No es poca cosa lo que ocurrió la noche del 15 de septiembre de 2026. Me refiero a la imponente solemnidad del segundo Grito de Independencia de la presidenta Claudia Sheinbaum.
Para destacar la relevancia del hecho, contrastaré el Grito de la presidenta con las kermeses de nuevo rico que organizaban los mandatarios anteriores, particularmente Felipe Calderón.
La noche del 15 de septiembre de 2026 vimos a la presidenta Sheinbaum y a su esposo, Jesús Tarriba, a solas frente a la majestuosidad de Palacio Nacional, sede del poder ejecutivo, y de los símbolos patrios. Los acompañaba únicamente una extraordinaria escolta femenina. Nadie más ocupaba los balcones de Palacio. O no durante la ceremonia. La TV no los mostró.
No se vieron invitados ni parentela. Tampoco apareció la habitual invasión de funcionarios, diplomáticos, empresarios y gorrones de ocasión. Así fue, sobrio y republicano, el Grito de Sheinbaum.
Véase esta fotografía de Felipe Calderón caminando junto a su esposa, Margarita Zavala, en una ceremonia del Grito.

La pareja se ve rodeada por decenas, si no cientos, de personas dentro del recinto histórico. Estaban ahí para disfrutar, antes y después de la ceremonia, la pachanga. La costumbre en cada noche del Grito era comer, beber, festejar, parrandear.
En la imagen, Calderón y Zavala avanzan entre el tumulto mientras la gente toma fotografías, ondea banderitas, saluda y grita; algunos, quizás, más gritones de lo normal, al calor de los tequilas que se servían desde la llegada a Palacio.
Aquello era una francachela completa en la que todo el mundo buscaba acercarse al poder. Era el festejo de nuevo rico de alguien que no le daba a la patria la importancia debida porque jamás ganó la elección presidencial: se la robó. Para él, la nación no era algo sagrado que debía respetarse con absoluta devoción, sino un botín de piratería.
Las fiestas patrias durante la era del PRIAN se convertían en celebraciones de la élite política, económica y social. La pareja presidencial aparecía acompañada de toda su estirpe —sobran fotos del balcón de Enrique Peña Nieto y Angélica Rivera abarrotado por su numerosa prole— y rodeada de admiradores que celebraban la ocasión, mientras el resto de los balcones lucía igual de atestado.
Nada de eso ocurrió en 2026. Solo la presidenta de México, su esposo —el doctor en física Jesús María Tarriba—, la escolta femenina y la solemnidad impecable de la República.
Gracias, presidenta, por devolverle al Grito algo que nunca debió perder: la majestad, la sobriedad y el respeto absoluto por los símbolos de la patria.


