El penoso suceso que ha tenido lugar en la Secretaría de Educación Pública parece no tener precedente. Marx Arriaga, bien conocido por representar el ala más radical de la autoproclamada 4T, fue finalmente cesado el pasado viernes tras haber lanzado una serie de incendiarios comentarios dirigidos a antagonizar a Mario Delgado, y desde luego, para ganar visibilidad pública con fines desconocidos, o quizás, como el resultado de un desequilibrio mental del individuo.

En el momento de la redacción de este texto, el exfuncionario Arriaga se rehúsa a dejar las instalaciones de la SEP en Avenida Universidad. Según ha trascendido, el sujeto habría permanecido durante tres días en sus oficinas, en un afán de atraerse más reflectores. Patético.

Arriaga es un funcionario de segundo rango. En realidad, no merecería, en principio, ni un editorial o cobertura por parte de los medios de comunicación, o ser motivo de mención, y mucho menos, de conversación, de la presidenta Sheinbaum. En tanto que director general, estaba sujeto a la autoridad de la subsecretaria Angélica Noemí Juárez, y evidentemente, del secretario Mario Delgado.

El caso de este excolaborador de la SEP sería anecdótico, y tal vez, cómico, si la educación pública en este país no atravesara una de las mayores crisis de su historia, y si el propio Arriaga no representara el rostro visible de la podredumbre que ha hipotecado el futuro de los niños y jóvenes de México.

Como se sabe, el obradorismo ha sido responsable de la agudización de un lamentable rezago educativo. Tras el desmantelamiento de la reforma educativa de 2013, misma que creó instituciones del Estado mexicano dirigidas a liberar a los maestros de las presiones políticas ejercidas por los líderes sindicales, los gobiernos sucesivos de AMLO y Sheinbaum, lejos de pretender rescatar el sistema educativo, han dado espacio para la devolución de las prerrogativas a los poderes fácticos.

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Sumado a ello, la falta de seriedad en la Subsecretaría de Educación Básica ha permitido que personajes como Arriaga llenen los libros de texto con imprecisiones, errores ortográficos y omisiones históricas, hasta el punto de haber incluido las desafortunadas declaraciones de Lorenzo Córdova sobre un representante de un pueblo originario en el mismo nivel de ignominia de otros sucesos como el Holocausto o el genocidio de Ruanda. Increíble, pero real.

En suma, el nombre de Marx Arriaga será rápidamente dejado en el olvido. Luego de la vergüenza de habérsele ofrecido un consulado, lo que habla por sí mismo del completo desdén hacia la carrera diplomática y consular por parte de la clase política, su patético espectáculo no será recordado por mucho tiempo. Sin embargo, lo que sí continuará es un gobierno que desdeña el valor de la educación, que arrojó a la papelera los esfuerzos del pasado en la materia, y que seguirá, a menos de que se cambie el rumbo, su camino hacia la erosión absoluta de la calidad de la educación pública en México.