La reciente visita de Isabel Díaz Ayuso a México ha generado un sinfín de reacciones al interior de la política mexicana y grandes lecciones para todos partidos, pero no por la brillantez de una agenda diplomática, sino por la exportación de un conflicto interno de la política de su país, que pretende utilizar a México como caja de resonancia para sus fines políticos. Al denunciar una presunta “persecución política” y un “boicot” por parte del gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum, Díaz Ayuso no solo equivoca en el diagnóstico, sino que incurre en un anacronismo peligroso: pretender que México sea el tablero de sus batallas domésticas.
La postura de la presidenta Sheinbaum frente a los intentos de reivindicar figuras como Hernán Cortés es un acto de soberanía y reconocimiento histórico y político del pueblo mexicano. En un momento donde voces externas intentan reescribir nuestro pasado para justificar jerarquías presentes, es imperativo recordar que México es una nación soberana. Aceptar la narrativa que glorifica la Conquista es, en esencia, validar una violencia sistemática que aún supura en la vida cotidiana de este país. Quienes hoy aplauden la figura de Cortés desde un servilismo anacrónico, parecen olvidar que nuestra integridad se cimienta sobre el reconocimiento a esa violencia y la superación de ese despojo. Porque reconocer y nombrar las cosas, hacen que existan y no se olviden, como lo plantea el mismísimo Dr. Freud.
Sin embargo, la soberanía no es un concepto estático que vive solo en los libros de texto; es una estrategia de Estado que debe construirse día a día con bases materiales solidas; para que las quejas de figuras extranjeras como Ayuso —que confunden el respeto diplomático con la sumisión ideológica— dejen de tener eco, México debe transitar hacia una “soberanía integral”, de la cual doy algunos puntos clave que considero relevantes:
El camino está trazado. Si queremos blindarnos contra el nuevo colonialismo —aquel que ya no viene con armaduras, sino con software, datos y narrativas de victimización— debemos emular procesos de éxito global.
Soberanía tecnológica: al igual que potencias como China, México debe dejar de ser un mero consumidor de ecosistemas ajenos. Depender de infraestructura extranjera es la versión moderna de las capitulaciones de conquista. Necesitamos un blindaje digital propio.
Independencia económica: es hora de dejar de ser la “ensambladora” del mundo para convertirnos en un centro de innovación. El orgullo nacionalista se traduce en poder geopolítico cuando lo que exportamos es ingenio mexicano y no solo mano de obra.
Diplomacia de dignidad: la soberanía se ejerce rechazando que actores externos utilicen nuestro territorio como plataforma para sus agendas particulares o para denunciar persecuciones imaginarias que solo buscan distraer de sus propios problemas judiciales en España.
No olvidar y cobrar la factura en 2027: el pueblo de México no debe olvidar quienes apoyaron y respaldaron este proceso de intervencionismo, debemos tener muy presente rumbo a las elecciones de 2027, quienes estuvieron en contra de nuestra soberanía y a quienes, se les debe cobrar la factura por revivir un pasado que solo conlleva el regreso de privilegios rancios y clasistas.
Como cierre, tengo una certeza profunda, que México no debe gratitud a sus antiguos victimarios, ni espacio a quienes vienen a dictarnos cátedra de democracia mientras añoran un pasado virreinal. La defensa de nuestra historia exige una lealtad inquebrantable a nuestra propia autodeterminación. Solo fortaleciendo nuestras capacidades internas —económicas, tecnológicas y culturales— aseguraremos que el eco del colonialismo se apague definitivamente ante el rugido de una nación que, por fin, se sabe dueña de su destino.





