¿Ganó el futbol? Sí, según Carlos Puig, de Milenio. Yo diría que, más bien, perdieron los extremismos de izquierda y derecha que apostaron a impedir el Mundial. Porque el futbol de ayer en el Estadio de los Tres nombres —transmitido a todo el planeta— no tuvo nada de brillante. Aburrido juego.
Miseria del periodismo. Héctor Aguilar Camín aplaude hoy en su columna a la afición que “venció el boicot de las protestas”. Él, al fin, llama al pan, pan, y al vino, vino —“boicot”, subrayemos esta palabra—. Sinceridad que se agradece en alguien que se dedica, en sus escritos, a hacer el caldo gordo a quienes trabajan para desestabilizar al gobierno de México.
Si hay boicot tiene que haber boicoteadores. No los identificará Aguilar Camín quizá para no delatarse a sí mismo. Si entre los perros hay razas, digamos como corolario que hay dos tipos de boicots: los que se organizan con fines justos, como dejar de comprar mercancías en cuya elaboración participan niños explotados, y los boicots antidemocráticos, como es el caso.
Indro Montanelli y el golpe blando. Para entender el boicot actual contra el Estado democrático mexicano recuerdo aquí lo que alguna vez dijo Montanelli: que la ingobernabilidad no nace del descontento del pueblo, sino de la manipulación que las élites hacen de ese descontento. Exactamente lo que estamos viviendo: dos radicalismos violentos que buscan ser reprimidos para, de esa manera, intentar destruir la confianza de la sociedad en la 4T.
La trampa casi perfecta. Si el gobierno por prudencia no actúa con fuerza, se le califica de débil. Pareciera una trampa perfecta, pero se queda en el casi porque Claudia Sheinbaum resistirá hasta que los grupos extremistas se rindan sin excesos policiacos.
En efecto, si hay boicot, hay boicoteador. Pero no marcha entre la gente encapuchada que rompe vidrios, destruye jardines, agrede a la policía. Esta es morralla desechable una vez que cumple su misión incendiando vehículos, para que la televisión de todo el mundo dé a conocer las imágenes. Al verdadero boicoteador hay que buscarlo en los consejos de administración de empresas mediáticas, en partidos políticos de oposición y en agencias de inteligencia del extranjero a las que cabildean oligarcas mexicanos.
Aguilar Camín, como el alacrán: fiel a su naturaleza. Empieza el columnista de Milenio con una observación objetiva: “Las protestas afuera del estadio llegaron a su día D sin el punch que parecían tener, y las autoridades contuvieron el ciclón que las amenazaba con razonable eficiencia”. Después, como el escorpión que envenena al batracio que podría salvarlo de morir ahogado, prefiere perder la vida para no dejar de ser lo que es: pues eso, un alacrán. De la razonable eficiencia policiaca Aguilar Camín pasa al “espectáculo de baja gobernabilidad” que México ha ofrecido al mundo. No se vale.
Contra la presidenta. Aguilar Camín, antes de disparar, es más o menos amable: “No fue un día catastrófico para la presidenta Sheinbaum”, pero… el alacrán vuelve a picar: que a la mandataria se le expulsó “de los dos espacios claves de la fiesta inaugural en México: el Estadio Azteca y el Fan Fest del Zócalo”. Y más inyección de veneno: “Tuvo que buscar refugio” en una “alcaldía gobernada por Morena”.
La verdad. Claudia no quiso con su presencia echar a perder la fiesta a la afición que llegó al Zócalo para ver el juego, no para participar en un evento político. Y al Azteca no asistió, además de para no prestarse al show de los abucheos de un público de clase media alta y alta mayoritariamente conservador, también para ser solidaria con la gente menos pudiente.
El público riquillo. Gente de altos ingresos de todo el país que llenó el estadio tuvo que pagar decenas de miles de pesos por cada entrada, o tener la suerte de ser socio o de colaborar a buen nivel en empresas patrocinadoras, que regalan boletos a clientes y amigos.
Raymundo Riva Palacio y su testimonio de una chingadera. Cito al columnista de El Financiero: “A la entrada del estadio se estuvieron repartiendo pañuelos blancos que pedían que al cantarse el Himno Nacional, el Cielito Lindo y en cada ola, se acompañara por el grito de ‘¡saca el pañuelo!, ¡saca a Morena!’...”. ¿A ese vulgar sainete querían que la presidenta se prestara? Claudia no es suicida.
La expulsada del Estadio Azteca fue la afición modesta. Fuera quedó el pueblo que cada fin de semana asiste a los partidos. Claudia Sheinbaum prefirió ver el arranque del Mundial como la inmensa mayoría de las personas, por la TV. (Aclaración autocrítica: estuve ayer en el Azteca porque me invitaron).
Ciro Gómez Leyva y la siembra de miedo. Ayer, Gómez Leyva dijo que iba a caminar alegre, acompañado de su hijo, “cinco, seis, siete kilómetros para llegar al Estadio Azteca”. Implícitamente reconoció el trabajo de la autoridad que, dado el contexto, tenía que vigilar de más. Hoy, Ciro volvió a una de sus especialidades, la siembra de pánico: “Hay demasiado miedo. Patrullas, camionetas, escudos, cascos, sirenas. Miles. Da la impresión de que no podrá ser de otra forma. De que, en la Ciudad de México, el futbol solo será posible bajo una atmósfera de estado policiaco”.
El añorado Bernabéu. Quizá Ciro Gómez Leyva, ya acostumbrado al estadio del Real Madrid, ha olvidado que cada sábado, cada domingo, en muchas ciudades de nuestro país, hay juegos de la liga nacional de futbol, a los que acuden familias enteras sin que nadie note el ambiente de guerra. Nadie lo nota porque tal guerra solo existe en las columnas políticas: es un conflicto inventado por quienes pretenden cosechar la percepción de un México ingobernable. Pero la nación tiene un gobierno fuerte y eficaz. Por eso fue que Ciro pudo caminar para entrar al estadio y abandonarlo sin sufrir ninguna agresión, y qué bueno.
Tres estadios en uno. (i) El burocrático, Estadio Ciudad de México. Qué nombre tan ridículamente evidente se sacó de la manga la mafiosa FIFA. (ii) El horrible, Estadio Banorte. Si esta institución financiera deseaba volverse odiosa, lo logró al apropiarse del nombre del (iii) histórico Estadio Azteca que merece más respeto.
La diferencia con la Santísima Trinidad. Esta es el mismo Dios en tres personas distintas —Padre, Hijo y Espíritu Santo—. El Estadio de los Tres Nombres son tres estadios a la vez. Cada denominación responde con precisión a una faceta distinta del recinto.
Es el Estadio Ciudad de México. Porque, ni hablar, ayer, en el contexto de las protestas absolutamente antidemocráticas, lo que se vivió en sus calles aledañas fue una hazaña en una megalópolis complejísima, muy bella, progresista como la que más y absolutamente respetuosa de los derechos humanos. De esto último abusan los boicoteadores: saben que el gobierno de izquierda los controlará con acciones policiacas de contención, pero nada más.
Es el Estadio Banorte. Porque, inhumano como cualquier banco, no respeta los derechos de las minorías con problemas de movilidad. Su remodelación no tomó eso en cuenta. Es la norma corporativa mexicana: la chafencia. Escasas facilidades para sillas de ruedas. Nadie contempló adecuaciones para personas con discapacidad. Las empinadas rampas —que podrían ser puertos de montaña de primera categoría en el Tour de Francia— de pronto terminan en escaleras larguísimas. Y ya ni hablar del pésimo sonido, las butacas incómodas y los baños de gasolinera de carretera sin pavimentar.
Pero es también el Estadio Azteca por su majestuosidad. Impresionante. Arquitectónicamente hermoso. Mágico cuando la gente aplaude o abuchea. El Himno Nacional se escucha ahí con más entusiasmo que en cualquier otro lugar.
La presidenta. Vio el juego en una alcaldía capitalina para no politizar el Mundial. Qué bueno que Claudia se puso la verde. Me encantó su celebración de los goles de México. Ojalá la líder de mi país celebre con ese y más entusiasmo cuando Isaac el Torito del Toro vuelva a triunfar en un deporte mucho más serio, el ciclismo, que escribe sus grandes historias en los Alpes y en los Pirineos. Al Torito le ha costado recuperar su forma después de una lesión, pero ya se ve en buena condición. Veremos cómo le va en el Tour de Francia que arranca en julio.
México ganó, pero… Qué bonito es lo bonito, decía Luis Donaldo Colosio. Y nada hay tan bonito como la victoria. México venció 2-0 a Sudáfrica, qué maravilla, pero… lo bonito es tan bonito que conserva su belleza a pesar de gestarse en algo tan espantoso como el aburrido estilo de juego, mediocre, de la Selección.



