El desafío ya no consiste solamente en capacitar para conseguir trabajo. Consiste en actualizar para conservarlo, certificar para reconocerlo, especializar para mejorar el ingreso y enseñar nuevas tecnologías para multiplicar el valor de aquello que cada persona sabe hacer.
México posee además una enorme cantidad de capital humano que todavía permanece parcialmente invisible. Millones de personas aprendieron trabajando. Carpinteros, electricistas, plomeros, soldadores, mecánicos, cocineros, estilistas, operadores, trabajadores de la construcción, artesanos y especialistas de innumerables ocupaciones llevan diez, veinte o treinta años desempeñando actividades con extraordinaria destreza y, sin embargo, muchas veces carecen de un reconocimiento formal que acredite objetivamente sus competencias.
Reconocer oficialmente las competencias ocupacionales de las diversas artes y oficios no significa burocratizarlas. Significa dar valor formal a conocimientos que ya existen. Una certificación confiable puede mejorar las posibilidades de empleo, facilitar movilidad entre empresas, elevar ingresos, abrir oportunidades fuera de la región donde alguien aprendió el oficio y ofrecer al empleador o consumidor una referencia sobre la calidad del servicio que recibirá. México no solamente necesita formar nuevas capacidades; también necesita reconocer mejor las que ya tiene.
La certificación de competencias permite precisamente convertir experiencia acumulada en capital laboral reconocido. No debería obligar a una persona experimentada a regresar durante años a una escuela para demostrar algo que sabe realizar perfectamente. Debe existir un mecanismo serio para evaluar ese conocimiento, comprobar la competencia y otorgarle reconocimiento oficial. Eso tiene además enorme importancia económica: una empresa que requiere personal especializado necesita saber con mayor certeza qué sabe hacer quien solicita un puesto; un trabajador certificado puede demostrar objetivamente sus capacidades y negociar desde una posición distinta; una persona independiente puede diferenciar la calidad de su servicio y una economía que reconoce competencias puede identificar con mayor precisión dónde existen fortalezas y dónde necesita formar nuevo talento.
Las artes y los oficios, además, no pertenecen al pasado. Tienen un enorme futuro tecnológico. La transformación digital no corresponde únicamente a ingenieros, programadores o grandes empresas. Está modificando prácticamente todas las ocupaciones. Un mecánico utiliza diagnóstico electrónico; un electricista trabaja cada vez más con automatización y sistemas inteligentes; un carpintero puede emplear diseño digital y maquinaria de precisión; un cocinero administra inventarios mediante plataformas; un pequeño comerciante vende por redes sociales, cobra digitalmente y puede administrar clientes desde un teléfono. Incluso muchas actividades tradicionalmente manuales incorporan hoy herramientas digitales que hace pocos años parecían ajenas al oficio.
Por eso la capacitación tecnológica tiene que penetrar mucho más profundamente en la formación para el trabajo. Y ahí aparece inevitablemente la inteligencia artificial. No porque vaya a sustituir mágicamente todos los empleos ni porque cada trabajador necesite convertirse en programador. La inteligencia artificial empieza a convertirse en una herramienta transversal que puede utilizarse para organizar información, diseñar, cotizar, traducir, administrar inventarios, preparar presupuestos, atender clientes, diagnosticar fallas, encontrar procedimientos, elaborar propuestas o automatizar tareas repetitivas. Un trabajador que domina bien su oficio y además aprende a utilizar correctamente herramientas de inteligencia artificial puede incrementar considerablemente su productividad.
La inteligencia artificial no debería sustituir el oficio; debería ayudar al buen trabajador a ejercerlo mejor.
Ése es el enfoque que necesitamos. El trabajador del futuro no necesariamente será quien sepa programar una inteligencia artificial, sino quien sepa utilizarla inteligentemente dentro de aquello que ya sabe hacer.
Un electricista puede apoyarse en herramientas digitales para diagnosticar problemas; un pequeño empresario puede preparar cotizaciones más rápidamente; un artesano puede diseñar nuevas propuestas y comercializarlas internacionalmente; un trabajador de servicios puede mejorar atención al cliente y un técnico puede acceder con mayor rapidez a información especializada. La tecnología puede democratizar capacidades que antes estaban disponibles solamente para grandes empresas, pero para ello hay que enseñar a utilizarla.
No podemos permitir que la inteligencia artificial se convierta en una nueva brecha donde las empresas y trabajadores con mayores recursos multipliquen su productividad mientras millones de personas quedan fuera simplemente porque nadie les enseñó cómo incorporar esas herramientas a su vida laboral. El gobierno, los gobiernos estatales, las instituciones de formación, las empresas, las cámaras productivas y los sindicatos deberían empezar desde ahora a desarrollar programas de alfabetización tecnológica y de inteligencia artificial aplicada a actividades concretas. No cursos abstractos sobre lo que supuestamente hará la IA dentro de veinte años, sino aplicaciones útiles hoy: cómo puede un carpintero mejorar un diseño, cómo puede un pequeño comerciante organizar inventario, cómo puede un emprendedor calcular costos, cómo puede un técnico buscar información confiable o cómo puede una persona que presta servicios presentar mejor su trabajo y encontrar nuevos clientes. Ahí la tecnología deja de ser discurso y se convierte en productividad.
La capacitación también debe estar mucho más vinculada con las vocaciones económicas de cada región. No tiene sentido ofrecer exactamente los mismos programas en todas partes. Las necesidades de una zona industrial no son idénticas a las de un destino turístico, una región agrícola o una ciudad donde predominan servicios y comercio. La formación para el trabajo debe responder a la economía real de cada territorio y, al mismo tiempo, anticiparse a la que viene.
Los gobiernos federal y estatales tienen una enorme responsabilidad en ello. No basta anunciar inversiones y celebrar cuando una empresa decide instalarse. Desde el momento en que aparece un proyecto deberíamos preguntar qué perfiles laborales requerirá dentro de uno, tres o cinco años, cuántos trabajadores pueden formarse localmente y qué instituciones deben comenzar a prepararlos antes de que la planta abra sus puertas. Formar antes de que exista la vacante puede ser tan importante como construir antes la carretera. Una es infraestructura física; la otra es infraestructura humana. Y durante demasiado tiempo hemos hablado muchísimo de la primera y demasiado poco de la segunda.
La formación para el trabajo debe convertirse en una política económica deliberada. Los gobiernos deberían vincular escuelas técnicas, institutos de capacitación, universidades, cámaras empresariales, sindicatos, centros de certificación y empresas para anticipar cuáles serán los perfiles más demandados en cada región durante los próximos cinco, diez o quince años. No esperar a que falten técnicos mecatrónicos, soldadores especializados, operadores de maquinaria avanzada, supervisores certificados, programadores o personal logístico para empezar entonces a formarlos.
Pero la responsabilidad no puede descansar únicamente sobre el gobierno. Las empresas también tienen que asumir una parte mucho mayor y, para lograrlo, hay que generar conciencia desde las propias cámaras de industria, comercio y servicios, así como desde los sindicatos y organizaciones de trabajadores. Capacitar no es un gasto: es una inversión. Una empresa que mejora las competencias de su personal puede elevar productividad, reducir errores y desperdicios, disminuir accidentes, aprovechar mejor la tecnología, aumentar calidad, mejorar servicio e innovar con mayor rapidez. El recurso destinado a capacitación no desaparece; regresa convertido en eficiencia, competitividad y capacidad de adaptación.
Una empresa que presume maquinaria de última generación pero no invierte en actualizar a quien la opera está dejando incompleta su inversión. El equipo más sofisticado sirve poco si el trabajador no conoce todas sus capacidades o si la organización no desarrolla procesos que permitan aprovecharlo. Invertir en capital físico y descuidar el capital humano es construir solamente la mitad de la fábrica.
Las cámaras de industria, comercio y servicios pueden desempeñar un papel fundamental. No todas las empresas, especialmente las pequeñas y medianas, poseen recursos suficientes para diseñar por sí mismas grandes programas formativos. Las cámaras pueden identificar necesidades comunes, agrupar empresas, construir programas sectoriales, vincularlas con instituciones especializadas y compartir costos. Si veinte pequeñas empresas necesitan actualizar a sus trabajadores en una misma competencia, tiene mucho más sentido construir una solución conjunta que esperar que cada una descubra individualmente cómo hacerlo.
Los sindicatos también tienen una responsabilidad que debería adquirir creciente importancia. Defender al trabajador no significa solamente negociar salario, prestaciones o estabilidad del puesto actual. Significa ayudarlo a preservar y aumentar su valor dentro de una economía que cambia rápidamente. La mejor defensa del empleo no consiste únicamente en proteger el puesto que hoy existe; también consiste en elevar permanentemente el valor de quien lo ocupa. Un sindicato que impulsa capacitación, actualización tecnológica y certificación está defendiendo también el futuro de sus integrantes.
Gobierno, empresas, cámaras y sindicatos tienen intereses distintos, pero en la capacitación pueden encontrar un territorio extraordinariamente fértil para coincidir.
Al gobierno le interesa aumentar empleabilidad, productividad y movilidad social; a la empresa, contar con mejor talento; a las cámaras, elevar la competitividad de sus sectores; al sindicato, que el trabajador tenga mayores herramientas para conservar el empleo, progresar y negociar mejores ingresos; y a la persona, ampliar sus oportunidades. Pocas políticas consiguen alinear de manera tan clara todos esos objetivos.
La relocalización de cadenas productivas hace todavía más urgente esa tarea. El nearshoring puede representar una oportunidad extraordinaria para México, pero atraer una fábrica no es suficiente. La verdadera ganancia aparece cuando alrededor de ella crecen proveedores mexicanos, los trabajadores adquieren nuevas capacidades, surgen técnicos especializados, aumenta el contenido nacional y empresas locales aprenden hasta convertirse en exportadoras.
El nearshoring realmente exitoso no será aquel que solamente traiga fábricas; será aquel que deje conocimiento.
Una empresa extranjera puede instalar maquinaria de última generación y emplear miles de personas. Eso ya representa una ganancia importante. Pero si diez años después los trabajadores mexicanos siguen realizando exactamente las mismas tareas básicas, los proveedores nacionales continúan ocupando los segmentos de menor valor y toda la innovación sigue llegando desde fuera, habremos aprovechado solamente una parte de la oportunidad.
La meta debe ser escalar: que el operador se convierta en técnico, que el técnico pueda ser supervisor, que el proveedor básico fabrique componentes más complejos y que la empresa mexicana aprenda a diseñar, certificar y eventualmente exportar por cuenta propia. Ahí la formación se convierte en desarrollo.
También es fundamental entender correctamente la productividad. A veces se utiliza la palabra como si simplemente significara exigir al trabajador que produzca más en menos tiempo. Eso no es productividad sostenible. Productividad significa combinar mejor conocimientos, herramientas, tecnología, organización y procesos para obtener mayor valor con el mismo esfuerzo o incluso con menor desperdicio. Un trabajador mejor preparado puede detectar una falla antes de que detenga una línea de producción, reducir mermas, utilizar correctamente una máquina, mejorar un procedimiento, evitar un accidente y elevar la calidad del producto. Todo eso genera valor, y si ese trabajador produce más valor, una parte del beneficio debe regresar a él mediante mejores salarios y oportunidades de crecimiento.
Ahí está la cadena que México necesita fortalecer: capacitación, productividad, calidad, mejores salarios y movilidad social. Si solamente elevamos productividad sin mejorar ingresos, tendremos una economía más eficiente pero no necesariamente una sociedad más próspera. Si aumentamos salarios permanentemente sin elevar productividad, también aparecerán límites. Ambas variables deben avanzar juntas y la formación para el trabajo puede ser uno de los puentes más efectivos entre ellas.
Además posee una enorme virtud social: permite que una persona mejore su ingreso mediante aquello que sabe hacer. Los programas sociales pueden ser necesarios para proteger a quienes atraviesan condiciones difíciles, pero la movilidad económica más profunda ocurre cuando alguien adquiere una capacidad que incrementa permanentemente el valor de su trabajo. Una transferencia ayuda hoy; una competencia laboral puede acompañar durante toda una vida. No son políticas opuestas. El Estado debe proteger y también capacitar. Mientras mayor sea la posibilidad de una persona de sostenerse mediante un empleo mejor remunerado o desarrollar una actividad productiva propia, mayor será también su autonomía económica.
Y formación para el trabajo tampoco significa únicamente formar empleados. Puede formar emprendedores. Una persona que domina un oficio tiene ya una parte fundamental de una pequeña empresa potencial. Un electricista, estilista, cocinero, técnico de refrigeración, carpintero, mecánico, instalador o diseñador puede convertirse en empresario si además aprende administración, costos, atención al cliente, herramientas digitales, ventas, obligaciones fiscales básicas y comercialización. El emprendimiento no comienza siempre con una aplicación tecnológica y millones de dólares de inversión; muchas veces comienza con alguien que sabe hacer algo bien. Si además aprende a administrar, cobrar correctamente, presentar su trabajo, utilizar redes digitales y organizar clientes, puede convertir un oficio en una fuente sostenible de patrimonio.
También hace falta reconocer que la mayor parte de la fuerza laboral de los próximos diez años ya está trabajando hoy. No podemos concentrar toda la estrategia en jóvenes que apenas ingresarán al mercado. Millones de adultos necesitarán actualización y reconversión laboral. Una persona desplazada por automatización no debería escuchar simplemente que la economía cambió; debería encontrar rutas para aprender nuevas habilidades y reincorporarse a actividades productivas.
Eso exige programas flexibles: cursos nocturnos, capacitación de fin de semana, formación modular, alternativas híbridas y certificaciones que puedan acumularse. No todos los adultos pueden dejar de trabajar durante varios años para regresar a una escuela tradicional. La educación debe adaptarse también a la vida de quienes necesitan seguir generando ingresos mientras aprenden.
La formación digital puede facilitar enormemente esa flexibilidad, pero tampoco debemos caer en el error de pensar que todo puede aprenderse frente a una pantalla. Hay competencias que requieren talleres, maquinaria, laboratorios y práctica supervisada. Un soldador no aprende a soldar únicamente viendo videos y un operador no domina una máquina sin utilizarla. La combinación adecuada entre tecnología y práctica dependerá de cada actividad. Lo fundamental es reconocer que aprender no termina nunca, y ese principio será todavía más importante en una economía transformada por inteligencia artificial, automatización, comercio digital y cambios tecnológicos acelerados.
También debemos dignificar las artes y los oficios. México necesita dejar de hablar de determinados trabajos como si fueran actividades que alguien realiza porque no pudo hacer otra cosa. Un buen oficio exige técnica, experiencia, conocimiento, responsabilidad y profesionalismo. La diferencia entre un trabajo mediocre y uno excelente puede ser gigantesca y la formación permite precisamente elevar esos estándares. Mientras más reconozcamos, actualicemos y certifiquemos esas capacidades, mejor podrá competir el país.
Eso enlaza directamente con el desafío exportador. México quiere vender productos de mayor calidad y mayor valor agregado. Para hacerlo tiene que formar personas capaces de producirlos con mayor calidad. Una máquina sofisticada puede comprarse, la tecnología puede importarse y una planta puede construirse, pero la diferencia competitiva aparece cuando existe gente capaz de utilizar todo ello mejor que otros. Ahí es donde el capital humano se convierte en riqueza.
México compitió durante décadas en buena medida por salarios relativamente bajos y proximidad con Estados Unidos. Esa fórmula ayudó a construir una gran plataforma manufacturera, pero no puede ser nuestra principal ventaja para siempre. Habrá otros países con costos laborales menores y la automatización reducirá gradualmente la importancia del salario dentro de determinadas industrias. Tenemos que competir cada vez más por calidad, especialización, productividad, confiabilidad y talento. Una empresa debería decidir instalarse en México no únicamente porque producir aquí cuesta menos, sino porque encuentra trabajadores que saben hacer bien las cosas, técnicos capaces de resolver problemas, proveedores certificados y una cultura productiva capaz de cumplir estándares internacionales.
Eso permitiría además elevar salarios de manera sostenible. Un país que compite principalmente por bajo costo enfrenta presión permanente para conservar remuneraciones contenidas. Uno que compite por conocimiento y calidad puede pagar más porque cada trabajador genera mayor valor. Ésa debería ser la aspiración nacional: no ser eternamente los más baratos, sino ser cada vez mejores.
Los gobiernos tienen que impulsar con mucha mayor fuerza la formación para el trabajo y darle continuidad más allá de los cambios políticos. Hace falta planeación de largo plazo, diagnósticos regionales, colaboración empresarial, certificaciones confiables, actualización tecnológica y medición seria de resultados. Un programa no debería evaluarse solamente por cuántas personas recibieron un diploma, sino por cuántas consiguieron empleo, mejoraron ingresos, lograron una promoción, certificaron competencias o emprendieron con éxito. Capacitar por capacitar tampoco sirve. Un curso que nadie necesita puede producir buenas estadísticas y ninguna movilidad social. La verdadera pregunta debe ser qué cambió en la vida de quien recibió la capacitación.
México posee instituciones, experiencia, empresas y talento suficientes para hacerlo mucho mejor. Lo que falta es colocar la formación para el trabajo en el nivel de importancia que merece. Cuando hablamos de infraestructura pensamos inmediatamente en carreteras, puertos, energía, parques industriales y comunicaciones. Hay que agregar una infraestructura fundamental: las capacidades de nuestra gente. Sin ellas todo lo demás pierde valor.
México quiere crecer, atraer mejores inversiones, elevar productividad, producir bienes de mayor calidad, diversificar exportaciones y mejorar salarios. Ninguno de esos objetivos será sostenible si la preparación laboral permanece como tema secundario.
La formación para el trabajo debe ocupar un lugar central dentro de la estrategia productiva del país y recibir un impulso mucho mayor de todos los órdenes de gobierno, las empresas, las cámaras de industria, comercio y servicios y las organizaciones de trabajadores.
No como sustituto de la educación formal, sino como complemento indispensable. No para fabricar mano de obra barata, sino para elevar el valor de cada trabajador. No solamente para obtener un primer empleo, sino para permitir que una persona pueda aprender, actualizarse, certificarse y avanzar durante toda su trayectoria laboral.
El conocimiento de un oficio da trabajo. La actualización permite conservarlo. La certificación le da valor. Y la tecnología puede multiplicarlo.
México necesita invertir más en maquinaria, infraestructura, energía e innovación, pero existe una inversión todavía más importante: conseguir que cada vez más mexicanos sepan hacer mañana algo mejor de lo que saben hacer hoy.
Porque una máquina puede comprarse, una fábrica puede construirse y el capital puede llegar desde cualquier lugar del mundo.
El talento hay que formarlo, actualizarlo y reconocerlo.
Y la capacitación, bien entendida, no es un costo que deba reducirse cuando vienen tiempos difíciles.
Es una de las mejores inversiones que una empresa, un trabajador y un país pueden hacer en su propio futuro.
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