México no está en recesión y tampoco enfrenta una crisis inflacionaria. Precisamente por eso conviene mirar los datos sin dramatismos, pero tampoco con complacencia. La inflación anual repuntó a 3.26% en la primera quincena de agosto, desde 3.10% un mes antes, mientras la inflación subyacente se mantuvo resistente en 3.93%. Al mismo tiempo, la economía mostró una recuperación importante en el segundo trimestre, con un crecimiento de 1.4% respecto del trimestre previo y de 2.1% a tasa anual. Son cifras mejores de las que muchos temían hace algunos meses, pero no suficientes para cantar victoria: México sigue creciendo por debajo de lo que necesita para elevar de manera sostenida el ingreso, financiar sus compromisos sociales y cerrar sus rezagos históricos.

El dato de inflación tampoco constituye una alarma por sí mismo. Sigue dentro del rango objetivo del Banco de México, de 3% más o menos un punto porcentual, pero la inflación subyacente, que excluye los componentes más volátiles y permite observar mejor la presión persistente de los precios, continúa cerca de 4%. Banxico mantiene una postura cautelosa y no tiene demasiado margen para abaratar aceleradamente el dinero mientras persistan riesgos inflacionarios, especialmente en servicios. Eso significa crédito todavía relativamente caro para familias y empresas y una economía que tampoco dispone de una gran palanca monetaria para impulsar artificialmente el crecimiento.

El problema mexicano, por tanto, no puede medirse únicamente preguntando si el PIB creció un trimestre o si la inflación bajó algunas décimas. La pregunta verdaderamente importante es cuánto de ese crecimiento termina llegando al bolsillo de las familias y cuánto se transforma en capacidad productiva para los siguientes años.

Una economía puede crecer dos por ciento y seguir siendo insuficiente si la población, las necesidades públicas y las obligaciones presupuestarias avanzan más rápido. Puede tener inflación relativamente controlada y, al mismo tiempo, mantener precios que para millones de familias siguen pareciendo demasiado altos, porque lo perdido durante años de encarecimiento no regresa simplemente cuando la tasa inflacionaria disminuye.

Ahí reside una de las trampas de las estadísticas. Cuando la inflación baja, los precios no necesariamente bajan; simplemente aumentan más lentamente. La familia que paga más por comida, vivienda, transporte, educación o servicios no vive dentro del Índice Nacional de Precios al Consumidor, sino dentro de un presupuesto, y ese presupuesto sigue recibiendo presiones aun cuando la macroeconomía consiga cierta estabilidad. Por eso el desafío de México ya no consiste únicamente en controlar una cifra, sino en conseguir que estabilidad, productividad y crecimiento terminen expresándose en una mejor capacidad adquisitiva.

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México tiene además otro problema que empieza a volverse cada vez más evidente: el margen de las finanzas públicas se estrecha. Pensiones, transferencias a estados, programas sociales y servicio de la deuda absorben una proporción enorme del presupuesto, mientras la inversión pública enfrenta restricciones importantes. Eso obliga a plantear una discusión que durante demasiado tiempo hemos tratado de posponer: no existe política social sostenible durante décadas si debajo no existe una economía capaz de financiarla.

Los programas sociales pueden ser útiles, necesarios e incluso indispensables para proteger a quienes menos tienen. Sería absurdo reducirlos a una caricatura de gasto improductivo. Han contribuido a elevar ingresos de millones de personas y forman parte legítima de una política de redistribución. Pero redistribuir mejor no sustituye producir más. Un gobierno puede entregar una transferencia hoy; pero para seguir entregándola dentro de diez o veinte años necesita una economía que genere impuestos, empleos, empresas e ingresos suficientes para sostenerla. México no necesita escoger entre justicia social y crecimiento: necesita las dos cosas.

Ahí está una de las grandes tareas del país y del gobierno de Claudia Sheinbaum. No basta con esperar que el nearshoring, la recuperación de Estados Unidos o alguna nueva ola tecnológica nos empujen desde fuera. Tenemos que decidir qué queremos producir, cuánto valor queremos agregar y qué lugar aspiramos a ocupar dentro de las cadenas globales durante los próximos veinte años. Durante décadas México construyó una plataforma manufacturera extraordinariamente importante. Somos parte fundamental de cadenas automotrices, electrónicas, aeroespaciales, agroindustriales y de dispositivos médicos; nuestra proximidad con Estados Unidos, la red de tratados comerciales y una mano de obra experimentada nos conceden enormes ventajas. Pero la siguiente etapa del desarrollo mexicano no puede limitarse a atraer más plantas para ensamblar productos diseñados, patentados y comercializados en otro lugar.

México necesita exportar más, pero sobre todo necesita exportar mejor. Eso significa elevar el valor agregado nacional, mejorar calidad, incorporar más diseño, innovación, ingeniería, marcas mexicanas, tecnología propia y procesos industriales de mayor sofisticación. El éxito no debería medirse únicamente por cuántos miles de millones de dólares exportamos, sino por cuánto valor mexicano contiene realmente aquello que sale del país. Una planta puede exportar miles de millones y, sin embargo, dejar relativamente poco valor agregado doméstico si importa la mayoría de sus insumos, tecnología, propiedad intelectual y servicios especializados. En cambio, cuando alrededor de una gran empresa se desarrollan proveedores mexicanos capaces de producir componentes, diseñar procesos, certificar calidad y eventualmente vender por sí mismos en otros mercados, la inversión extranjera empieza verdaderamente a convertirse en desarrollo nacional.

Ésa debería ser una de las grandes metas del nearshoring: no solamente traer fábricas, sino traer conocimiento y conseguir que ese conocimiento se quede. El verdadero éxito no será contar cuántas plantas extranjeras se instalaron, sino comprobar cuántos proveedores mexicanos crecieron alrededor de ellas, cuántos trabajadores adquirieron nuevas capacidades, cuántos técnicos e ingenieros escalaron hacia procesos más complejos y cuántas empresas nacionales terminaron convirtiéndose ellas mismas en exportadoras.

México tampoco debería cometer el error de pensar que toda la estrategia de crecimiento debe concentrarse exclusivamente en tecnología digital, inteligencia artificial, semiconductores o centros de datos. Esos sectores son fundamentales y debemos competir agresivamente por ellos, pero una economía robusta necesita mucha más diversificación. Tenemos enorme potencial en agroindustria, alimentos procesados, farmacéutica, química, dispositivos médicos, maquinaria, autopartes de mayor complejidad, industria aeroespacial, muebles, textiles de calidad, materiales especializados, logística y muchas otras ramas de producción secundaria capaces de transformar productos primarios e insumos en bienes de mayor valor.

Si producimos aguacate, debemos exportar también más productos procesados de alto valor; si producimos madera, podemos exportar diseño y mobiliario; si tenemos minería, deberíamos avanzar hacia materiales y componentes industriales; si poseemos una de las plataformas automotrices más importantes del mundo, necesitamos fabricar cada vez más electrónica, software, sistemas y componentes sofisticados propios. México no puede conformarse con ser proveedor de materias primas o plataforma de ensamble. Tiene que avanzar en la cadena productiva y capturar una proporción mayor del valor que genera.

La producción secundaria debería convertirse en una prioridad nacional, no porque debamos abandonar las actividades primarias, sino precisamente para multiplicar su valor. Un kilo de materia prima vale una cantidad determinada; un producto terminado, transformado, certificado, empacado, diseñado y comercializado puede valer varias veces más. La diferencia se llama valor agregado, y una parte considerable del futuro económico mexicano se encuentra justamente ahí.

Esa transformación también permitiría disminuir otra vulnerabilidad: nuestra enorme dependencia del mercado estadounidense. Estados Unidos seguirá siendo, por geografía y escala, nuestro principal socio durante mucho tiempo y sería absurdo pretender sustituirlo. Pero diversificar productos, elevar calidad y desarrollar marcas propias permite buscar compradores en Europa, Asia, América Latina y otras regiones sin poner en riesgo la relación norteamericana. Diversificar no significa alejarse de Estados Unidos; significa llegar mejor preparado a cualquier negociación. Un país que vende productos sofisticados, confiables y difíciles de sustituir tiene mayor capacidad de negociación que otro cuya ventaja fundamental consiste únicamente en producir barato.

Por eso la calidad importa, y ahí aparece un elemento que merece incluso una discusión propia: el capital humano. No existe producción de mayor calidad sin trabajadores mejor preparados. Podemos atraer toda la maquinaria del mundo, pero si no contamos con suficientes técnicos, ingenieros, operadores especializados, supervisores, diseñadores, programadores y personal capaz de mantener, mejorar e innovar procesos, la inversión encontrará rápidamente límites. La competitividad no reside solamente en el precio de la mano de obra; cada vez más depende de lo que esa mano de obra sabe hacer.

La productividad tampoco significa pedir al trabajador que produzca más simplemente corriendo más rápido. Significa darle mejores conocimientos, tecnología, organización, herramientas y procesos para producir más y mejor durante la misma jornada. Y cuando esa productividad aumenta, el trabajador también debe participar del beneficio mediante mejores salarios. De otra manera, podemos mejorar las estadísticas sin construir verdadera movilidad social. México necesita crear un círculo virtuoso en el que mayor inversión genere mejor capital humano, éste eleve productividad y calidad, la calidad permita productos de mayor valor agregado, esos productos conquisten mejores mercados y una parte creciente de esa riqueza llegue nuevamente a quien trabaja.

Esa cadena no se construye sola. Requiere política pública, infraestructura suficiente, energía confiable, agua, seguridad jurídica, financiamiento, carreteras, puertos, ferrocarriles y trámites que permitan a las empresas invertir sin pasar años atrapadas en burocracia. También requiere una colaboración mucho mayor entre universidades, instituciones técnicas, centros de investigación, organismos de capacitación y sector privado para que el país forme el talento que la transformación productiva demanda.

No se trata de convertir toda la educación en capacitación empresarial. La universidad tiene objetivos mucho más amplios y una sociedad necesita humanidades, ciencia básica, arte, investigación y pensamiento crítico. Pero también sería absurdo ignorar que una parte importante del sistema educativo debe preparar a las personas para integrarse productivamente a una economía cada vez más compleja.

México posee además una ventaja que todavía no aprovecha plenamente: una población relativamente joven frente a muchas economías desarrolladas. Europa, Japón, Corea del Sur y cada vez más China enfrentan envejecimiento acelerado y reducción de población en edad productiva. Nosotros todavía contamos con millones de jóvenes capaces de incorporarse al mercado laboral durante los próximos años, pero una población joven solamente se convierte en bono demográfico cuando tiene educación, capacitación, salud y oportunidades. Sin ellas puede convertirse en frustración.

El verdadero desafío, entonces, no consiste exclusivamente en atraer inversión, sino en conseguir que una proporción cada vez mayor de mexicanos ocupe los puestos de mayor valor dentro de ella. Si llegan empresas de semiconductores y únicamente aportamos servicios básicos, habremos desaprovechado una parte sustancial de la oportunidad. Si nuestros técnicos aprenden procesos, nuestros ingenieros participan en diseño, nuestros trabajadores se certifican y nuestros proveedores nacionales aumentan complejidad, entonces estaremos escalando productivamente.

Lo mismo ocurre en el campo. México posee una enorme fortaleza agroalimentaria, pero todavía puede agregar mucho más valor mediante transformación, empaque, conservación, certificación, trazabilidad, logística y marcas propias. Exportar una fruta es positivo; exportar un producto procesado, certificado, empacado y comercializado bajo una marca mexicana puede dejar mucho más ingreso dentro del país. La meta no debe consistir solamente en vender más toneladas, sino en conseguir que cada tonelada incorpore cada vez más valor creado en México.

Todo esto requiere estabilidad. La inversión productiva no llega únicamente porque existan salarios competitivos. Busca certeza jurídica, reglas claras, energía suficiente, infraestructura, tribunales funcionales y un horizonte que permita planear varios años. México compite con decenas de países por cada proyecto industrial y no puede asumir que la cercanía con Estados Unidos resolverá todo. La geografía nos dio una ventaja; la política pública tiene que transformarla en competitividad.

El gobierno ha impulsado una estrategia para aumentar contenido nacional, fortalecer cadenas de proveeduría y atraer inversión. La dirección es correcta, pero tendrá que traducirse en resultados medibles: más empresas mexicanas integradas a cadenas globales, mayor inversión productiva, crecimiento regional menos desigual y una proporción creciente de exportaciones con alto valor agregado. México tampoco puede seguir concentrando buena parte de sus oportunidades en un puñado de estados. La industrialización del norte y el Bajío ha demostrado lo que puede lograrse cuando existen infraestructura, empresas, cadenas de proveedores y capital humano; el desafío consiste ahora en extender oportunidades hacia otras regiones según sus propias vocaciones productivas.

No todo estado necesita fabricar automóviles. Algunos pueden especializarse en agroindustria, otros en logística, otros en turismo de mayor valor, dispositivos médicos, energía, alimentos, servicios profesionales o manufacturas específicas. Una política de desarrollo inteligente no intenta que todos hagan lo mismo; identifica fortalezas regionales y las multiplica.

Ahí también aparece el papel de las pequeñas y medianas empresas. México no se convertirá en una economía de mayor valor agregado dependiendo únicamente de grandes corporaciones. Las pymes necesitan financiamiento, certificaciones, asistencia técnica, digitalización y acceso a mercados para convertirse primero en proveedoras de compañías mayores y posteriormente en exportadoras por cuenta propia. Una empresa pequeña que consigue certificarse para vender una pieza a una armadora puede transformar por completo su productividad; una que empieza a exportar puede multiplicar empleos y otra que incorpora tecnología puede mejorar salarios. Eso también es desarrollo.

La recuperación económica observada durante el segundo trimestre es una buena noticia y sería mezquino ignorarla. Demuestra que México conserva capacidad de reacción y que algunos de los escenarios más pesimistas no se materializaron. Pero un buen trimestre tampoco resuelve un problema estructural. Un país con nuestras necesidades difícilmente puede conformarse con crecer uno o dos por ciento anual durante periodos prolongados. A ese ritmo resulta mucho más complicado elevar salarios rápidamente, financiar infraestructura, sostener pensiones y programas sociales, mejorar servicios públicos y reducir desigualdad.

México necesita aspirar a más, pero también necesita dejar atrás falsas dicotomías. No es mercado contra Estado, inversión privada contra programas sociales, industria tradicional contra tecnología, Estados Unidos contra diversificación ni crecimiento contra distribución. Un país puede y debe hacer varias cosas al mismo tiempo: mantener estabilidad macroeconómica, proteger a quienes menos tienen, atraer inversión, fortalecer empresas nacionales, elevar calidad, diversificar productos y mercados, formar capital humano y aumentar productividad. Lo importante es comprender que todas esas piezas pertenecen a un mismo modelo de desarrollo.

El gobierno tendrá además que cuidar las finanzas públicas. Si el déficit aumenta, la deuda consume cada vez más recursos y la inversión pública se reduce para sostener gasto corriente, tarde o temprano el crecimiento se resiente. Un país no puede financiar indefinidamente sus compromisos aumentando obligaciones sin elevar simultáneamente su capacidad productiva. Ésa es otra razón para crecer: no por obsesión con una cifra del PIB, sino porque crecer amplía posibilidades, permite recaudar más sin necesariamente aumentar tasas, hace sostenibles programas sociales, facilita inversión en infraestructura, crea mejores empleos y ofrece margen para responder cuando llegue la siguiente crisis.

La inflación actual no constituye una emergencia y la recuperación reciente demuestra que tampoco estamos frente a una economía inmóvil. Conviene reconocer ambas cosas. Pero una política económica responsable no espera a que aparezca una crisis para corregir debilidades. México tiene una oportunidad extraordinaria frente a la reorganización de las cadenas globales, la competencia entre Estados Unidos y China, la cercanía con el mayor mercado del planeta y la transformación tecnológica. Esa oportunidad puede favorecer enormemente al país durante los próximos años, pero no garantiza ningún resultado.

Tenemos que prepararnos, invertir, capacitar, innovar, producir y hacerlo cada vez mejor. México no necesita solamente vender más automóviles, electrónicos, alimentos o componentes; necesita que una proporción creciente de aquello que vende lleve dentro conocimiento, tecnología, diseño, procesos y talento mexicanos. Necesita empresas nacionales capaces de escalar, proveedores que dejen de ser únicamente proveedores y se conviertan en exportadores, trabajadores que reciban mejores salarios porque generan mayor valor, mercados nuevos sin descuidar los que ya posee y un Estado suficientemente responsable para comprender que una política social sostenible depende también de una política productiva exitosa.

México puede repartir mejor la riqueza y debe hacerlo, pero para sostenerlo necesita producir cada vez más riqueza y conseguir que una mayor proporción de ella se genere y permanezca dentro del país. Ése es el desafío que se esconde detrás de una inflación todavía controlada y de un crecimiento que acaba de mostrar recuperación pero continúa siendo insuficiente para nuestras necesidades. No se trata solamente de crecer más, sino de crecer mejor: producir más con mayor calidad, exportar más con mayor valor agregado, atraer inversión consiguiendo que deje conocimiento, incorporar tecnología desarrollando al mismo tiempo proveedores y talento propios, y entender finalmente que la verdadera competitividad de México no estará en ser siempre el lugar más barato para fabricar algo, sino en convertirse en uno de los mejores lugares para hacerlo bien.

Un país no se vuelve verdaderamente rico únicamente vendiendo mucho. Se vuelve rico cuando cada vez más de aquello que vende lleva dentro conocimiento, trabajo especializado, innovación y valor creado en casa.

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