Los viejos monarcas tenían una costumbre peligrosa. Cuando las noticias eran buenas, las recibían como prueba irrefutable de su grandeza. Cuando eran malas, el problema dejaba de ser la noticia y pasaba a ser quien la traía. La derrota no era el problema. El problema era quien la anunciaba. El error no era el problema. El problema era quien lo señalaba. El fracaso no era el problema. El problema era quien se atrevía a describirlo. Donald Trump parece acercarse cada vez más a esa estación de la política.

La reciente confrontación con un periodista de CNN resulta particularmente reveladora. Ante preguntas incómodas no apareció una explicación. Apareció un ataque. El periodista fue convertido en enemigo. La cadena fue convertida en enemiga. Los medios fueron convertidos en enemigos. Y así, una vez más, la discusión dejó de girar alrededor de los hechos para concentrarse en quienes se atreven a mencionarlos. Sin embargo, el episodio no es una excepción. Es un patrón. Los jueces son enemigos cuando corrigen. Los fiscales son enemigos cuando investigan. Las universidades son enemigas cuando discrepan. Los artistas son enemigos cuando critican. Los aliados se vuelven problemáticos cuando marcan límites. Europa es un problema cuando responde. La OTAN es una carga cuando no obedece. Y cualquier persona que formule una pregunta incómoda termina incorporada al mismo expediente: el expediente de los enemigos.

Quizá lo más llamativo de esta etapa ya no sea la cantidad de conflictos que rodean a Trump, sino la naturaleza de sus reacciones. Cada vez parece menos dispuesto a debatir y más inclinado a descalificar. Menos interesado en responder y más decidido a atacar. Menos capaz de distinguir entre una crítica legítima y una agresión personal. Como si cualquier límite, cualquier corrección, cualquier pregunta incómoda o cualquier desacuerdo terminaran siendo interpretados bajo una misma lógica: la de una ofensa intolerable.

Y ahí aparece una cuestión particularmente interesante. El poder prolongado suele producir deformaciones curiosas. Primero aparece la convicción de tener razón. Después la certeza de tener siempre razón. Más tarde la sospecha de que quienes discrepan actúan de mala fe. Finalmente surge algo más delicado: la incapacidad para aceptar que la discrepancia pueda ser simplemente legítima. Ahí es donde las preguntas empiezan a parecer ataques, los límites empiezan a parecer conspiraciones y los mensajeros empiezan a parecer enemigos.

Por eso resulta tan significativo observar lo que ocurre simultáneamente en otros frentes. Richard Gere habla desde Oslo de uno de los momentos más oscuros para la democracia estadounidense. Robert De Niro endurece todavía más sus críticas. Bruce Springsteen mantiene una oposición frontal. Tom Morello insiste. Joan Baez insiste. Académicos insisten. Universidades insisten. Instituciones culturales insisten. Aliados históricos comienzan a tomar distancia. Y mientras la lista continúa creciendo, lo verdaderamente llamativo ya no es quiénes cuestionan a Trump. Lo verdaderamente llamativo empieza a ser quiénes siguen dispuestos a defenderlo.

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Porque existe una diferencia enorme entre enfrentar adversarios y terminar enfrentándose a todo aquel que no aplaude. Una diferencia enorme entre ejercer liderazgo y declarar la guerra a la contradicción. Una diferencia enorme entre combatir problemas y combatir mensajeros. Ahí es donde los pseudoemperadores suelen cometer uno de sus errores más costosos. Confunden la realidad con la crítica. Confunden la discrepancia con la traición. Confunden la información con la hostilidad. Y finalmente terminan confundiendo los espejos con enemigos.

Como dicen en el pueblo, cuando alguien ya no encuentra explicación para lo que le ocurre, termina creyendo que todo es un complot. Y quizá esa sea una de las ironías más notables del momento. Cuanto más se amplía la lista de enemigos, más se reduce la posibilidad de aceptar responsabilidades propias. Si los jueces son enemigos, los periodistas son enemigos, las universidades son enemigas, los artistas son enemigos, los aliados son sospechosos, Europa es un problema y la OTAN una carga, la pregunta inevitable termina siendo otra: ¿realmente todos están equivocados o estamos observando a un dirigente que cada vez tolera menos la contradicción?

Porque existe una diferencia enorme entre la fortaleza y la susceptibilidad. La fortaleza acepta límites. La susceptibilidad los combate. La fortaleza escucha argumentos. La susceptibilidad escucha agravios. La fortaleza distingue entre crítica y hostilidad. La susceptibilidad termina confundiendo ambas cosas. Y cuando eso ocurre, el problema deja de estar en quienes sostienen el espejo y comienza a trasladarse a quien ya no soporta lo que el espejo refleja.

Mientras tanto, algo igualmente significativo empieza a ocurrir detrás del escenario. Los adversarios continúan combatiendo, pero los aliados comienzan a calcular. Los adversarios quieren derrotarlo. Los aliados empiezan a preguntarse qué vendrá después. Ahí aparece la sucesión. Ahí asoma el mundo después de Trump. Ahí comienza la política del día después. Porque cuando quienes acompañaron durante años a un líder empiezan discretamente a diseñar escenarios para una etapa posterior, el problema deja de ser coyuntural y comienza a ser histórico.

La historia está llena de gobernantes que intentaron callar mensajeros. Ninguno consiguió callar la realidad. Los periodistas pueden ser insultados. Los jueces pueden ser atacados. Los artistas pueden ser ridiculizados. Las universidades pueden ser presionadas. Los aliados pueden ser amenazados. Pero la realidad posee una característica extraordinariamente incómoda: permanece. Espera. Y tarde o temprano termina imponiéndose.

Por eso el problema de Trump ya no parece ser CNN. Ni los jueces. Ni los artistas. Ni las universidades. Ni Europa. Ni la OTAN. Ni siquiera los críticos. El problema empieza cuando un dirigente dedica más tiempo a combatir a quienes describen la realidad que a la realidad misma.

Y cuando eso ocurre suele escucharse una vieja consigna que ha acompañado a los gobernantes inseguros desde hace siglos:

Maten al mensajero.

La mala noticia para ellos es que, aun después de hacerlo, la noticia sigue siendo verdadera.

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@salvadorcosio1