El caso de Edith Guadalupe Valdés Zaldívar, de 21 años de edad, ha sacudido a la opinión pública.
Nos tiene en alerta, pero también indignados, indignadas, hartos y hartas de ver cómo la vida de una mujer joven termina de manera violenta ante la pasividad, el cinismo y la corrupción de quienes están ahí, en la Fiscalía, en los ministerios públicos, para atendernos, para cuidarnos, para protegermos y hacen lo contrario: extorsionan, revictimizan, volviéndose cómplices por omisión.
La historia de esta joven no es solo la de una víctima, sino la de una búsqueda que debió ser oficial, pero que terminó siendo liderada por quienes más la amaban y la amarán por siempre.
A Edith la mataron mientras funcionarios públicos no hicieron nada para impedirlo. Ni siquiera la buscaron. Ni siquiera levantaron un acta. Dijeron que eso es común, que las chicas se van por voluntad propia, que volvieran después de 72 horas.
Lo mismo de siempre. Lo que se suponía no debería pasar ya porque México se transforma y hay instituciones que nos cuidan. Encima pidieron dinero a los hoy deudos para hacer su trabajo. Al no recibirlo, ni el bolígrafo sacaron del cajón.
Hoy las hijas de esos cínicos, si las tienen, por fortuna duermen en su casa. La familia de Edith velará sus restos.
De no ser por sus deudos seguiría desaparecida. Ellos y ellas reconstruyeron los hechos, le siguieron la pista, recorrieron comercios, hablaron con vecinos y solicitaron acceso a grabaciones del C5 y de cámaras de seguridad privadas. Las imágenes no dejaban dudas: Edith llegó al edificio, cruzó la puerta principal… y nunca volvió a salir. Esa fue la primera prueba contundente que las autoridades no habían logrado recabar.
Todo comenzó el 15 de abril. Esa mañana, la chica salió de su casa en Iztapalapa con esperanza de progresar. Había recibido la oferta de un empleo y la cita era en Avenida Revolución 829, en la alcaldía Benito Juárez. Abordó un transporte de aplicación, convencida de que estaba dando un paso adelante en su vida. Su familia nunca imaginó que esa entrevista no existía. Era uno de tantos engaños de los que se valen algunos delincuentes para violentar mujeres jóvenes. Incluso, una tía de sus tías dijo que por el modus operandi podría tratarse de una red de trata de personas.
Y es que el edificio ubicado en Avenida Revolución 829 no es un centro laboral ni una oficina, como les habían dicho a Edith y a otras mujeres. Se trata de un conjunto habitacional, un detalle que levantó de inmediato sospechas. Familiares y activistas han dicho que este lugar se utilizaba para citar a mujeres jóvenes bajo falsas promesas de empleo. Hoy, las investigaciones analizan si este inmueble funcionaba como un punto sistemático de enganche, lo que elevaría la gravedad del caso. Más porque la zona está bajo sospecha de que justo ahí, en esa avenida tan transitada de la Ciudad de México, están matando mujeres.
No hace mucho supimos de otro feminicidio, el de Karen, una joven argentina de 24 años de edad que fue encontrada sin vida en un hotel. Le dieron un balazo. Según las investigaciones fue citada por alguien en ese lugar. Se ignora si eran conocidos pero es lo de menos. Karen también fue asesinada.
Los familiares de Edith, al saber que no había salido del sitio donde se supone fue citada, insistieron una y otra vez en que revisaran a fondo el edificio cuando las autoridades accedieron a inspeccionar cada rincón. Allí, en un sótano oculto, sin ventilación y alejado de la vista pública, fue localizado el cuerpo sin vida. El lugar confirma que el crimen fue planeado y ejecutado en un espacio pensado para no dejar huellas, un dato que ahora forma parte de las pruebas para calificar el delito como feminicidio.
Durante los días de búsqueda, la familia entregó a las fiscalías datos clave: números de teléfono desde los que se contactó a Edith, perfiles de redes sociales, descripciones de las personas que la citaron. Sin embargo, según denuncian, estos elementos quedaron archivados o no se les dio seguimiento oportuno. Esas omisiones son ahora objeto de una investigación paralela, para determinar si hubo negligencia o incluso complicidad por parte de servidores públicos.
Al momento de escribir estas líneas, hay un detenido, pero no tenemos mayores detalles.
La historia de Edith Guadalupe deja al descubierto que, en muchos casos, la justicia depende de la capacidad de lucha de las familias. Las autoridades han prometido que este caso no quedará impune, pero para sus seres queridos, la verdad ya está escrita: si hubieran actuado a tiempo, Edith podría estar hoy con ellos.





