México ganó de manera discutible a Panamá. Esto en el futbol, no así en el desencuentro diplomático por la muy desafortunada decisión de proponer al historiador Pedro Salmerón como representante diplomático en tal país. La controversia que acompaña a Salmerón por reiteradas denuncias de abuso sexual sería suficiente para que la vergüenza que debe acompañarle no se traslade al país y a su diplomacia. La presunción de inocencia va a contrapelo de las no pocas víctimas que le han señalado por acoso sexual. Se trata de escoger, como sucedió con Félix Salgado Macedonio. El presidente opta por el presunto violador y el señalado abusador. A las víctimas se les invita a que busquen justicia en el país de la impunidad.

La imprudencia presidencial ha llevado a que la diplomacia mexicana viva uno de sus peores momentos. El desencuentro con Panamá es vergonzoso. Ningún jefe de Estado puede insultar o agredir a una canciller que tuvo el cuidado de la discreción para declinar la propuesta de México de hacer embajador a una persona impresentable. El presidente ha escalado el tema y ha merecido una respuesta del expresidente Balladares, quien califica de infantil la actitud del jefe de estado mexicano, se equivoca, es peor que eso.

El expresidente panameño también se equivoca al decir que México necesita más de Panamá que este país de México, al menos que se refiera a la permisividad de ese país sobre el blanqueo de capitales y a los depósitos de mexicanos que eluden sus responsabilidades fiscales o que así lo hacen por el origen ilícito de sus capitales.

El presidente López Obrador padece una confusión conceptual de quienes no entienden las premisas básicas de la democracia: la distinción entre proyecto político, gobierno, Estado y Nación. Para él todo es lo mismo. Por eso la representación diplomática -tema de Estado- lo vuelve cuestión de partido y más bien un tema personal. Asume que la representación diplomática es de él y en el mejor de los casos de su proyecto, no son representantes del país.

Esta confusión significa que el proyecto político sea él, ni siquiera el movimiento o partido político que lo acompaña. El gobierno es él. El régimen es él. El Estado es él. El interés del país es el de él. Esto explica que para él no haya posibilidad alguna para la diferencia, menos para la crítica o la oposición. Bajo estas premisas estar en contra de él, es estar en contra del país, de México.

No sólo eso. La mentalidad totalitaria que acompaña a esta confusión conceptual niega la diferencia e impide los contrapesos institucionales. Las decisiones judiciales contrarias a él serán percibidas como una embestida de los enemigos contra el interés nacional. La tarea del Poder Legislativo es acompañarle incondicionalmente, sin el cambio de una coma a sus proyectos, porque su responsabilidad es la de la obediencia y el sometimiento como expresión de lealtad a México. Bajo esta perspectiva, se entiende el rechazo a cualquier expresión institucional de autonomía. Lo que no se le someta va contra el interés nacional.

El origen del proyecto totalitario remite al PNR y al proyecto callista de partido, inspirado en el fascismo italiano de la segunda década del siglo pasado. El partido representa a la Nación, por lo que nada ni nadie puede estar legítimamente en contra. Esta tesis es la que habrá de acompañar al autoritarismo mexicano por varias décadas y es el argumento subyacente del partido hegemónico. Invocar al fraude patriótico por Manuel Bartlett, secretario de gobernación ante la competencia democrática en Chihuahua, no fue un exabrupto sino el efecto necesario de esta idea totalitaria del ejercicio del poder que remonta a la idea de un proyecto político único como expresión de la Nación.

Por su parte, Marcelo Ebrard defiende la política exterior del actual gobierno. Es su responsabilidad y más, su interés ante su pretensión de ganar el favor presidencial en estos momentos cruciales de la sucesión adelantada. El tema de Panamá lo rebasó por la soberbia presidencial y su descuido elemental de las formas y reglas de la diplomacia. Lo peor es que el penoso golpe no fue al presidente, sino al país y a la honrosa tradición diplomática mexicana.

Federico Berrueto en Twitter: @Berrueto