El poder tiránico ya no controla ni el realto. Cuando el poder tiránico pierde respaldo, deja de tolerar la crítica. Y cuando deja de tolerarla… intenta callarla. El poder puede convivir con la crítica mientras se siente fuerte. Puede tolerar la sátira, incluso burlarse de ella, mientras mantiene control. Pero cuando el respaldo se erosiona, cuando la credibilidad se desploma, cuando la percepción pública gira… la risa deja de ser inofensiva. Se vuelve amenaza. Ese es el punto exacto en el que el poder tiránico, desbordado e incontrolado, se delata: cuando ya no puede sostenerse con legitimidad, intenta sostenerse con intimidación. Ese momento ya llegó.
Las presiones sobre medios en Estados Unidos, las insinuaciones de adelantar revisiones de licencias, los amagos contra American Broadcasting Company y el entorno del programa donde participa Jimmy Kimmel, no son una anécdota. No importa si se concreta o no. Importa que el poder tiránico se crea con facultad de hacerlo. Porque cuando el poder sugiere que puede decidir quién transmite y quién no, el problema deja de ser mediático: es autoritario. Y cuando desde su círculo cercano —incluida Melania Trump— se deslizan amenazas de demandas cuantiosas y hasta insinuaciones de ruta penal, lo que queda claro no es fortaleza jurídica, sino voluntad de intimidar.
En ese mismo terreno, figuras como Kimmel dejan de ser comunicadores para convertirse en blancos. No porque gobiernen, sino porque influyen. Porque incomodan. Porque exhiben. Y el poder tiránico no tolera ser exhibido. La sátira, que en cualquier democracia es síntoma de salud, bajo un poder desbordado se convierte en provocación. Y la provocación, en ese contexto, se responde como se responde todo lo que no se puede controlar: con presión, con amenaza, con intento de silenciamiento. No con argumentos.
A eso se suma el ruido del entorno: advertencias legales, insinuaciones de acciones penales, posicionamientos que buscan más intimidar que debatir. No es política. Es reflejo. Reflejo de debilidad. Porque cuando el poder pierde el control del relato, intenta controlar a quien lo narra.
Pero el poder tiránico no se delata solo ahí. En paralelo, aparecen gestos que rozan lo grotesco: versiones y comentarios sobre documentos con tintes personalistas —como la idea de un pasaporte que lleve su imagen— y programas exclusivos como la llamada “visa dorada”, un esquema casi mesiánico que promete acceso, privilegio y pertenencia a cambio de dinero. No es política pública. Es escenografía de poder. Es la fantasía de un poder que ya no se siente respaldado por la ciudadanía y busca reconstruirse como marca, como culto, como club.
Y mientras tanto, el fondo no se mueve. Todo sigue igual. La manada de elefantes no solo sigue en la sala: ocupa la casa entera. Migración fuera de control, fractura política, polarización social, deterioro económico, desgaste institucional, violencia creciente alimentada por decisiones erráticas; y a ello se suma el descrédito persistente por escándalos como el caso Epstein, que sigue proyectando sombras sobre élites y estructuras de poder. Nada de eso se ha resuelto. Nada. Pero el poder incontrolado actúa como si no existiera. O peor: como si pudiera ocultarlo.
Ahí entra la vieja maniobra: la caja china. Un escándalo que tapa otro. Una escena que sustituye al fondo. Una narrativa que desplaza lo esencial. No resuelve. Distrae. Pero la distracción tiene límite. Porque la percepción ya cambió. Amplios sectores no compran el relato. No lo creen. No lo siguen. No necesariamente articulan una teoría cerrada, pero sí comparten una intuición extendida: algo no cuadra.
Las imágenes del incidente, los movimientos, las reacciones, los silencios, las versiones parciales… todo suma a una sensación de artificio. Incluso circulan versiones —no confirmadas, pero persistentes— de escenas posteriores donde Donald Trump y su círculo cercano aparecen relajados, casi festinando tras el episodio. No son pruebas. Pero en política, la percepción pesa tanto como los hechos. Y cuando la percepción se rompe, el control se pierde.
Ahí es donde el poder tiránico entra en su fase más peligrosa. No la del control. La de la desesperación. Empieza a endurecer, a perseguir, a intimidar, a exagerarse. A compararse con símbolos que no le pertenecen. Ayer referencias religiosas. Después figuras históricas. Hoy Abraham Lincoln, Martin Luther King. ¿Qué sigue? Cuando el poder necesita apropiarse de la historia para sostenerse… es porque ya no puede sostener su presente.
Y mientras más se exagera… más se exhibe. Porque el poder que necesita proclamarse grande… es porque ya no lo es. El poder que necesita fabricar enemigos… es porque ya no puede gobernar. El poder que necesita silenciar la risa… es porque la risa ya lo desnudó.
En ese punto, la imagen que queda es la de un personaje que sonríe mientras todo se descompone a su alrededor, como el gato risón que no abandona la escena, pero cuya sonrisa ya no transmite control, sino desconexión. Y, al mismo tiempo, la de un viejo león, obeso y herido, al borde del precipicio, aferrado apenas con una pata a la ladera, con las uñas clavadas en la roca, resistiendo no por fuerza, sino por inercia, a punto de ceder.
Y alrededor, empujando esa inercia, aparecen los más radicales, los más aferrados, los que no corrigen sino que intensifican: figuras como Pete Hegseth y J. D. Vance, representantes de una línea dura que, más que contener, empuja al poder tiránico hacia su propia sobreexposición.
Y ese es el punto de quiebre. Porque cuando la risa lo alcanza, lo reduce a lo que es: un poder desbordado, incontrolado, sostenido más por la inercia que por el respaldo, más por la amenaza que por la legitimidad, más por el ruido que por el control. Un poder que ya no gobierna. Se aferra.
Y el poder que se aferra deja de calcular. Reacciona. Y el poder que reacciona se equivoca. Y el poder que se equivoca cae. No por un gran golpe. Por acumulación. Por desgaste. Por pérdida de credibilidad. Por exceso de sí mismo.
Porque el poder tiránico no se derrumba cuando lo atacan. Se derrumba cuando deja de sostenerse. Y eso ya está ocurriendo. No es una polémica. No es un episodio. Es un proceso. Un poder que perdió el control del relato y ahora intenta controlar a quienes lo cuentan. Un poder que perdió el respaldo y ahora intenta sustituirlo con miedo. Un poder que perdió la realidad… y ahora intenta reemplazarla con espectáculo.
Pero el espectáculo no gobierna. La amenaza no legitima. El miedo no sostiene. Y cuando el poder tiránico necesita censurar, perseguir, fabricar enemigos y hasta reinventarse como símbolo… ya no es poder. Es caída en curso.
Y cuando la caída está en curso, no hay narrativa que la detenga, no hay aparato que la contenga, no hay enemigo que la justifique. Porque cuando el poder desbordado se vuelve incapaz de sostenerse… termina haciendo lo único que sabe hacer: hundirse más rápido. Hasta desaparecer. Sin control. Sin relato. Y, finalmente… sin poder.




