Hace unos años, en el movimiento “Seguridad sin guerra” se encontraron muchos de los liderazgos que hoy son actores clave en la toma de decisiones. La crítica a la militarización contenía el impacto a la paz pública, el efecto desproporcionado de que elementos entrenados para aniquilar se encargaran de la seguridad pública ciudadana y el costo altísimo que representaban las fuerzas armadas. Hoy las cosas han cambiado y además del gasto para la seguridad, estaba contemplado un museo en el corazón ecológico de la Ciudad de México. La decisión fue criticada y que el Ejército mexicano, una institución cuya misión legal incluye defender la soberanía del país, haya tenido que replantear la construcción de un museo militar porque el proyecto podía afectar Chapultepec, dice mucho de los tiempos que vivimos.
El 26 de septiembre, la Secretaría de la Defensa Nacional informó que ya no construirá el Museo Militar y el Centro Nacional de Historia Militar en el terreno aledaño al Bosque de Chapultepec que había elegido originalmente. Después de las preocupaciones expresadas por posibles afectaciones ambientales, la dependencia decidió buscar otro campo militar que ya cuente con construcciones, con el argumento de evitar daños a las áreas verdes. La nueva ubicación todavía no está definida. La dinámica consistió en iniciar discrecionalmente un cambio que se hizo público y solo entonces, desistir de las intenciones francamente ecocidas.
La noticia debería alegrarnos. Chapultepec no perdió, al menos por ahora, una superficie destinada a una nueva construcción. Solamente que la dinámica de proyectos sin estudio de impacto ambiental y sin consulta pública se repite. ¿Por qué fue necesario plantear primero la construcción y discutir después la protección ambiental? Encima, durante días se argumentó que la noticia era falsa pero el comunicado oficial demuestra que en realidad, sí existió el plan.
El proyecto original contemplaba una superficie de 55 mil 624 metros cuadrados y una inversión estimada de mil 658 millones de pesos. El complejo incluiría un Museo del Ejército, Fuerza Aérea y Guardia Nacional, así como un Centro Nacional de Historia Militar, con espacios para exhibiciones, documentos, pinturas, armas, uniformes, vehículos y aeronaves. Resulta curioso que en los tiempos ultra violentos en que hemos normalizado el combate armado y la violencia, exista un plan para admirar aquello. Creo que es la declaración implícita del fracaso a la construcción de paz.
La Defensa argumentó que el predio elegido era un campo militar utilizado desde 1969 para actividades de adiestramiento, con baja densidad de árboles debido a la infraestructura y obstáculos propios del entrenamiento castrense. También señaló que se trataba de un espacio delimitado y sin acceso público por la naturaleza de las actividades que ahí se desarrollan. O sea, que el ciudadano de a pie no está perdiendo nada más que el oxígeno, la fauna y el beneficio indirecto de que exista un espacio natural, aunque no sea accesible.
Justo los estudios de impacto ambiental miden si un espacio natural impacta por la cantidad de árboles y fauna que contiene más que por el número de personas que pueden entrar en él.
Chapultepec está reconocido por la Ciudad de México como Área de Valor Ambiental con categoría de Bosque Urbano. Desde 2023, la declaratoria comprende 866.37 hectáreas distribuidas en cuatro secciones. Su programa de manejo establece como objetivos la conservación de la integridad ecológica, los servicios ambientales y los valores culturales, educativos y recreativos del bosque. Han existido todo tipo de esfuerzos por apropiarse de esa joya natural escasa, desde esfuerzos privatizadores hasta planes inmobiliarios en dólares.
Eso significa que la discusión nunca debió reducirse a una pregunta tan elemental como cuántas personas entran y cuántos árboles habría que talar.
El propio gobierno al otorgar esa categoría declaró la importancia del Bosque de Chapultepec porque regula temperatura y humedad, contribuye a la recarga de mantos acuíferos, captura contaminantes atmosféricos y proporciona espacios de recreación y bienestar. Así lo reconoce la documentación ambiental oficial de la Ciudad de México a través de la SEDEMA.
Dicen que al ser un campo de entrenamiento, en realidad no tiene tanta vegetación aunque la ausencia de árboles no significa ausencia de naturaleza. Dicen también que el terreno ya es propiedad del Ejército y no tiene acceso abierto pero la ausencia de público tampoco significa ausencia de valor ambiental.
La paradoja está inclusive en el lenguaje utilizado por la propia Defensa. En su comunicado, sostiene que el museo busca fomentar, mediante el conocimiento de la historia, la identidad nacional y el nacionalismo, elementos que considera fundamentales para la preservación del Estado mexicano. También recuerda que la Ley Orgánica del Ejército y Fuerza Aérea Mexicanos establece como una de sus misiones realizar acciones cívicas y obras sociales que tiendan al progreso del país… pero ¿qué entendemos por progreso?
Si progreso significa ideología de guerra y construir un museo de mil 658 millones de pesos en una zona ambientalmente protegida, deberíamos preocuparnos. Después de todo, narcocultura es romantización de la violencia ilegal tanto como nacionalismo militarista es también la romantización de la violencia del Estado, o sea, la que es legal.
El Ejército tiene, además, una relación particular con el territorio. Posee instalaciones, campos y terrenos que durante décadas han permanecido cerrados al acceso civil precisamente por razones de seguridad y adiestramiento. Algunos de esos espacios, sin embargo, han tenido posteriormente otros destinos.
El caso de la Cuarta Sección de Chapultepec, en 2021, la Defensa cedió al Gobierno de la Ciudad de México más de 73 hectáreas del Campo Militar 1-F para integrarlas al proyecto de Chapultepec, Naturaleza y Cultura. Lo que durante décadas había sido un espacio de uso militar comenzó a convertirse en un espacio público y cultural que ahora tiene una cineteca.
Es decir, la historia reciente demuestra que un terreno militar no tiene necesariamente que permanecer condenado a la lógica militar. También puede convertirse en patrimonio público, espacio cultural o área verde.
El Ejército tiene derecho a preservar su memoria histórica. México tiene derecho a conocer la historia de sus Fuerzas Armadas. Los documentos, uniformes, vehículos, aeronaves y demás objetos que integran ese patrimonio merecen conservación y divulgación pero en verdad, tendríamos que cuestionarnos si el nacionalismo militarista es deseable y si vale la pena pensar que la falta de comunicación entre dependencias, Congreso y alcaldes resulta ser normal porque específicamente en este caso, el vacío comunicativo reinó hasta la cancelación pública del proyecto en ese lugar… pero si el Ejército también realiza rescates en catástrofes naturales ¿No valdría la pena que en vez del nacionalismo, busquen llevar un proyecto ambientalista contra el cambio climático que involucre planes amigables con el entorno? Después de todo, el museo no será en Chapultepec pero la sede podría ser igualmente una reserva natural en otra entidad.
La violencia ya nos quita demasiado espacio como para que encima, se integre a nuestra identidad cultural.





