Quiero empezar esta columna con el que fue uno de mis deseos de año nuevo: que la gente sea más educada al viajar en avión. Y me explico, desearía que la gente que utiliza el transporte aéreo observara las normas de convivencia y cuidara de ellas.

Lo traigo a cuento por un incidente que no puedo dejar pasar, y servirá de ejemplo o punto de partida para una disertación necesaria. Hace un par de días se viralizó la noticia de que una cantante del llamado “género urbano” -reaggeton- había sido “discriminada” en un vuelo en Europa, y la artista resultó ser la cantante, compositora y productora musical mexicana, Hilda Katherinne Huerta Díaz, más conocida por su nombre artístico “Bellakath”.

Los hechos sucedieron en una aeronave de Transavia, línea de bajo costo del grupo Air France-KLM, durante un vuelo de Finlandia a Francia. La reguetonera dio su versión de los hechos en un video de TikTok, expresando: “Escucho cómo una pendeja está hablando francés; pensé que se estaba comunicando con su amiga, pero cada vez la escuchaba hablar más fuerte. De pronto así hace (la toca); me emperra que me toquen, y me dice en inglés que si podía ponerme audífonos”.

El contexto es que la señorita Bellakath estaba viendo videos en su teléfono celular, pero sin usar audífonos. Cualquier persona interesada, tardará 45 segundos en saber que Huerta Díaz combinó su vida artística con su formación académica, y que hace poco más de cuatro años obtuvo su título como licenciada en Derecho, especializada después en Criminología, Criminalística y Técnicas Periciales.

Dada su formación, uno pensaría que ella sabe perfectamente que la ley no se redacta de manera casuística, es decir, que ella sabe que las disposiciones legales no se enfocan en las circunstancias específicas de cada caso particular. Así pues, no existe -ni existirá- una ley que determine que las mexicanas reguetoneras que vuelen de Finlandia a Francia durante el mes de enero de 2026, y quieran ver videos en celular, no deberían de usar audífonos.

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La inteligencia y el sentido común se abren paso con pocos artificios, dijo un poeta alemán. Una de las reglas de cortesía y educación al viajar en avión, es utilizar audífonos, por eso las compañías aéreas invierten en la adquisición de estos dispositivos electrónicos, con la finalidad de no incomodar al resto de pasajeros, hasta en los autobuses los regalan.

En todas las clases que tienen las líneas aéreas, desde la turista, pasando por la ejecutiva y la primera, en vuelos de mediano y largo alcance, proporcionan audífonos para la utilización del sistema de entretenimiento. Ahora que si no quieres usarlo, y tu dispositivo solo permite conexión inalámbrica, viajas con tus propios audífonos.

Y cualquiera que haya viajado en los últimos diez años, sabe perfectamente que tanto en el modelo de aviación tradicional como en el de bajo costo, se permite la utilización de tus dispositivos electrónicos para tu entretenimiento personal: audífonos, teléfonos móviles, tabletas y computadoras personales portátiles.

Si no les molesta el lenguaje pobre y soez de esta cantante de género urbano, entonces vayan a ver sus videos en TikTok, para escuchar su narración, pero si no, les sugiero que lo eviten. El punto es que ella decidió no usar audífonos, y eventualmente algunas pasajeras se quejaron del ruido. Entonces una sobrecargo o tripulante de cabina (nombre correcto de la profesión), acorde a sus obligaciones de mantener el espacio de respeto dentro de la cabina de pasajeros, le pidió que usara audífonos.

Antes de dirimir si eso es per se un “acto racista”, déjenme contarles que cuando yo volaba como sobrecargo en la antigua Mexicana de Aviación, nunca dudé en pedirle al pasajero que para escuchar música se colocara los audífonos, o incluso pedirle a los pasajeros que moderaran el volumen de su voz en sus conversaciones, básicamente cuando era necesario acallar las risotadas en pleno vuelo.

Al sobrecargo no puede temblarle la mano para cumplir con su deber, que entre otras cosas consiste en mantener un ambiente tranquilo a bordo de la aeronave; y no es invasivo, solamente es frecuente que el pasajero pierda de vista que no viaja solo, sino que va con más personas que merecen respeto en todo momento.

Puedo entender (más no compartir) que Bellakath, en su infinito desconocimiento, creyó que había sido maltratada por el personal de cabina, pero eso es falso y lo quiero dejar muy en claro. Ignoro si la artista en cuestión está acostumbrada a viajar en aviones privados; desconozco si su trabajo como productora musical le ha permitido recorrer el mundo en aeronaves donde viaja ella sola, pero lamentablemente tuvo que trasladarse a París en una línea de bajo costo.

Lo que sí les puedo asegurar es que sin importar el modelo de negocio, o el tipo de aviación del que se trate, el papel de los sobrecargos es básicamente el mismo: ser personal de seguridad a bordo, calificado y entrenado para garantizar el bienestar del pasajero. No llegas a un consultorio médico y lo primero que haces ante el galeno es descalificarlo e insultarlo diciéndole matasanos. ¿Bellakath preferirá que en lugar de abogada le digan leguleya picapleitos?.

Nada nos cuesta llamarlos con el nombre correcto de su profesión. Entonces no las llamemos ni azafatas, ni aeromozas; son sobrecargos, tripulantes de cabina, o auxiliares de vuelo, y que quede claro, legalmente son autoridad a bordo (solo por debajo del capitán de la aeronave), y son responsables de la cabina de pasajeros.

Esto quiere decir que la legislación internacional les confiere toda autoridad, y los faculta para dar instrucciones a los pasajeros, quienes deben acatarlas, porque son condiciones que, aunque no lo crean, aceptaron al momento de adquirir su boleto de avión, pues signaron un contrato de adhesión, concepto que seguramente entiende a la perfección la abogada Bellakath.

O tal vez no, porque dentro de la prosa y lírica de la cantante, que evoca el incidente, destaca: “Neta, pésima aeromoza, terror de persona; me dice bien feo: Sí, bájale. Las perras estas (las otras pasajeras) comienzan a reírse de que la otra pendeja me había dicho… Investigué qué pasaba si golpeaba a alguien en el avión, pero pensé: mi viaje parisino no me lo van a arruinar, ¡a la verga!, yo vine por un motivo, y es tomarme fotos en París”.

Sin embargo, según su propia narración, envalentonada reclamó a la sobrecargo: “Me dijo que no era lo mismo el volumen del celular a que ellas estuvieran platicando. Güey, si quieres tranquilidad, tienes que callar a todos, pinche estúpida, naca, que Transavia te corra por perra, estúpida y discriminatoria. Que encuentres mi perfil y sepas que soy la Bellakath”.

Empática y sorora, sin duda; pero tengo que decirle que Transavia no va a correr a la sobrecargo por hacer su trabajo. Me queda claro que efectivamente aplicó las técnicas de investigación jurídica aprendidas, y se dio cuenta que golpear a un miembro de la tripulación la haría acreedora a una multa, y dependiendo de la gravedad del hecho, incluso podría pasar unos días en la cárcel y sería boletinada de por vida en dicha aerolínea, por convertirse en un pasajero disruptivo.

La noticia se volvió viral en nuestro país. Eso pasa con una artista que tiene 10 millones de seguidores en sus redes sociales; un número que junto con la fama y monetización trae aparejada una cierta responsabilidad. Y es este uno de esos tantos casos que crean ámpula con facilidad, pero que se abordan superficialmente, y que poco abonan a comprenderlo, poniendo la percepción de una persona famosa por encima de las normas mínimas de educación y civismo.

Y ya que los hechos sucedieron en el viejo continente, déjenme relacionarlo con algo que sucede en aquellos lares. Desde el 2 de enero el Aeropuerto Internacional de Schipol (Países Bajos) ha sufrido una embestida climática, tanto que se ha visto obligada la aerolínea KLM a cancelar vuelos:

• 2 de enero, 28% de los vuelos cancelados

• 3 de enero, 43% de los vuelos cancelados

• 4 de enero, 57% de los vuelos cancelados

• 5 de enero, 71% de los vuelos cancelados

• 6 de enero, 64% de los vuelos cancelados

• 7 de enero, 92% de los vuelos cancelados

Todo causado por una tormenta invernal con graves afectaciones a la operación en el aeropuerto holandés. Por supuesto, los pasajeros se han quejado de los inconvenientes, pero ninguno ha protagonizado actos de violencia, ni han salido políticos oportunistas a querer legislar, como sí sucedió en nuestro país a finales del año pasado, por el caos vivido en Tijuana con Volaris.

Aquí en México los políticos -de todos los colores y sabores-, buscan reflectores, y no dudan en montarse en un tema que es tendencia para asegurar que van a “legislar” para evitar que los fenómenos meteorológicos afecten a la aviación. Yo expliqué el año pasado, sucede en todo el mundo, y es inevitable. Donde sí que deberían de voltear y poner sus miradas es en que actualmente las tripulaciones de cabina mexicanas trabajan bajo una ley arcaica, que se reformó por última vez en 1970.

Aunque ustedes no lo crean, se sigue volando con las mismas reglas de hace 56 años, como si en medio siglo la aviación no hubiese cambiado. Un botón de muestra: en el Capítulo IV del Título Sexto (Artículos 215 al 245 Bis) de la Ley Federal del Trabajo, aplicables a las Tripulaciones Aeronáuticas, las mujeres piloto no existen.

Así que en lugar de andar inventando el agua tibia (y ese es otro de mis deseos de año nuevo), invito a todos los legisladores -diputados y senadores- a aplicarse en una reforma acorde a la actualidad que vive la industria aérea nacional. Eso sí es urgente, y no tratar de regular el clima, o las sobreventas. No legislen solo sobre temas que de manera incompleta y chabacana (léase, “irresponsable”) suben a la palestra los llamados influencers.

Tengo un consejo para este 2026: ¿quieres que tus viajes por avión sean placenteros?. Lee de cabo a rabo tu boleto de avión, entérate a qué tienes derecho y a qué no; eso les hará la vida mucho más sencilla, y sus viajes serán mucho más cómodos, placenteros y, sobre todo, respetuosos.