Aunque el título pueda parecer provocador, no alude al senador tabasqueño Adán Augusto López Hernández ni a la rabia política que caracteriza a buena parte de la clase gobernante de Morena. Se refiere a algo mucho más grave: a la rabia, una enfermedad mortal que México había logrado erradicar y que hoy amenaza con volver gracias al desmantelamiento deliberado del sistema de vacunación durante el gobierno de Andrés Manuel López Obrador.
Durante décadas, México fue un ejemplo internacional en materia de salud pública. Hasta 2018, el país mantenía coberturas de vacunación cercanas al 95% en el esquema básico infantil. Gracias a ello, se erradicaron enfermedades como la poliomielitis, se controló el sarampión y se eliminó la rabia humana transmitida por perros. Estos logros fueron resultado de políticas públicas sostenidas, constancia, inversión y una visión preventiva del Estado.
Austeridad, una bomba de tiempo
Todo eso comenzó a derrumbarse con la llegada de la llamada Cuarta Transformación. En nombre de la austeridad, el gobierno de López Obrador desmanteló el Seguro Popular, improvisó nuevas estructuras de salud y canceló o debilitó programas fundamentales como las Semanas Nacionales de Vacunación. El resultado previsible, hoy es innegable: el colapso de las coberturas de inmunización.
Para 2024, ninguna vacuna del esquema infantil alcanzó el 90% de cobertura. Más de 340 mil niños no recibieron ni una sola vacuna. No es una estadística menor: es una bomba de tiempo sanitaria. Bajo cualquier estándar internacional, estas cifras representan un fracaso monumental del Estado mexicano en su obligación básica de proteger la vida.
Las consecuencias ya están aquí
México enfrenta nuevamente brotes de sarampión, un aumento de tosferina y el regreso de enfermedades que se consideraban controladas. La cobertura contra el sarampión cayó a niveles que hacen inevitable la reaparición de epidemias. Este retroceso no es producto de la mala suerte ni de la pandemia: es resultado directo de decisiones políticas irresponsables.
Pero el ejemplo más brutal del desastre es la rabia. México había eliminado la rabia humana transmitida por perros desde 2005. Sin embargo, en los últimos años se han registrado casos humanos transmitidos por animales silvestres, principalmente murciélagos. El peligro real no es la presencia del virus en la fauna, algo históricamente conocido, sino la ruptura del “muro sanitario” que protegía a la población: la vacunación masiva de perros y gatos.
Imaginemos un escenario tan simple como aterrador: un murciélago infectado muerde a un perro callejero en Sinaloa, donde en 2025 apenas el 2.1 % de los animales domésticos han sido vacunados contra la rabia. El perro, sin síntomas iniciales, convive con otros animales y personas. Días después muerde a un niño. No hay marcha atrás: la rabia prácticamente es 100% mortal una vez que aparecen los síntomas. Este no es un guion de terror: es una posibilidad real creada por la negligencia gubernamental.
La realidad desmiente cualquier intento de minimizar el problema. En 2024 se confirmaron tres casos humanos de rabia en México y para 2025, otros tres más: una mujer en Zacatecas, un hombre en Veracruz y un tercer caso en Jalisco.
Datos demoledores
De acuerdo con datos vertidos en el resumen de la semana de vacunación antirrábica en 2025, la cobertura nacional de vacunación en perros y gatos fue de apenas 49.1%, muy por debajo del 70% recomendado por la Organización Mundial de la Salud. Estados como Sinaloa, Oaxaca, Querétaro, Durango y Chihuahua presentan niveles tan bajos, que son propios de un país en colapso sanitario, no de una nación que presume “primero los pobres”, porque, paradójicamente, son las comunidades más pobres las más expuestas.
Las consecuencias podrían ser devastadoras. En términos humanos, la rabia mata sin piedad y afecta principalmente a niños; los tratamientos post-exposición son costosos, el impacto en la ganadería es inmediato y áreas como el turismo se ven afectadas por alertas sanitarias. En lo social, el pánico colectivo podría derivar en sacrificios masivos de animales y estigmatización de comunidades enteras.
Aunque la narrativa oficial intente justificar el desastre culpando a la pandemia de COVID-19, mientras otros países de la región recuperaron rápidamente sus esquemas de vacunación, México no lo hizo porque las campañas de prevención nunca fueron prioridad para un régimen que gobierna más con propaganda que con políticas públicas.
El regreso de enfermedades prevenibles es el saldo de una ideología que desprecia la técnica, la evidencia científica y la continuidad institucional.
Al destruir un sistema de vacunación ejemplar, la 4T puso en riesgo la vida de millones. Y ya no podrán decir que no fueron advertidos.
X: @diaz_manuel




