Los números del Módulo del Ciberacoso (MOCIBA) 2025 del INEGI son una advertencia que nadie debería ignorar: 19.4 millones de personas de 12 años y más en México sufrieron ciberacoso en un solo año. Pero detrás de esa cifra hay un dolor silencioso que rara vez se mide en estadísticas: el daño psicológico profundo, duradero y a veces irreversible que estas agresiones dejan en quienes las padecen.
Internet no es un mundo aparte: es una extensión de la vida, y lo que ahí ocurre se graba en la mente y en el corazón con tanta fuerza como cualquier golpe físico. Sin embargo, existe una indiferencia criminal: se sigue minimizando diciendo que “son solo palabras en una pantalla”, como si las heridas que no se ven en la piel dolieran menos o no existieran. El ciberacoso rompe la estabilidad emocional: genera ansiedad paralizante, miedo constante, aislamiento profundo, baja autoestima y depresión que puede llevar al límite de la desesperación. No es un juego: es tortura psicológica que se repite una y otra vez, disponible las 24 horas, sin que nadie detenga al agresor.
Las cifras revelan que el 28% de mujeres de 20 a 29 años fueron agredidas; entre adolescentes de 12 a 19 años, el 25.4%. 1 de cada 4 niñas y jóvenes ya carga con este peso. ¿Qué le pasa a una chica de 14 años cuando recibe insultos, amenazas o insinuaciones asquerosas en cada mensaje que abre? Se encierra, deja de confiar, pierde el sueño, siente que no tiene escapatoria. Para ellas, el celular o la computadora dejan de ser herramientas y se convierten en cadenas que llevan a todas partes.
Y sí, las mujeres son mucho más agredidas que los hombres.
El mismo estudio revela que más de una cuarta parte de las mujeres agredidas recibió propuestas o acoso sexual, muy por encima de los hombres. La violencia machista se traslada a la red y ahí se multiplica, aprovechando el anonimato para herir sin límites. El daño psicológico aquí tiene un matiz cruel: se ataca la dignidad, la intimidad y la identidad, dejando secuelas que tardan años en sanar, si es que alguna vez sanan del todo.
Lo más crítico es la impunidad y la indiferencia institucional. Se habla de prevenir, pero casi nada se hace para acompañar a las víctimas en su recuperación emocional. No hay presupuestos suficientes para atención psicológica gratuita, ni mecanismos ágiles para detener a quien agrede. Se exige a las víctimas que “aguanten” o “se desconecten”, como si fuera posible renunciar al mundo moderno, como si el daño se borrara al apagar la luz.
Esta realidad nos grita que ya basta de tratar el ciberacoso como un problema menor. Cada agresión digital es un atentado contra la salud mental y la libertad de una persona. Mientras sigamos viendo estas heridas como algo “de poca importancia”, seremos cómplices de que millones sigan sufriendo en silencio. La violencia que no se ve, también mata.



