El memorial en honor a Claudia Tacoronte, estudiante de intercambio víctima de feminicidio en Cuautla, comenzó por borrarse con torretas de agua tras la marcha de familias y estudiantes de la Universidad Autónoma del Estado de Morelos, con hartazgo por la violencia.
Desde Granada, España, Claudia confió en México para vivir una experiencia estudiantil de la que no volvió. Llegó apenas el 17 de agosto a Morelos y tenía previsto permanecer hasta diciembre. Tenía 21 años, estudiaba Educación Infantil en la Universidad de Granada y había cruzado el Atlántico con la promesa sencilla de cualquier estudiante… aprender, conocer otro país, vivir lejos de casa y volver con una historia que contar. No sucedió.
La Gobernadora, Margarita González Saravia, continuó con los festejos patrios, como si un Estado feminicida no fuese suficiente motivo para cancelar fiestas, guardando el luto debido. Un gobierno también comunica con lo que decide no hacer. Con sus silencios, con sus ceremonias, con sus luces, con la música que permite sonar mientras una familia todavía espera respuestas. Morelos decidió no guardar luto.
El 12 de septiembre, Claudia fue asesinada en las inmediaciones de la Casa de la Cultura, después de que, según las primeras investigaciones, un hombre se acercara con la intención de asaltarla. Ella habría intentado escapar y refugiarse. La Fiscalía de Morelos abrió la investigación bajo protocolo de feminicidio y ha informado que no descarta ninguna línea de investigación, incluido el robo, pero también otras hipótesis. Hasta ahora, la investigación permanece abierta.
No corresponde convertir una hipótesis de investigación en sentencia. Pero tampoco corresponde convertir una muerte violenta de una mujer en un simple episodio de nota roja antes de que las autoridades hayan agotado todas las posibilidades de investigar si existieron razones de género. Eso es precisamente lo que exige el feminicidio.
El artículo 325 del Código Penal Federal establece que comete feminicidio quien prive de la vida a una mujer por razón de género y enumera diversas circunstancias que permiten considerar que existe esa razón. Entre ellas se encuentra que el cuerpo de la víctima sea expuesto, arrojado, depositado o exhibido en un lugar público. No significa que toda mujer asesinada en la calle sea automáticamente víctima de feminicidio, pero sí que las autoridades tienen la obligación de investigar con perspectiva de género cuando existen elementos que así lo indiquen. Morelos, además, contempla su propia tipificación en el artículo 213 Quintus de su Código Penal.
La justicia no puede depender de la nacionalidad de la víctima ni de la indignación diplomática que produzca su muerte, ni de la atención internacional que alcance su nombre. Creo que estas fiestas patrias están empañadas por una muerte dolorosa, pues aquella confirma una tendencia que es cruenta. Primero, la peor, que es la de la matanza sistemática de alumnas de aquella universidad, mujeres jóvenes que buscaban crecer académicamente y tener oportunidades de vida. Desde abril de 2025, al menos cinco estudiantes de la UAEM han sido víctimas de feminicidio, incluida Claudia. En las protestas de esta semana fueron recordadas, entre otras, Michelle Fuentes Calderón, de 15 años; Kimberly Ramos Beltrán, de 18; Karol Gómez Toledo, de 18, y Aylin, de 20.
La segunda es que la muerte de una joven estudiante de intercambio es dolorosa porque tiene visibilidad internacional, pero, a su vez, sucede a otras muertes de jóvenes nacionales cuyas historias no alcanzaron a ser contadas con la misma intensidad. La Universidad de Granada canceló los intercambios que tenía previstos con la UAEM después del asesinato de Claudia. España exigió justicia y su cancillería se movilizó para acompañar a la familia. Lo que para una familia mexicana puede convertirse en una carpeta que se pierde entre otras carpetas, para una universidad extranjera se convirtió en la decisión de retirar a sus estudiantes e insistir en justicia.
Eso debería avergonzarnos por una razón distinta a la del escándalo internacional. No debería ser necesario que una mujer tenga pasaporte extranjero para que su muerte provoque preguntas internacionales y acciones institucionales.
Este crimen deja de manifiesto, a nivel internacional, que el machismo arrasa en contra de todas las mujeres, que ni españolas ni extranjeras, en general, están seguras aquí, pero que sus muertes son mucho más visibles.
Las mexicanas conocemos esa sensación que ahora España descubre desde lejos: avisar que llegamos, mandar ubicación, desconfiar del taxi, mirar hacia atrás, caminar con las llaves entre los dedos, pensar dos veces antes de aceptar una invitación, preguntar quién estará en el lugar, calcular la hora de regreso. No porque seamos paranoicas, sino porque hemos aprendido a administrar el riesgo como una tarea cotidiana.
La diferencia es que para muchas de nosotras esa administración del miedo dejó de ser noticia hace mucho tiempo.
Siento profundamente el dolor de Claudia y su familia, al mismo tiempo que se siente la rabia generalizada porque hasta los extremos más indignantes e indecibles como este, las autoridades parecen no mirar. No miraron a las otras estudiantes asesinadas. La gobernadora pudo dar el Grito de Independencia y conducir las fiestas patrias en el Estado de Morelos como si nada hubiera sucedido.
La presidenta, al posicionarse sobre el tema, dijo que fue un homicidio, aun cuando el crimen de Claudia está siendo investigado bajo protocolo de feminicidio y la Fiscalía estatal ha señalado que se aplican protocolos de violencia de género. La propia presidenta informó que el Gabinete de Seguridad federal y la Secretaría de Relaciones Exteriores colaborarían con las autoridades morelenses.
No se trata de exigir que desde Palacio Nacional se dicte una sentencia antes de que termine una investigación. Se trata de algo mucho más elemental… que el lenguaje del Estado no reduzca aquello que la ley obliga a mirar con perspectiva de género.
El grito de la presidenta fue impecable, mencionó a las heroínas que nos dieron patria y lo hizo por sus apellidos completos, no por los de casadas. Deseo que hubiera mencionado a las heroínas anónimas que murieron ayer y hoy, a las víctimas que con sus luchas han traído avances a México.
Porque una patria no se construye solamente con quienes murieron hace dos siglos.
También se construye con las mujeres que hoy mueren, las que mueven dolorosamente el aparato de justicia porque hacen visible lo que vivimos las mexicanas.
También con las estudiantes que atraviesan un país para estudiar.
También con las madres que buscan a sus hijas.
También con quienes ocupan una plaza pública para preguntar por qué estudiar, caminar, viajar o simplemente existir se ha convertido en una actividad de riesgo.
Deseo que Morelos hubiese decretado luto e imposibilidad moral para festejar una patria incapaz de cuidar a las jóvenes mujeres, independientemente de que sean nacionales o extranjeras.
No hablo de una obligación jurídica de suspender una ceremonia. Hablo de una obligación moral de preguntarse qué significa celebrar la independencia cuando una joven que llegó a México buscando conocimiento terminó asesinada a unas calles de una celebración pública. El contraste fue brutal.
Mientras cientos de estudiantes marchaban por Cuernavaca con fotografías de Claudia, flores, veladoras y carteles que decían “Estudiar no debería costarnos la vida”, el gobierno preparaba la Plaza de Armas para el Grito con jolgorio pleno. Las vallas que buscaban ordenar la ceremonia oficial fueron retiradas por las manifestantes y, después de la protesta, quedó instalado algo. De un lado, la liturgia de la nación; del otro, la liturgia del duelo. Un grito institucional y otro nacido del dolor.
Las fotografías de una mujer de 21 años colocadas entre flores, una silla vacía, una comunidad universitaria preguntándose por qué una compañera llegó para estudiar y terminó convertida en un nombre que se grita en las calles.
Entiendo la rabia y la condena internacional, pero quisiera decirles que eso vivido por Claudia es la duda que todas las mexicanas tenemos diariamente. ¿Podremos volver? ¿Hoy seremos las próximas? Y aun si lo fuéramos, el cielo se iluminaría con fuegos artificiales, las gobernantes gritarían consignas… el alcohol, la comida y el nacionalismo reemplazarían nuestras historias y nuestros nombres.
Al día siguiente, quizá alguien limpiaría las paredes. Se retirarían las flores. Se apagarían las veladoras. Volverían las clases. Nosotras volveríamos a caminar con miedo, anónimas. Por eso necesitamos comunidad, una internacional, que nos reivindique y que nos nombre, pues dolorosamente, hoy Claudia somos todas. Ningún Grito de Independencia puede hacer que eso parezca normal.



