La política mexicana volvió a regalar una imagen que difícilmente puede defenderse. El altercado entre el diputado priista Carlos Gutiérrez Mancilla y el diputado morenista Arturo Ávila, ocurrido en el Senado de la República, exhibió algo más profundo que un intercambio de insultos: reflejó el deterioro del debate público y la incapacidad de muchos representantes para estar a la altura de la responsabilidad que les otorgó el voto ciudadano.

El Congreso de la Unión no es una arena de confrontación personal. Es el espacio donde deben discutirse ideas, contrastarse proyectos y construirse acuerdos. Cuando dos legisladores recurren a los insultos o están al borde de los golpes, el mensaje que recibe la sociedad es que la política dejó de privilegiar los argumentos para dar paso al espectáculo.

La democracia necesita una oposición firme, crítica y responsable, pero también un gobierno capaz de responder con resultados y no con descalificaciones. En ese sentido, Morena enfrenta un desgaste natural después de varios años en el poder. La inseguridad, el crecimiento económico desigual, las presiones en materia de salud, así como las diferencias internas entre distintos grupos del movimiento, han abierto espacios de cuestionamiento que el oficialismo no puede ignorar.

Sin embargo, el desgaste de quien gobierna no significa automáticamente el fortalecimiento de la oposición.

El PRI atraviesa quizá uno de los momentos más complejos de su historia reciente. Después de las derrotas electorales de los últimos años, su principal reto no consiste únicamente en señalar los errores de Morena, sino en convencer a una ciudadanía que todavía mantiene una percepción crítica sobre el pasado del partido. La credibilidad no se recupera con discursos encendidos ni con confrontaciones personales; se reconstruye con perfiles preparados, propuestas viables y cercanía con la gente.

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Muchos militantes priistas sostienen que el partido tiene capacidad para reinventarse. La historia demuestra que el PRI ha sabido sobrevivir a crisis profundas, pero esa experiencia, por sí sola, no garantiza un resurgimiento. La renovación exige abrir espacios a nuevos liderazgos, fortalecer la formación política y entender que el electorado actual es mucho más exigente e informado que hace dos décadas.

Por su parte, Morena tampoco puede asumir que su permanencia en el poder está asegurada. Las elecciones intermedias de 2027 serán una prueba importante para medir el respaldo ciudadano al proyecto de la llamada Cuarta Transformación. Además del desgaste propio del ejercicio de gobierno, el partido enfrenta el desafío de mantener la cohesión interna y conservar una alianza sólida con el Partido Verde y el Partido del Trabajo, cuyos acuerdos han sido determinantes en procesos electorales recientes.

Si esas alianzas se fracturan o si las diferencias internas continúan creciendo, Morena podría enfrentar un escenario mucho más competido del que vivió en elecciones anteriores. Pero también es cierto que la oposición deberá ofrecer una alternativa creíble; el descontento ciudadano, por sí mismo, no garantiza un cambio político.

El episodio entre Carlos Gutiérrez Mancilla y Arturo Ávila debería servir como una llamada de atención para toda la clase política. Los ciudadanos no eligieron representantes para ver quién insulta más fuerte o quién pierde primero el control. Los eligieron para legislar, fiscalizar y resolver problemas.

La política necesita recuperar la seriedad. México enfrenta desafíos demasiado importantes para desperdiciar el tiempo en confrontaciones estériles. El respeto institucional, la preparación y la capacidad de construir acuerdos deberían ser las principales herramientas de cualquier legislador.

Porque cuando los representantes olvidan que el debate debe ganarse con ideas y no con gritos, no pierde un partido político. Pierde la democracia.

X: @pipemx

Fb: Felipe J. Pérez