Como buen treinteen que soy, hacer referencias o paralelismos de lo que acontece en la política o en la vida cotidiana con Los Simpsons es casi inevitable, puesto que mi cerebro en automático me hace alusión para recordar algún capítulo de las primeras temporadas, que dicho sea de paso son las que valen la pena, y es que ahora que resulta y resalta que un grupo de manifestantes pertenecientes al Sindicato Mexicano de Electricistas (SME) decapitaron la estatua del expresidente Felipe Calderón, fue inevitable remembrar el episodio titulado en español como: “El héroe sin cabeza” de la temporada 1, que por cierto pueden ver en Disney+ completo.

En aquel capítulo, para dar más contexto, Bart Simpson se empieza a juntar con los brabucones de la ciudad (Jimbo, Kearney y Dolph); sin embargo, aquellos bullies en algún momento se ponen a aventarle piedras a la estatua de Jeremías Springfield, acto que Bart concibe como malo y se los recrimina, puesto que Jeremías es un héroe local reconocido por diversas hazañas, como el haber matado a un oso con sus propias manos. Sin embargo, aquellos se burlan de él y se va avergonzado a su hogar. Posterior a ello, Bart decide que para ganar su respeto le cortaría la cabeza a la estatua y se las mostraría. Después de decapitarla por la noche, al día siguiente se las lleva escondida en una mochila; no obstante, antes de enseñársela a Jimbo y sus amigos, ellos comentan molestos que cortarle la cabeza a un héroe como Jeremías sería una acción incorrecta. Al final, los habitantes del pueblo se levantan con antorchas y armas para buscar a los culpables de tal atrocidad; el final no se los espoileo.

¿Pero qué tiene que ver eso que vivió Bart Simpson con lo que le pasó a la estatua de Felipe Calderón, más allá de una referencia incidental o graciosa? Considero que mucho, puesto que invita a la reflexión en varios sentidos. En primer lugar, cuando una persona es querida de verdad, ya sea por sus hazañas reales o invitadas, a esta se le defiende a capa y espada; es decir, juraría que si, en este momento a alguien se le ocurriera derribar o decapitar una efigie del expresidente Andrés Manuel López Obrador, esta persona, al igual que en Los Simpsons, tendría a una muchedumbre iracunda con ganas de linchar a quien se atreviera a tal infamia, y con Calderón no pasó así. En otras palabras, fue más el show hecho por algunos medios que por aquellas y aquellos que por convicción lo defienden, y cómo no debería ser así, si en el recuerdo no lejano de más de 40 mil familias de exelectricistas queda el encono de haberse quedado sin una fuente de empleo por culpa de él.

En segundo lugar, Bart sabía que estaba haciendo algo malo, puesto que, cuando decapitó la estatua, lo tuvo que hacer de noche y encapuchado; las y los manifestantes del SME no, al contrario, fue a plena luz del día y con el rostro descubierto. En otras palabras, se podría decir que se estaba consumando un acto de iconoclasia. Un suceso que va más allá de un hecho violento sin sentido, sino que evoca una acción política concreta y vectorizada con el fin de demostrar y visibilizar su causa, la cual es vigente y que versa en la defensa del trabajo digno por medio de las conquistas sindicales como modelo de combate a la precarización laboral del neoliberalismo, y por ende, luchar contra aquellos que busquen menoscabar los derechos del proletariado.

Durante muchas revoluciones y coyunturas políticas hemos visto caer monumentos que representan al sistema opresor o a sus dictadores, como en años recientes fue el caso de las efigies de Lenin, Gadafi o Husein, donde nadie salió a defender su destrucción. Debemos comprender que las estatuas son algo más que solo piedras o metal; simbolizan valores y principios, así como momentos históricos que marcaron un beneficio o un precedente para la sociedad, así que nadie cosecha más de lo que siembra, y Felipe no puede esperar que el pueblo no se indigne por algo que él mismo provocó.

Concluyo al respecto con este brillante diálogo de la película de V de Venganza (2005): “Los edificios son un símbolo. El acto de destruirlos también. El pueblo da poder a los símbolos. Solo, un símbolo no significa nada, pero con bastante gente, volar un edificio puede cambiar el mundo.” ¡Nos leemos pronto!