Algo raro pasa en el gobierno de Delfina Gómez. Hay un hombre que no necesita ser secretario, subsecretario ni director general para sentarse con alcaldes, tocar puertas en las dependencias y presentarse como alguien que habla en nombre de la gobernadora.
Se llama José Cosmares Fuentes. ‘Pepe Cosmares’ para los cuates. Y cada vez son más los empresarios que se preguntan exactamente lo mismo: ¿qué hace este hombre en el gobierno del Estado de México?
La pregunta no es menor.
Porque Cosmares aparece públicamente como representante de Delfina Gómez. En enero pasado, por ejemplo, el Ayuntamiento de Cuautitlán Izcalli informó oficialmente de una reunión sobre la rehabilitación de Periférico Norte y lo presentó precisamente así: “representante de la gobernadora”. En Tlalnepantla incluso lo han ubicado como miembro del gabinete estatal.
Pero busque usted su cargo, sus atribuciones, su oficina, el tamaño de su responsabilidad pública. Ahí comienza el misterio.
Y mientras nadie termina de explicar exactamente qué hace, entre empresarios que buscan venderle al gobierno mexiquense se cuentan historias bastante menos misteriosas.
Hablan de un Cosmares que recomienda proveedores, consigue reuniones, llama a funcionarios para pedir que los reciban, toca puertas en distintas secretarías y hasta acerca empresarios a los eventos de la propia gobernadora. Otros empresarios hacen señalamientos todavía más delicados: hablan de presuntos cobros a cambio de facilitar gestiones o abrir caminos hacia contratos públicos.
Son acusaciones que necesitan probarse, por supuesto. Pero cuando comienzan a repetirse dejan de ser un simple chisme de café y se convierten en un asunto que el gobierno tendría que aclarar.
Sobre todo porque ya le encontraron apodo al fenómeno.
El lema de Delfina Gómez es “El Poder de Servir”.
A Cosmares, cuentan algunos proveedores con bastante mala leche, ya le dicen “el poder de servirse… con la cuchara grande”.
La broma sería magnífica si el asunto no fuera tan serio. Porque lo que está en juego no es solamente la reputación de un asesor. Es la de la gobernadora.
Cosmares tampoco es precisamente un producto nuevo de la 4T. Es un político formado en las estructuras del viejo PRI mexiquense. Hay registros de su actividad priista desde hace más de dos décadas y posteriormente ocupó posiciones dentro de gobiernos estatales emanados de ese partido.
Y una parte de su historia política pasa por el sector salud y por el entorno de César Gómez Monge, secretario de Salud durante el gobierno de Eruviel Ávila.
Aquellos años no son precisamente recordados como una época dorada de las finanzas sanitarias mexiquenses.
La Auditoría Superior de la Federación encontró irregularidades superiores a 2 mil millones de pesos en recursos del sector salud del Estado de México correspondientes a 2016.
Entre las observaciones estuvieron pagos irregulares, recursos cuyo destino no pudo acreditarse, problemas con retenciones fiscales y diversas anomalías en el manejo del dinero público.
Con esos antecedentes resulta inevitable levantar la ceja cuando empresarios aseguran que uno de los terrenos favoritos de operación de Cosmares es precisamente el Instituto de Salud del Estado de México.
Dicen que aboga por proveedores, los presenta, busca citas, gestiona espacios y mueve relaciones. También se le atribuyen gestiones con presidentes municipales, algunas realizadas, según quienes han tratado con él, invocando la cercanía y el nombre de la gobernadora.
Y aquí es donde la historia comienza a ponerse realmente incómoda para Delfina.
Porque si existe una palabra que la gobernadora debería mantener a kilómetros de distancia de su administración es “moche”.
El antecedente de Texcoco sigue ahí.
En 2022, el Tribunal Electoral confirmó una multa de 4 millones 529 mil pesos a Morena por el esquema mediante el cual fueron retenidos recursos de trabajadores del Ayuntamiento de Texcoco y del DIF durante la administración encabezada por Gómez. La autoridad electoral acreditó 2 millones 264 mil 612 pesos vinculados al financiamiento partidista.
Delfina cargó durante años con aquel episodio.
Por eso sería políticamente devastador que ahora, instalada en la gubernatura, alguien de su círculo estuviera utilizando su nombre para presuntamente pedir dinero a empresarios que quieren hacer negocios con su administración.
Porque una cosa es escuchar proveedores.
Otra es recomendarlos.
Otra más es hablarle a un secretario para conseguirles una cita.
Pero cobrar por abrir una puerta, si eso llegara a comprobarse, tiene otro nombre.
Y también tiene consecuencias.
Lo curioso es que las historias sobre Cosmares llevan tiempo circulando entre empresarios y funcionarios. Unos hablan de llamadas; otros, de reuniones; otros aseguran haberlo visto llegar acompañado de proveedores. El personaje entra, sale, recomienda, gestiona y presume cercanía.
Demasiado poder para alguien cuyo lugar exacto dentro del gobierno sigue siendo una nebulosa.
Quizá Delfina Gómez debería comenzar por algo muy sencillo: preguntarle a su gabinete cuántas llamadas han recibido de Cosmares, a cuántos proveedores les ha pedido recibir y en cuántos asuntos ha invocado su nombre.
Después podría preguntarles lo mismo a algunos empresarios.
Tal vez se llevaría una sorpresa.
Porque el verdadero problema ya no es saber si Pepe Cosmares tiene oficina, nombramiento o escritorio.
El problema es saber qué hace con el nombre de la gobernadora cuando ella no está enfrente.
Y hay una pregunta que tarde o temprano alguien tendrá que contestar en Palacio de Gobierno:
¿Delfina sabe todo lo que presuntamente se negocia en su nombre?
Si no lo sabe, tiene un problema.
Si lo sabe y lo permite, tiene uno mucho más grande.
Porque entre ”El Poder de Servir" y el poder de servirse sólo hay una palabra de diferencia.
Pero políticamente hay un abismo.




