No es el país, tampoco la república, pero quienes hoy detentan el poder piensan que México les pertenece, que la república es suya. Si por ellos fuera no habría espacio para quienes no suscriben su filiación política, mucho menos para los que disienten; no les tiembla la mano para judicializar a sus adversarios y, hasta enviarlos al reclusorio, por ahora, práctica selectiva, pero suficiente y claro el mensaje para intimidar.

Cada persona es la suma de muchas cosas, algunas contradictorias, otras, sencillamente diferentes. Los individuos somos complicados y no es necesaria la intervención profesional para entender que la racionalidad es precaria y que el inconsciente (depósito de pulsiones, memorias, fijaciones y sentimientos) domina, determina y prevalece sobre el consciente. En fin, somos complejos y en ciertos casos contradictorios; el que esté libre de ese pecado que lance la primera piedra.

El asalto del obradorismo al poder requirió del voto en medio del descontento mayoritario; fue necesario despertar pasiones de la sociedad a través de la polarización. La insatisfacción es el signo de nuestros tiempos, encendida por el abuso, la exclusión y el rencor social. Los prudentes, los mesurados no sólo están en extinción, sino objeto de rechazo. La sinrazón gobierna a las personas, a los colectivos y se torna problema mayor cuando se vuelve causa del poder. Ha sido el voto mayoritario el sustento de los peores gobiernos y así sucede en muchas partes. Eso de que el pueblo nunca se equivoca es palabrería común en dictadores.

Para ganar elecciones no es necesario que medien programas sociales. Trump no se anda con vacilaciones, promete cheques de 5 mil dólares a la población si los suyos prevalecen en la elección legislativa venidera. No entiende o comprende que la contraprestación monetaria prometida no resuelve ni compensa el daño que los electores han padecido y persistiría si ceden ante el tramposo obsequioso.

Hablando de programas sociales y de la recuperación de los salarios mínimos, el favor del beneficio no importa tanto para un resultado electoral, sino la pasión del rencor y descontento; el votante racional siempre fue fantasía, más en la actualidad. Sin embargo, llega el tiempo que el engañado o el ingenuo hagan cuentas sobre lo que significaría seguir por el mismo camino. Quienes usufructuaron el encono ahora son parte del orden de cosas y hacia ellos también se dirige el descontento.

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La contradicción más vergonzosa de quienes detentan el poder es la condición de aristochairos. Falso que nuestros aristócratas o los hombres con cuantioso patrimonio se den la vida de los nuevos políticos; una buena parte de ellos lleva vida austera si se considera el valor de su riqueza. Carlos Slim o cualquiera de sus hijos ni por asomo llevan el desenfreno del diputado Pedro Haces. El problema que encara la clase política es que se autoimpuso la austeridad franciscana. La presidenta actúa en consecuencia y es auténtica, pero no así los demás a quienes la impostura de moderación los traiciona, viven en la contradicción que resulta de la prédica moral y la conducta. La república de los aristochairos cuyo exceso resulta inversamente proporcional a lo prometido. La riqueza fácil lleva a la ostentación y en estos tiempos todo se sabe porque hay un incontenible exhibicionismo en los espacios digitales.

Vivir bien es aspiración legítima, pero en un país con desigualdad extrema los políticos demagogos se encargan de volverla condena a manera de polarizar e imponerse. López Obrador recreó el rencor social y su visión igualitaria fue hacer a todos menesterosos porque para él la pobreza era virtud. Su política social tan aplaudida, incluso por adversarios, está diseñada para reproducir y mantener la pobreza, no para superarla; la mejor prueba: su rechazo al mérito y a la calidad educativa; su oferta es la mediocridad y en ello ha tenido éxito según muestra la prueba PISA.

La condición de aristochairo aplica a la élite política de la 4T. No es tanto una contradicción individual como un problema de origen de un proyecto que lo que promete -la probidad- es imposible por la adicción al dinero, a tal extremo que le llevó no sólo a la venalidad o corrupción convencional, sino a la asociación con la delincuencia organizada. Las grandes sumas de dinero ilícito relacionado con el contrabando de combustible, no es accidente o desviación, es afirmación del proyecto; también la impunidad, condición de existencia del régimen político.