LA POLÍTICA ES DE BRONCE
BTS (Chicos a Prueba de Balas), uno de los grupos de pop coreano más famosos del momento, viene a México a presentar tres conciertos en el Estadio GNP. En media hora hubo más de un millón 700 mil solicitudes de compra; solo se vendieron 176 mil boletos para los tres conciertos. Hay quejas y reclamos, denuncias ante la Procuraduría Federal del Consumidor en contra de la boletera Ticketmaster.
El tema escala y llega a la conferencia mañanera de la presidenta Claudia Sheinbaum, máxima tribuna de la nación. La presidenta informa que envió una carta al primer ministro de Corea para que interceda y BTS dé más conciertos en México. Ojalá le hagan caso a la presidenta y las autoridades pongan orden en los boletos, pero quizá el líder coreano recuerde que este año México decretó aranceles a las naciones con las cuales no tiene un tratado de libre comercio, los cuales estaban dirigidos a China, pero también incluyen a Corea del Sur. ¡Lástima, Margarito!
Este capítulo pintoresco coloca sobre la mesa un tema que caracteriza nuestros tiempos: los conciertos y espectáculos masivos como marcadores sociales, donde se expresa no solo una desigualdad económica, sino un claro ejemplo de exclusión social. En un mundo marcado por las redes sociales y las experiencias vivenciales momentáneas, los conciertos y eventos se han convertido en un elemento distintivo entre los individuos y los grupos sociales.
En México hablamos de espectáculos como la Fórmula Uno; los conciertos de intérpretes de fama mundial como Taylor Swift, Dua Lipa, Bad Bunny y ahora BTS; de eventos deportivos como el Abierto Mexicano de Tenis y, por supuesto, los 11 partidos del Mundial de futbol que se celebrará este año.
Todos estamos de acuerdo en que un evento espectacular de esta naturaleza solo se aprecia en su verdadera magnitud en vivo. Mientras toda la publicidad y los mensajes en redes sociales te invitan a verlos y resaltan lo magnífico que sería esta experiencia, el problema es que, al menos en México, este tipo de espectáculos han sido y siguen siendo inaccesibles para la inmensa mayoría de la sociedad, no solo por lo escaso de su realización ni por los altos precios de sus boletos, sino porque los accesos están estratificados, marcados por relaciones sociales y, en muchos casos, controlados por la corrupción.
Decisiones como la de Bad Bunny de cambiar la ubicación de la “casita” para que sus seguidores que compraron boletos de menor costo tuvieran una mejor vista de una parte de su concierto, o la de Dua Lipa de establecer un tope al precio de los boletos de sus presentaciones, solo hacen más evidente la tendencia general de esta rama de la industria del espectáculo.
El clímax de este tipo de marcadores sociales lo veremos en el verano, en la inauguración y, en los quizá 13 partidos mundialistas que se disputarán en territorio nacional (CDMX, Guadalajara y Monterrey). El futbol es el deporte con más seguidores en México y en el mundo; sin embargo, los sectores populares estarán excluidos de este espectáculo en vivo. Para colmo, para verlos tendrán que pagar un precio especial en algunos de los servicios por cable o plataformas, o bien acudir a algunas de las pantallas gigantes que instalarán los gobiernos estatales y el gobierno federal.
La terca realidad de la desigualdad que contradice el discurso oficial de igualdad. Eso pienso yo. ¿Usted qué opina? La política es de bronce.



