Cada año ocurre casi en silencio. No genera el debate del presupuesto, no ocupa los titulares principales, ni las visualizaciones de un ring royale, sin embargo, es uno de los documentos más importantes de la política económica mexicana. La Secretaría de Hacienda publicó los Pre-Criterios de Política Económica, el primer bosquejo del rumbo fiscal y macroeconómico del país.

No es todavía el presupuesto, pero sí es la antesala. Es el documento donde el gobierno dice cuánto cree que crecerá la economía, cómo evolucionará la inflación, qué pasará con las tasas de interés, cuánto déficit fiscal habrá y cuál será la estrategia de deuda. Con esos números, meses después, se construye el Paquete Económico.

Por eso, aunque el nombre suene técnico, el plan económico es en realidad una señal. Una señal a inversionistas, empresas, mercados financieros y también a cualquier persona que tenga un crédito, ahorros en CETES o simplemente quiera entender hacia dónde se mueve la economía.

Es la diferencia entre trazar el mapa y emprender el viaje. Los Pre-Criterios dibujan el mapa. El Paquete Económico, que se presenta en septiembre, es el momento en que se decide cuánto gastar, dónde gastar y cómo financiar ese gasto.

Esa diferencia es clave. Mientras los Pre-Criterios dicen hacia dónde va la política económica, el Paquete Económico materializa esas decisiones. Sin embargo, los mercados financieros reaccionan desde ahora porque el documento revela si habrá disciplina fiscal, expansión del gasto o incremento de la deuda, bueno todo esto nos da una imagen de que puede parecer un texto por su naturaleza técnico y por ello aquí se desmenuzara de una forma mas ligera, tranquila, pero sin perder los puntos claves para que sepamos en que nos afecta o beneficia las decisiones que se tomarán en nuestro país.

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Para empezar a desarrollar lo que nos interesa, el primer aspecto que se me hizo relevante del plan económico es el ajuste fiscal que plantea Hacienda. Después de un periodo con déficits más elevados, el documento anticipa una reducción progresiva del desequilibrio entre ingresos y gastos del gobierno. No se trata de un recorte abrupto ni de una política de austeridad agresiva, sino de un ajuste gradual que busca estabilizar la deuda pública sin frenar la actividad económica.

El objetivo es claro: evitar que el déficit siga creciendo y, al mismo tiempo, mantener el gasto prioritario. Este tipo de estrategia intenta equilibrar dos riesgos. Un ajuste demasiado rápido puede desacelerar la economía, pero no hacer ajuste alguno puede deteriorar la confianza de inversionistas y elevar las tasas de interés.

Otro punto interesante del plan es la digitalización de la economía. A primera vista puede parecer una medida tecnológica, pero en realidad es una estrategia económica. Impulsar pagos electrónicos, reducir el uso de efectivo y ampliar la inclusión financiera tiene efectos directos sobre el crecimiento.

Una economía más digital permite mayor trazabilidad de las transacciones, reduce la informalidad, mejora la recaudación y facilita el acceso al crédito. En un país donde una gran parte de las operaciones aún se realiza en efectivo, el potencial de esta transformación es significativo.

La lógica es sencilla. Cuando las personas utilizan medios digitales, dejan historial financiero. Ese historial permite acceso a crédito. El crédito impulsa consumo e inversión. Y ese proceso termina elevando la actividad económica. Por eso, la digitalización no es únicamente modernización financiera; es también una palanca de crecimiento.

La expectativa de inflación cercana a la meta responde a la política monetaria restrictiva que se mantuvo durante los últimos años y a la normalización de presiones en precios internacionales. Bajo ese contexto, el escenario contempla una reducción paulatina de tasas de interés, en línea con el comportamiento esperado de la inflación.

Y bueno para la inversión, el mensaje del plan económico es relativamente positivo. La disciplina fiscal reduce el riesgo país y mejora la percepción de estabilidad macroeconómica. Cuando los inversionistas perciben que el déficit está bajo control, disminuye la incertidumbre sobre la deuda y el financiamiento del gobierno.

Uno de los efectos más directos del escenario planteado es la trayectoria esperada de las tasas de interés. Si la inflación continúa descendiendo y el banco central reduce su tasa de referencia, los rendimientos de instrumentos como los CETES tenderán a bajar gradualmente (pagan menos).

Esto implica que los niveles actuales de rendimiento podrían no mantenerse en el mediano plazo. Para quienes invierten en instrumentos de deuda gubernamental, el mensaje es claro: los rendimientos altos podrían ser temporales. Para quienes tienen créditos, en cambio, el escenario es más favorable, pues tasas menores implican financiamiento más barato.

El ajuste fiscal también contribuye a este escenario. Un déficit menor reduce la presión sobre el financiamiento público y evita que las tasas suban por mayor riesgo fiscal. De esta forma, la política fiscal y la política monetaria terminan alineándose hacia una reducción gradual del costo del dinero.

El crecimiento moderado por no decir bajo que plantea el plan económico tiene implicaciones directas en la vida cotidiana. Un crecimiento estable suele traducirse en menor volatilidad económica, inflación contenida y estabilidad en el empleo. Sin embargo, también implica que la expansión del mercado laboral y los aumentos salariales tienden a ser graduales.

No es un escenario de boom económico, pero tampoco de crisis. Es más bien un entorno de estabilidad, donde la economía avanza sin sobresaltos, aunque sin un impulso acelerado, no olvidemos que este planteamiento es optimista.

El plan económico no es el presupuesto, pero sí revela la narrativa económica del gobierno. La señal es clara: prioridad a la estabilidad macroeconómica, ajuste fiscal gradual y crecimiento moderado. No hay un giro abrupto en la política económica, sino una estrategia de continuidad con prudencia.

En economía, esa prudencia suele ser valorada. Un ajuste fiscal ordenado reduce riesgos, la digitalización puede impulsar la formalidad y los supuestos macroeconómicos moderados evitan expectativas irreales. En conjunto, el documento apuesta por un equilibrio: mantener estabilidad sin frenar la actividad económica.

Aunque el documento se presenta con lenguaje técnico, mi intención fue hacer denotar que sus efectos son tangibles, el cómo influye en las tasas de interés, en el rendimiento de los ahorros, en el costo del crédito y en la confianza para invertir. En otras palabras, el plan económico no solo es una proyección del gobierno; es también una señal sobre el rumbo del dinero en la economía. No es un plan arriesgado, pero sí uno que busca evitar desequilibrios. Y muchas veces, en economía, eso es precisamente lo que permite que todo lo demás funcione.