El liderazgo femenino y feminista de México no necesita autorizaciones externas para salvaguardar el valor supremo de la nación: la autodeterminación.
Ese concepto, equivalente a soberanía, no se limita a la relación diplomática con las potencias —particularmente con Estados Unidos—, sino que se traduce en el imperativo de rescatar a las mayorías hundidas en la pobreza por las políticas de innumerables administraciones del PRI y del PAN. Aquellos regímenes, marcados por la injusticia, favorecieron a unas cuantas familias privilegiadas mientras condenaban a la marginación al grueso de la sociedad.
La defensa de la soberanía no pide permiso ni a Estados Unidos ni a la oposición de derecha, que evidentemente desearía otro Maximiliano para México. Ha quedado claro en las conferencias de prensa mañaneras de la presidenta Claudia Sheinbaum, quien ha exhibido un temple inquebrantable al denunciar la ilegalidad del gobierno panista de Chihuahua por haber convocado a agentes de la CIA para intervenir en operativos contra el narcotráfico.
La gobernadora Maru Campos merece el calificativo de traidora; resulta doloroso señalarlo, pero recurrir a servicios de inteligencia extranjeros constituye una traición a los principios fundamentales de la patria.
Ante el peso de los cuestionamientos presidenciales, la titular del poder ejecutivo chihuahuense intentó contener la crisis sacrificando a su fiscal general.
Sin embargo, como bien señaló la presidenta, esa dimisión es insuficiente. La gravedad del asunto exige una depuración más profunda. La opinión pública ya ha dictado sentencia contra Maru Campos; el paso siguiente corresponde a las instituciones: la FGR y el Senado. Si existía alguna vacilación en la fiscalía general o en la cámara alta, las duras palabras de Sheinbaum sobre el episodio fronterizo deben haber disipado cualquier duda. Hay que investigar a fondo a la panista.
Qué autoridad tan sólida ha proyectado Sheinbaum al abordar el caso Chihuahua, manteniendo la cortesía pero sin ceder un ápice en la defensa de la soberania. Era su obligación; en un país con las complejidades de México, para que una mujer ejerza el mando a plenitud no solo debe ser cabrona, sino algo más. Claudia sobradamente ha demostrado serlo.
El feminismo tampoco pide permiso
El nombramiento de Leticia Ramírez, una mujer definida por su suavidad en las formas pero de carácter enérgico y principios de izquierda inamovibles, es una respuesta política contundente a la violencia narrativa machista del The Wall Street Journal. Ese diario ultraconservador de Nueva York intentó dibujar a una mandataria debilitada, sometida a un macho alfa. Fue un insulto y una calumnia.
A diferencia de Estados Unidos, en México mandan las mujeres. Claudia Sheinbaum refutó las ofensas del WSJ al integrar a Leticia Ramírez al gabinete presidencial, no en cualquier cargo, sino en uno de los más relevantes —y con el mayor potencial de crecimiento— en la 4T: la Secretaría de Bienestar. Al mismo tiempo, envió a la anterior titular de la dependencia a dirigir Morena, el partido político mayoritario, al que ya había llegado otra mujer de ideas firmes y capacidad de confrontación en la arena política e ideológica, Citlalli Hernández. Todo esto ocurre en un gobierno que tiene como secretaria de Gobernación a otra mujer de lucha y principios sólidos, Rosa Icela Rodríguez.
Los perfiles de las mujeres en quienes más confía la presidenta Sheinbaum confirman una estrategia de mando basada en una frase que se hizo famosa durante la contienda electoral de 2024: en México es tiempo de mujeres. Y sin duda lo es, algo que nadie en Estados Unidos puede presumir; de ahí que la extraordinaria actriz Meryl Streep dijera que nuestro país supera en desarrollo político al vecino del norte.
Qué maravilla que tengamos en México mujeres gobernantes de carácter inquebrantable. La mejor noticia en mucho tiempo es el nombramiento de Leticia Ramírez en Bienestar. Esta maestra de primaria, honesta, idealista, de izquierda, aguerrida y leal a la presidenta y al proyecto de la 4T, es el mejor espejo del estilo Sheinbaum: el de un poder que no pide permiso y que se ejerce con precisión técnica y cercanía popular, algo que la derecha internacional no alcanza a comprender.
La presencia de tantas mujeres en cargos de la mayor relevancia, ahora con posibilidades de crecer en popularidad pese a su discreción —como en el caso de Leticia Ramírez—, revela que Claudia Sheinbaum es la autora de un cambio de paradigma: el mando ya no se define por la testosterona política, sino por formas de dirección que combinan rigor y eficacia femenina en un gobierno sumamente complejo. Esto no debería ser una anomalía, sino la antesala de la llegada de más mujeres a los cargos de mayor responsabilidad.



