“Ni los veo ni los oigo”.
Carlos Salinas de Gortari
“Las cosas simples de la vida
son las que más cuestan”.
Chavela Vargas
“No hace falta saber latín
Yo ya se cual será mi fin,
En el pueblo se empieza a oir,
Muerte, muerte al villano vil,
Yo no pienso pues armar ningún lío
Con que no va a Roma el camino mío,
No a la gente no gusta que
Uno tenga su propia fe
No a la gente no gusta que
Uno tenga su propia fe”.
Georges Brassens
La reforma electoral del gobierno llegó a la Cámara de Diputados con la elegancia con la que, en muchas casas mexicanas, se arrojan las chanclas en una discusión: alguien la lanza esperando que otro la recoja. Y si nadie la recoge, siempre queda la posibilidad de culpar al vecino.
La iniciativa se vende como austeridad republicana y perfeccionamiento democrático. Menos legisladores, ajustes al INE, nuevas reglas de propaganda. Todo envuelto en el discurso de siempre: hacer más barato el sistema político. Traducido al español real: menos gasto, sí… pero también menos contrapesos. Y un poquito más de control.
Hasta ahí, nada nuevo. Lo verdaderamente interesante no está en el contenido, sino en el ambiente político que rodea la iniciativa. Porque ni siquiera dentro del propio oficialismo hay entusiasmo.
El Partido Verde ya empezó a practicar el deporte favorito de la política mexicana: el deslinde preventivo. El PT anda en modo berrinche parlamentario. Y dentro de Morena algunos cálculos internos —según versiones periodísticas— ya aceptan lo evidente: la reforma podría nacer muerta.
No sería una sorpresa. De hecho, sería la confirmación de una pequeña racha política que empieza a dibujarse en Palacio Nacional: cero y van cuatro.
Cuatro intentos de marcar agenda legislativa… y cuatro ocasiones en que la realidad política le recuerda a la presidenta que el poder no solo se anuncia en la mañanera: también se negocia en los pasillos.
El primer intento fue completar la elección popular del Poder Judicial. Una idea tan temeraria que terminó generando pánico incluso entre algunos aliados. Imaginar jueces haciendo campaña electoral prometiendo sentencias como si fueran pavimento o despensas era un experimento digno de laboratorio político… no de un sistema judicial serio.
El segundo episodio fue la jugada de la revocación de mandato para las elecciones intermedias. El plan parecía brillante hasta que aparecieron las encuestas. Resulta que poner a la presidenta en la boleta no necesariamente arrastra votos legislativos. Y peor aún: tampoco garantiza un plebiscito glorioso como el que alguna vez consiguió su antecesor. Cuando los números enfrían el entusiasmo, las ideas suelen archivarse discretamente.
El tercer intento fue la iniciativa contra el nepotismo electoral. Una causa noble… hasta que alguien recordó que buena parte de la política mexicana funciona exactamente así: como un árbol genealógico financiado con recursos públicos. Los ejemplos abundan. La familia Monreal intentando prolongar su dominio en Zacatecas. Félix Salgado Macedonio soñando con suceder a su propia hija en Guerrero. Samuel García impulsando la carrera política de su esposa en Nuevo León. Ricardo Gallardo Cardona mirando hacia el mismo modelo hereditario en San Luis Potosí. Combatir el nepotismo en México es una idea admirable… siempre y cuando no se aplique en la familia correcta.
Y así llegamos al cuarto intento: la reforma electoral. Tiene, hay que decirlo, una idea interesante. Exigir que la propaganda política advierta cuando ha sido generada con inteligencia artificial. Sensato en una época en la que un video falso puede volverse viral antes de que alguien termine el café de la mañana. Pero, fuera de ese punto, el documento parece más una colección de ocurrencias que una arquitectura democrática.
Y encima llegó acompañado de un detalle tragicómico: el famoso “decálogo” presidencial… escrito como “décalogo”. Un Dé-cágalo por la democracia.
Tal vez fue un simple error ortográfico. O tal vez fue una metáfora involuntaria. Porque, viendo el contenido de la iniciativa, más que un decálogo parece exactamente eso: un esfuerzo por cagarla.
Ahora bien, más allá de la ortografía, el verdadero dato político está en otro lado. Esta no es la legislatura de la presidenta. Es la legislatura que dejó sembrada Andrés Manuel López Obrador. Y los legisladores rara vez obedecen con entusiasmo a dos jefes distintos.
En Morena conviven lealtades cruzadas, ambiciones personales y proyectos que ya miran hacia la siguiente sucesión. Algunos actores del oficialismo parecen más ocupados en administrar el legado del expresidente que en consolidar la agenda de la actual mandataria.
En ese contexto, cada iniciativa presidencial se convierte en una prueba de fuerza interna. Y no siempre gana quien vive en Palacio.
Por eso empieza a circular otra lectura política —más cínica, pero también más realista— sobre esta reforma electoral:
Que tal vez nunca estuvo diseñada para aprobarse. Está diseñada para fracasar.
El libreto sería conocido: mandar una iniciativa maximalista, anunciar que no se le moverá “ni una coma”, simular parlamento abierto, dejar que la propuesta se estrelle… y después señalar culpables.
Durante años el culpable favorito fue la oposición. Pero ahora aparece un pequeño problema: la oposición no es la que está frenando la reforma. Son los propios aliados. Y eso cambia completamente la narrativa.
Porque cuando un gobierno pierde una votación contra la oposición, puede presentarlo como una batalla ideológica. Pero cuando la pierde contra sus propios socios… el problema ya no es ideológico. Es doméstico.
En política mexicana nadie tira una chancla sin saber quién podría recogerla. A veces, sin embargo, lo verdaderamente revelador no es quién la lanza.
Es quién decide dejarla tirada.
Porque cuando una iniciativa presidencial fracasa una vez, puede ser mala suerte. Cuando fracasa dos veces, empieza a parecer falta de operación política. Pero cuando ya van cuatro…
Bueno…
Ahí ya no parece accidente. Empieza a parecer coreografía.
Giro de la Perinola
En política nadie queda expuesto por casualidad. Cuando un presidente tropieza cuatro veces seguidas en el Congreso, casi nunca es mala suerte. A veces simplemente significa que el aplauso… estaba reservado para otro director de orquesta.






