“La experiencia es una cosa admirable: nos permite reconocer un error cada vez que lo volvemos a cometer”.
François de La Rochefoucauld
Mientras Cuba vive otro apagón eléctrico —uno más en una secuencia que ya dejó de ser noticia y pasó a ser costumbre— el régimen acaba de ejecutar un giro que, en términos de teoría política, equivale a una rectificación estructural: abrir su economía al capital privado, permitir inversión en sectores estratégicos e invitar a los exiliados a participar como actores económicos dentro del país.
La ironía es difícil de superar. El mismo exilio que durante décadas fue construido como enemigo de la revolución reaparece ahora como salvador financiero. Los “gusanos” regresan, pero ya no con consignas, sino con capital. Después de sesenta años de épica revolucionaria, la isla parece haber descubierto una verdad incómoda: sin libertad, no hay inversión y sin inversión no hay economía que resista.
Dicho sin rodeos: Cuba acaba de descubrir el capitalismo. Y lo ha hecho con seis décadas de retraso… y sin admitirlo en voz alta.
Durante años, el relato fue impecable. La pobreza cubana era atribuida al embargo estadounidense; el sistema político, a su resistencia moral; y la revolución, a una épica histórica que justificaba todo lo demás. Lástima que la realidad no negocie.
Cuando un régimen que durante décadas denunció al capital extranjero decide permitir que los exiliados inviertan en empresas, bancos e infraestructura, no está evolucionando: está admitiendo que su modelo económico no funcionó.
Eso es Cuba.
Pero el verdadero caso de estudio clínico es México.
Porque mientras La Habana se mueve —forzada por la crisis— el obradorismo sigue operando con un marco discursivo congelado en otra época. Que quede registro para que luego los cuatroteros no nos quieran marear: Andrés Manuel López Obrador no solo defendió la soberanía cubana; defendió su modelo. “No apuesto ni apostaré al fracaso de la revolución”, dijo. Pues la revolución esa parece haber tomado otra decisión…
El entusiasmo fue compartido por muchos y durante muchos años. ¿Qué tal Paco Ignacio Taibo II? Elevó la revolución a símbolo cultural. O Yeidckol Polevnsky. Ella la convirtió en ejemplo de dignidad política. O Gerardo Fernández Noroña, quien redujo su crisis a una sola causa: el embargo. Un marco explicativo sólido… hasta que dejó de explicar.
Lo que estamos viendo es un fenómeno conocido: cuando el objeto defendido cambia, la defensa queda expuesta.
Por eso ahora será necesario con urgencia el espectáculo. Y si algo ha perfeccionado el obradorismo es la capacidad de ajustar la narrativa sin tocar la ideología.
No cambia el marco; cambia la explicación. En términos menos elegantes: hace maromas.
Entonces vendrán, previsiblemente, varias. Se dirá que esto no es capitalismo, sino una fase superior del socialismo; que el exilio no regresa como empresario, sino como actor revolucionario; que el mercado no contradice la revolución, sino que la fortalece. Incluso podría sostenerse —con suficiente convicción— que el capital puede ser una herramienta emancipadora.
Nada nuevo. Deng Xiaoping resolvió ese dilema hace décadas: no importa el color del gato, sino que cace ratones.
Cuba, al parecer, acaba de descubrir al gato. Sus defensores siguen discutiendo el color. ¡Hahaha!
Para sostener estas piruetas hará falta la elasticidad de Ilia Malinin y su célebre back-flip. Porque lo que viene es gimnasia política de altísima dificultad.
El problema es que hay saltos que la 4T simplemente no podrá aterrizar. Así, tenemos que durante décadas se explicó la pobreza cubana como resultado de factores externos. Hoy el propio régimen reconoce, con hechos, que necesita mercado para sobrevivir. Y la realidad —a diferencia del discurso o de los ensayos del patinaje sobre hielo— no admite reinterpretaciones.
La “izquierda” mexicana, mejor conocida como la demagogia obradorista, ha quedado en evidencia. Mientras el fracasado modelo lleva a Cuba a moverse por necesidad, el discurso de la 4T permanece anclado en una épica que explica cada vez menos y justifica cada vez más.
La paradoja es brutal: la revolución cubana empieza a desmoronarse desde dentro… y sus defensores externos siguen actuando como si nada hubiera cambiado.
Así que conviene prepararse porque lo que viene no es un debate ideológico, sino una exhibición de acrobacia narrativa. Después de todo, la política no corrige el error: lo interpreta… dando un salto mortal hacia atrás.






