Hace un par de meses hice un examen Ceneval para ingresar a un doctorado. El sistema utilizaba un software que tuve que instalar en mi computadora y que bloqueaba absolutamente todo tipo de programa o aplicación ajeno a ese sistema evaluador.

Cada aspecto estaba controlado y en realidad, me sorprendió la capacidad de reconocimiento facial. El sistema podía detectar la dirección de la mirada y si es que yo veía hacia el infinito, un foco rojo se encendía.

Mis ojos tan solo podían mirar a la computadora para que mi prueba se pudiera considerar válida. Entre las instrucciones, se decía que en caso de incumplir con las reglas de no hablar, no mirar hacia otros puntos que no fueran la cámara, mirar hacia abajo o a cualquier lado o la mínima sospecha de irregularidad, el examen sería cancelado. Encima de eso, tuve que mostrar mi espacio en cámara 360 antes y si yo necesitaba hacer cuentas en la hoja que podíamos supuestamente tener, debía mostrarla. Todo el tiempo vigilados por un sistema perfecto y por otros humanos.

No me parece que la IA per se haya sido la culpable de la crisis en la UNAM. El rector Leonardo Lomelí hizo lo que debía y repondrá un proceso que sin duda, podrá brindar certezas, refrendar las capacidades de quienes lo han logrado y esclarecer los hechos.

Creo firmemente que la UNAM podría retomar el sistema que ya utiliza Ceneval.

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En realidad, el sistema de inteligencia artificial aplicado al cumplimiento normativo qué se utiliza en China y Rusia son ejemplos perfectos de que los sistemas sofisticados pocas veces fallan.

A decir por los incidentes como la venta de reactivos y la suplantación de identidad para resolver exámenes, pareciera que el problema de corrupción surgió dentro de la empresa a la que se le adjudicaron los contratos para la realización del examen.

Se ha dicho también que ese acto atenta contra la autonomía de la UNAM, pero prueba de que es falso, hay dos factores. Primero que es común para el Estado realizar contrataciones de actividades especializadas que permiten brindar un mejor cumplimiento de sus funciones. Sucede todo el tiempo en casos de impresoras, computadoras, sistemas, incluso en el caso de impuestos, sin que eso amenace la autonomía de una institución, ya que esos contratos confieren una obligación para el ejercicio de un facultad, pero es la UNAM quien ha tenido todo el tiempo la última palabra. Los que pagaron corrupción habrán tirado su dinero a la basura si no logran sostener el lugar que se ganaron a la mala.

El segundo factor es que una institución puede subcontratar una empresa, pero esa empresa no tiene capacidad para la toma de decisiones. Está dentro de sus facultades y si bien, las cantidades pueden ser escandalosas, que lo son, eso no implica necesariamente un mal comportamiento por parte de autoridades universitarias.

En medio del bullicio, vale la pena llamar a la calma. Es uno de los tantos errores que se cometerán incorporando estas tecnologías y como parte de cualquier adaptación, es urgente comprender la imprevisibilidad. Sin embargo, como nunca resulta urgente contar con abogados legal tech capaces de anticiparse a este tipo de cosas, que logren incorporar cláusulas protectoras de datos y de las mismas instituciones ante las irremediables fallas. Sirve de poco linchar, pues de hecho, todos nos asomamos al abismo y el abismo se asoma a nosotros. El abismo puede más, en definitiva.