Lo peor no es todo este barullo, toda esta campaña, toda esta amenaza, toda esta posibilidad de intervención desde EEUU en México que la comentocracia mexicana asegura que ya viene.

Lo más lamentable no es siquiera que, como dicen algunos columnistas que abrevan de fuentes vinculadas con las agencias de inteligencia y seguridad de Estados Unidos, el gobierno del vecino del norte esté a punto de “poner orden” en nuestro país, actuando no solo contra las mafias del narcotráfico, sino también contra quienes considera sus cómplices en la política. Olvidan, por cierto, al principal cómplice político del narcotráfico, Genaro García Luna, así como a Felipe Calderón, cuyo gobierno encabezó la política de seguridad en la que García Luna tuvo un papel central, sin que el esposo de Margarita Zavala lo molestara ni con el pétalo de una rosa.

Hay, es verdad, solicitudes de aprehensión con propósitos de extradición contra políticos en funciones en Sinaloa. Dos de ellos ya estarían colaborando con las fiscalías estadounidenses. Ya sabremos qué información tienen cuya veracidad puedan demostrar.

Pero eso tampoco es lo peor.

Lo peor es el gusto, la felicidad, la alegría con la que en algunos medios de comunicación mexicanos se transmiten tales noticias. Hay fiesta porque suponen que de esa manera desaparecerá la 4T, tan odiada por buena parte de la prensa mexicana.

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Deprime la felicidad con la que algunos mexicanos celebran que Estados Unidos intervenga de una manera tan vulgar y prepotente en los asuntos de México.

Es una tristeza ver a nuestra prensa con tan desarrollada vocación de traición. Esa es la verdadera tragedia. Para entender la locura de la comentocracia hay teoría y ejemplos históricos a los que se puede recurrir.

Frantz Fanon, quien en Los condenados de la tierra, criticó a la burguesía de los países colonizados por su tendencia a reproducir, después de la independencia, los valores de la antigua potencia colonial.

Me dirán que México dejó de ser una colonia hace más de 200 años y que la Independencia es solamente una fiesta patria. Pues sí y no.

Sí, porque dejamos el dominio español con la lucha independentista. Pero también es cierto que, después de la Independencia, México ha vivido distintas formas de dependencia, y que a partir de 1982 entramos en una nueva etapa, de cultura económica, de brutal subordinación a Estados Unidos.

Ese año, con la llegada al gobierno de una generación de tecnócratas formados en universidades como Harvard, el MIT o Chicago —los primeros estadounidenses nacidos en México, Carlos Monsiváis dixit, economistas que hablaban español pero parecían pensar en inglés, el presidente Miguel de la Madrid inició un giro radical respecto del modelo económico nacionalista previo; modelo que por su mala aplicación, es cierto, había producido graves desequilibrios y crisis económicas.

El viraje fue profundizado por el siguiente presidente, Carlos Salinas de Gortari, y continuado, con sus propias características, por Zedillo, Fox, Calderón y Peña Nieto. El resultado fue la construcción de una de las economías más abiertas y orientadas al mercado de América Latina, no solo profundamente integrada a la economía estadounidense, sino también, a mi juicio, excesivamente dependiente de las ideas y teorías económicas de las universidades del vecino del norte.

En lugar de construir un proyecto nacional propio, esa élite seguía mirando hacia la metrópoli (la combinación de centros financieros como Nueva York y académicos como Boston y Chicago, además de la sede del poder político global, Washington), identificando con la cultura económica del vecino del norte, la modernidad y hasta la civilización, y reproduciendo así una forma de alienación absolutamente emparentada con el colonialismo.

La nueva independencia fue la 4T, que el expresidente AMLO y la presidenta Claudia Sheinbaum han sostenido es la continuación de tres movimientos liberadores anteriores, la Independencia, la Reforma y la Revolución mexicana.

Durante el periodo neoliberal se revirtieron muchas de las conquistas asociadas a la Revolución, entre ellas los derechos sociales y laborales, así como los logros posteriores del nacionalismo económico —las nacionalizaciones petrolera y eléctrica y una legislación orientada a proteger a la clase trabajadora—.

La nueva orientación económica, iniciada con De la Madrid y consolidada por Salinas de Gortari, estuvo marcada por la privatización, la liberalización económica y una apertura excesiva hacia el exterior. Al mismo tiempo se consolidó en México, con dogmatismo, una fuerte influencia de las ideas económicas dominantes en Estados Unidos.

La 4T rompió con esa hegemonía de una cultura económica favorable al mercado que durante décadas se presentó como la única vía. Un modelo que produjo ganadores —algunas familias que llegaron a estar entre las más ricas del mundo—, pero que, al mismo tiempo, estuvo acompañado por crisis, desigualdad y aumento de la pobreza.

Ahí es donde entran las tesis de Frantz Fanon sobre la burguesía nacional de los países colonizados que alcanzaron la independencia. Fanon advirtió sobre la tendencia de esas élites a reproducir, después de la ruptura formal con la dominación colonial, los valores de la antigua potencia. Yo extendería esa idea al caso mexicano: también puede haber una élite intelectual, económica y mediática que, aun viviendo en un país formalmente soberano, termina mirando hacia la potencia dominante (EEUU) y adoptando como propios sus valores, sus prioridades y hasta sus categorías para interpretar la realidad nacional e intentar modificarla con ayuda externa.

El regreso al pasado neoliberal, ampliamente derrotado en las urnas, es lo que parece desear buena parte de la comentocracia, que hace fiesta cada vez que Estados Unidos anuncia una nueva embestida contra México.

En otras grandes transformaciones históricas han ocurrido fenómenos similares, desde luego salvando todas las distancias. Durante la Revolución francesa, por ejemplo, la aristocracia y los sectores contrarrevolucionarios abandonaron Francia. Los llamados émigrés buscaron apoyo en las monarquías europeas, sobre todo la austriaca, para derrotar a la Revolución y restaurar el viejo orden.

En México ya tuvimos a nuestro austriaco: Maximiliano. Ahora, se busca el dominio de la aristocracia del dinero que es la que manda en EEUU.

¿Hay un antídoto?

Lo hay, sin duda, y lo está aplicando la presidenta Claudia Sheinbaum con su defensa de la soberanía. Ella cuenta con un secretario de Relaciones Exteriores como Roberto Velasco, joven, preparado y, hasta donde puedo ver, sin las ataduras intelectuales que caracterizaron a buena parte de la tecnocracia mexicana; con un secretario de Hacienda como Édgar Amador, que sin someterse a los dogmatismos de la ortodoxia económica del pasado neoliberal ha mantenido la estabilidad macroeconómica; y con un secretario de Economía experimentado como Marcelo Ebrard, que negocia en medio de la tormenta el tratado comercial con EEUU.

Además de lo anterior, la 4T y Sheinbaum encabezan un movimiento político y social de millones de personas que puede emprender aquello derivado de Antonio Gramsci, la lucha contrahegemónica: la construcción de una visión alternativa para disputar la hegemonía mediática existente.

A una ideología se le combate con otra ideología; a una hegemonía, con una contrahegemonía. Y eso requiere pelear en el terreno de los medios de comunicación. La sociedad civil tiene que participar en esa batalla cultural y política, y en el caso mexicano, lo está haciendo desde los medios alternativos —a algunos los hemos conocido en las mañaneras—.

Es un acierto que la presidenta dé frecuentemente la palabra a los nuevos comunicadores. Académicos y artistas de izquierda los hay, y son brillantes, pero durante mucho tiempo hicieron falta medios de comunicación diferentes —solo se tenía a La Jornada— para combatir en el espacio ocupado por el oligopolio conservador o abiertamente anti-4T de la prensa, la radio y la televisión.

La 4T hace lo que puede con lo que tiene y, apoyada en los medios no tradicionales, lo hace bien. Por eso, la injerencia de EEUU no se dará.