En México, cuando un capo cae, la historia suele narrarse como una escena de acción: helicópteros, convoyes y mapas; sin embargo, la historia empieza a gestarse en lo íntimo. Allí donde el líder criminal busca normalidad —familia, celebraciones, reconocimiento— aparecen eventos cotidianos que la inteligencia explota.

La historia, antes de ser una estrategia planificada, comienza en otro lugar. No en mesas de juntas o en la sierra, sino en una sala familiar, un cuarto de un hotel en una zona turística, una discreta cabaña, un encuentro sentimental. El poder criminal que presume de blindaje absoluto, se ve vulnerado por la condición humana.

El vínculo familiar no es el campo de batalla

Así lo cuenta la historia de Joaquín Guzmán Loera y Ovidio Guzmán López: no los derrotó un ejército, sino el rastro de sus vínculos.

En 2014 el Chapo fue detenido en Mazatlán en un espacio doméstico, acompañado por Emma Coronel Aispuro y sus hijas. Dos años después, prófugo tras su fuga del Altiplano, lo traicionó el ego y en su afán de alimentar su propia leyenda hizo contacto con Kate del Castillo y Sean Penn, su intención de contar su historia abrió una ruta de comunicaciones rastreables que facilitó su recaptura.

Su hijo, Ovidio Guzmán López fue ubicado en 2019 mientras visitaba la casa de sus suegros, donde se encontraba su esposa y sus hijos en Culiacán. La operación de captura derivó en el llamado Culiacanazo y evidenció dos cosas: que el círculo íntimo facilita la localización de los capos, y que el Estado puede enfrentar costos altísimos al cerrar el cerco. En 2023 fue recapturado y extraditado.

El golpe espectacular

De acuerdo con información oficial, la muerte alcanzó a Nemesio Oseguera Cervantes luego de que el seguimiento a una de sus parejas sentimentales permitió confirmar su ubicación con un esquema de seguridad reducido. Nuevamente se trató de un descuido afectivo.

Sin embargo, ese valioso hallazgo táctico convive con un fracaso estructural: en el caso del Cártel Jalisco Nueva Generación, la muerte de Nemesio Oseguera Cervantes no desmantela al CJNG. Las organizaciones criminales han alcanzado un grado tal de sofisticación en sus estructuras que mutan, donde se prevé que los territorios se disputen y la violencia se reconfigure.

La vulnerabilidad no toca solamente al capo. La comparten estados y municipios capturados por economías ilícitas, donde conviven en complicidad con autoridades locales, federales y redes políticas que les garantizan protección e impunidad.

Trump: ya tiene lo que quiere

Aunque el debate continúa atrapado en la pregunta de si se investigará a los “narcopolíticos”, esa discusión pierde importancia frente a otro hecho, cuando se habla de la relación bilateral y vemos que Estados Unidos ya obtuvo lo que buscaba —cooperación en seguridad, control de la migración, imposiciones comerciales y operación en territorio mexicano— sin que ello se traduzca realmente en el desmantelamiento de las estructuras criminales en México.

Para Washington, los resultados se miden en cifras de flujos contenidos y objetivos que se neutralizan; para México, el costo se eleva: una soberanía cada vez más condicionada.

En ese contexto, la etiqueta impuesta por el gobierno estadounidense de “organizaciones terroristas” resulta secundaria. Más allá del nombre, la capacidad de intervención y presión externa que buscaban, ya existe. El problema de fondo se vuelve institucional: un Estado que no logra romper sus propias redes de corrupción y dependencia difícilmente podrá impedir que ocurra el relevo automático del poder en la organización criminal.

Efecto mediático

Si bien México celebra las capturas como victorias históricas, lo cierto es que el sistema que produce capos permanece intacto.

La caída de “El Mencho” marca un punto de inflexión, sí, pero no garantiza un cambio de fondo. La duda de si el Estado puede fortalecer sus instituciones antes de que el crimen vuelva a reorganizarse, persiste.

La respuesta dependerá de la capacidad de construir legalidad, transparencia y rendición de cuentas sostenidas y, sobre todo, de que el marco normativo sea democrático. Con la elección de 2027 en puerta, no puede pasarse por alto que el relevo de las mafias del narcotráfico pasa por las redes infiltradas en el gobierno.

La verdadera pregunta no es quién cae, sino cómo es que las estructuras siguen en pie y quién las controla. Sin desmantelamiento financiero, sanciones políticas y recuperación del control del territorio por parte de las autoridades, cada operativo exitoso será una escena espectacular en un país donde los generadores de la violencia se renuevan más rápido que las estrategias para solucionarlo.

X: @diaz_manuel