“Se aproxima la revisión del acuerdo comercial. Canadá ha elevado su apuesta y no sería impensable que contemple su salida si no se alcanza un entendimiento justo. México podría resultar beneficiario pasivo del riesgo ajeno, pero, para ello habrá que actuar como comensal y no como parte del menú”.
Liebano Sáenz
En el Foro de Davos, el primer ministro canadiense Mark Carney analizó el actual escenario global como una ruptura del orden mundial. Señaló el fin de la previsibilidad internacional y advirtió sobre la necesidad de formar bloques, en un mensaje que tensó a Estados Unidos y reavivó el debate regional.
México no tiene opciones
El texto publicado el sábado pasado por Liebano Sáez y argumentos que le leímos también a Vianey Esquinca entre otros, plantean que Canadá decidió ser parte de la mesa y no del menú al diversificar su estrategia y tomar distancia de las posturas de Donald Trump y del gobierno de Estados Unidos en temas que afectan la relación bilateral. A partir de ello, cuestiona si México aspira a ser parte de la mesa o si acepta ser el menú.
Lo deseable es que México fuera parte de los comensales y no del menú, pero no tiene opciones.
Comercialmente, Canadá y México no son equivalentes. México manufactura productos con capital mayoritariamente extranjero: bienes diseñados, financiados y decididos fuera del país, que simplemente se ensamblan en territorio mexicano con mano de obra local. Canadá, en cambio, cuenta con industrias propias, fuertes, con capacidad de venta y de diversificación. México no, porque la razón de ser de las maquiladoras es abastecer al mercado norteamericano. Los datos son claros: alrededor del 85% de las exportaciones mexicanas se dirigen a esa región.
Las diferencias entre México y Canadá
Existe una diferencia política e institucional fundamental: Canadá es una democracia con contrapesos, equilibrios y balances, tanto en el ámbito político como en el empresarial. México, por el contrario, opera como una autocracia. Un país secuestrado por un narcogobierno, con altos índices de corrupción, crimen e impunidad; un Estado de derecho, sustituido por simulación institucional y una ávida oligarquía. Todo ello de la mano de un gobierno que ha concentrado el poder, incluyendo el control de las Fuerzas Armadas, para imponer sus políticas y saquear al país.
La evidencia es contundente: el bienestar no crece, la infraestructura no se desarrolla y la economía permanece estancada. Un contexto adverso donde México no tiene más opción que seguir los dictados de su aliado, un aliado al que le conviene vernos sin interlocución, sin capacidad de diálogo y reducidos a la sumisión.
Ya se ha visto. México entregó el agua, cedió en los aranceles a China, se sometió en materia migratoria violando sus propias normas y al margen de procesos judiciales legales, extraditó a más de cien capos y continúa protegiendo a los capos de la política, atento a lo que el imperio decida a cambio de impunidad.
Bajo el régimen de la 4T, México perdió su estatus de país medio para convertirse en un país totalmente dependiente y a expensas de los criterios de Trump. Al destruir los principios democráticos, los órganos autónomos, los contrapesos del gobierno y hasta el Estado de derecho con la reforma del poder judicial, se perdió el poder de negociación y ahora con una reforma electoral, se consolidará el aparato dictatorial y dependiente que estructuró AMLO y la 4T.
México queda en una de las posiciones más débiles y comprometidas de su historia. Situación que recuerda el triste episodio de cuando Antonio López de Santa Anna tuvo que ceder más de la mitad del territorio para mantener el poder.
México un escalón de la barbarie
En las condiciones actuales México ni siquiera aspira a ser parte de los comensales, el gobierno de la presidenta Sheinbaum se asume como parte del menú; a cambio de impunidad y privilegios para la élite de Morena y sus aliados empresariales, parece que acepta ser un eslabón más del fanatismo trumpista de dominio, aunque ello signifique dejar de ser una nación independiente.
El deseo de formar parte de los comensales queda en la buena voluntad de personajes bien intencionados, pero el gobierno de México no está dispuesto a cambiar ni asumir responsablemente la coyuntura que le impone el contexto internacional.
La comparación con Venezuela resulta inevitable
Cayó Maduro pero el régimen permanece intacto. A Estados Unidos le importa que alguien le garantice el control del territorio y de sus intereses. Bajo esta lógica, México no tiene ninguna posibilidad de ser comensal. Siempre será botana, no alcanza ni siquiera a ser plato fuerte.
X: @diaz_manuel





