“Un país que no puede encontrar a sus muertos ha perdido ya a sus vivos”.
Reflexión
“La indiferencia es la forma más refinada de la violencia”.
Zygmunt Bauman
Crueldad brutal. Ceci Flores encontró a su hijo, o algo de él, o lo que este país deja de sus hijos. Y no lo encontró el Estado; lo encontró ella. “Hoy localicé a mi niño en la carretera 26, kilómetro 46, en Hermosillo, Sonora… Abrazo tus restos, es lo que me queda… Vámonos a casa, hijo, de donde nunca tuviste que partir”.
Durante siete años, Ceci Flores hizo el trabajo que le correspondía al gobierno de Andrés Manuel López Obrador, y que hoy continúa —con el mismo guion y la misma coartada— en la administración de Claudia Sheinbaum. Excavó, buscó, rastreó. No es metáfora: usó picos, varillas y sus propias manos. Mientras tanto, la maquinaria institucional —esa que presume transformación— se especializó en otra cosa: mirar hacia otro lado, tapar advertencias, ignorar indicios, diluir responsabilidades. El obradorismo inventó una categoría aberrante que pasará a los manuales de la infamia: madres que hacen de fiscalía, de peritos y de sepultureras de sus propios hijos. La famosa política de “abrazos, no balazos” no fue una estrategia de seguridad; fue una coartada moral para abandonar a las víctimas —los ciudadanos que no tenemos culpa de nada— a su suerte.
En 2026, Ceci no encontró justicia ni verdad ni culpables. Encontró restos dispersos, incompletos; posiblemente su hijo. El Estado promete verdad… y entrega incertidumbre forense.
Siete años de búsqueda para llegar a esto: un puñado de huesos. No le devolvieron a su hijo. Le devolvieron la duda en fragmentos.
Y lo peor: Ceci Flores no fue —solo— ignorada por incapacidad del Estado; fue ignorada por conveniencia política. Porque buscar desaparecidos arruina cualquier narrativa de éxito. Porque cada fosa clandestina es una grieta en el discurso oficial. Porque cada madre buscadora es un recordatorio incómodo de que aquí, en México, el Estado no protege al individuo: le estorba.
Ahí donde Ceci encontró restos —un paraje más en un país sembrado de fosas— está la verdadera radiografía de México. No la de las mañaneras, no la de los “otros datos”, no la del optimismo de utilería. La real: un país donde desaparecer no solo es posible, sino rutinario. Más de 100 mil desaparecidos, decenas de miles de cuerpos sin identificar y una clase política que, con disciplina casi científica, así igual de científica y técnica que la primer mandataria, ha logrado lo impensable: convertir el horror en ruido de fondo. Si no se habla, no existe. Si no se nombra, no incomoda. Si no incomoda, no afecta en las encuestas. Esas que aprueban a la presidenta, pero reprueban —con estruendo— la realidad en materia de seguridad. Por eso callan, por eso minimizan y por eso administran el dolor. Porque cuando el gobierno habla de muertos, no habla de víctimas: habla de narrativa. Y si el muerto no sirve para golpear a la oposición, entonces estorba. Así de simple y así de miserable.
Y Ceci Flores estorbaba. Por eso fue ignorada.
Denunció fosas, señaló negligencia, exhibió la incapacidad del Estado que primero no busca y luego no identifica. Se convirtió en lo peor que puede ser un ciudadano en este país: alguien que evidencia y pone de cabeza al poder. Aquí, buscar la verdad te convierte en adversario político.
¿Y el nuevo gobierno? Más de lo mismo, pero con otro tono de voz. Ahí están Rosa Icela Rodríguez, administrando la gobernabilidad sin escuchar a quienes buscan a sus hijos; Ariadna Montiel, repartiendo apoyos como si eso sustituyera justicia; Citlalli Hernández, hablando de derechos de las mujeres mientras madres buscadoras siguen destapando fosas que guardan los huesos de sus hijos. Todas, todos, todes los burócratas disciplinados en lo esencial: sostener la narrativa de Palacio.
Veamos a la presidenta Claudia Sheinbaum: ¿cuándo se ha dignado a recibirlas? ¿Cuándo ha escuchado, de frente, a estas madres? No en campaña, no en el discurso: en la realidad. No hay un solo registro de un encuentro serio, sistemático, sostenido con la jefa del Ejecutivo federal. No hay espacio en las mañaneras para ellas. No existen. No caben. Incomodan.
Se acumulan conferencias —más de mil quinientas si se suman las de Andrés Manuel López Obrador y las que ya corren en el sexenio de Claudia Sheinbaum— y, sin embargo, para las madres buscadoras no hay micrófono, no hay silla, no hay escucha.
El sistema falla en dos tiempos: primero, no evita la desaparición; segundo, no garantiza la identificación. Y en medio, deja a las madres solas, cavando.
Pero regresemos a Ceci y a su frase devastadora: “vámonos a casa”. Lo más terrible es que no es consuelo, no es cierre: es derrota. México es el país donde volver a casa significa cargar huesos. Es el país donde la justicia llega en bolsas, si es que llega.
La de Ceci no es una historia de resiliencia; es una historia de abandono. No es heroísmo colectivo; es orfandad institucional. Sí, hay heroísmo en Ceci Flores, pero es un heroísmo que empieza y termina en el dolor. Un heroísmo que existe porque el Estado decidió no estar.
¿México es una fosa común por accidente? Claro que no. Es una fosa común administrada… donde lo primero que desapareció fue la responsabilidad de quien detenta el poder.
Giro de la Perinola
Ceci Flores también incomoda por otra razón que el poder no admite en voz alta: porque, sin proponérselo, se ha vuelto una figura con un capital moral que ningún partido puede fabricar. En un país donde la política profesional se ha divorciado de la credibilidad, ella encarna lo contrario: consistencia, dolor convertido en acción y una autoridad ética que no necesita propaganda. Precisamente por eso resulta peligrosa para el sistema. Porque, si decidiera dar el salto, no competiría con estructuras, sino con algo más difícil de contener: legitimidad. Y eso —en un entorno de lealtades compradas y narrativas administradas— es dinamita.
Ojalá no lo haga. Ojalá no tenga que convertirse en candidata para que su causa —y la de otras madres y padres buscadores— siga siendo escuchada. Porque lo que Ceci Flores merece no es una campaña, sino descanso; no una boleta, sino paz. Merece volver a casa en el sentido que le arrebataron: sin varillas, sin fosas, sin la obligación de seguir buscando. Merece, por fin, dejar de ser símbolo… y dedicarse a ser madre de ese otro hijo que le queda y que la incompetencia gubernamental no le arrebató.






