Uno de los espacios de diálogo más importante en nuestro país se ha sido convertido en un escenario dantesco. Lamentablemente hemos sido testigos de una escena tan grotesca como irrespetuosa para todo el pueblo de México.
En un suceso que deshonra al país, el líder del PRI, Alejandro Alito Moreno, inició una confrontación física con el senador Gerardo Fernández Noroña. Las palabras sobran pues todo está documentado en diversos videos desde distintos ángulos.
Al parecer, en la lógica de Alito, la violencia física es la respuesta natural cuando no se obtiene lo que se desea. Al menos eso es lo que revela cuando, al excusarse, refiere que previamente se le negó el uso de la voz.
La imagen del senador como un matón de taberna es, por sí sola, devastadora. Pero el acto violento es solo la punta del iceberg, es consecuencia del desprecio hacia el proyecto que ha sacado de la pobreza a millones de mexicanas y mexicanos, la exhibición de odio de quienes no quieren que a México le vaya bien, es la muestra del desdén por las instituciones. ¿De verdad piensa que el pueblo de México se siente representado o va a confiar en un personaje que reacciona de esta manera?
Alito y sus secuaces no solo atacaron al presidente la Cámara de Senadores y a otros allí presentes, sino que golpearon la ya de por sí frágil credibilidad del PRI, escupieron sobre el principio de diálogo y mostraron a la ciudadanía que, para algunos, la razón se sustituye con la fuerza bruta cuando los argumentos se agotan.
La acción de Alito, además de vergonzosa para México delata una incapacidad profunda para el debate de ideas, el respeto, educación y la civilidad. Sus actos son la muestra de su degradación política, de sentirse cubierto por el manto de la impunidad, de la arrogancia y por supuesto, exposición de la absoluta bancarrota moral.
Que escena nos han dado: una vez más la exhibición de la pobre y moralmente derrotada oposición que tenemos, traidora a la patria, carente de proyecto y, para colmo, promotora de espectáculos que, además de profanar el recinto de la cámara de senadores, del Himno Nacional y de faltar al respeto a las y los mexicanos, cometen delitos a plena luz de las cámaras. Aunque esto no debería sorprendernos; cuando se agota la argumentación y se quiebra la razón, solo queda el puño.
Esta no es una conducta que deba minimizarse. Permitir que un acto así quede en la impunidad sería sentar un precedente peligrosísimo: que la violencia es una herramienta política legítima para quien ostenta un cargo. La Mesa Directiva del Senado tiene la obligación de actuar. Debe iniciar de inmediato un proceso de sanción ejemplar, aplicando el reglamento correspondiente que prevé la suspensión e incluso la expulsión de un senador por actos de violencia que denigran la Cámara. El Senado no puede ser un campo de batalla pues su autoridad está en juego.
Y aunque no podemos dejar de reaccionar y condenar la violencia, la realidad es que los propios integrantes de la oposición, de la mano de su mismísimo dirigente se encaminan solos hacia la extinción.