Sería irresponsable decir que las trágicas muertes por el uso de sueros vitaminados en Sonora son consecuencia directa de creer en una terapia que no tiene bases científicas suficientes como para ser segura. Sin duda, pude haber sido yo, o cualquiera de los millones de personas que, después de la pandemia por Covid-19, atravesamos aquella búsqueda de todo lo que fortalece nuestra salud. Especialmente en nuestro país, convergen varias tradiciones de medicina: la alópata, la homeopática, la de hierbas, flores y remedios.

Encontré información sobre que en los años sesenta fue inventado el Myers’ Cocktail, una fórmula bioquímica para administrar por vía intravenosa sustancias como vitamina C, complejo B, magnesio y calcio, todo para sentir un boost energético. El hecho es que, en medio de guerras, inestabilidad económica, pocas certezas y presiones sistémicas, la idea de cuidarse parece ser lo más cercano a tener algo de control sobre nuestras propias vidas. Parecido al efecto lipstick, pero en la salud.

El ser humano necesita sentir que no todo el control está perdido, y la ironía de la vida es que entre más esfuerzos hacemos por controlar lo que creemos que podemos, más se aferran las tragedias a mostrarnos que estamos equivocados. El famoso efecto lipstick en la economía del consumo describe cómo, en tiempos de crisis económica, las personas reducen gastos grandes —viajes, autos, lujos— y ni pensar en comprar casa o departamento, pero aumentan o mantienen el consumo de pequeños “lujos accesibles” que generan bienestar: labiales (especialmente rojos), cosméticos y productos de cuidado personal. La lógica es psicológica: cuando hay incertidumbre o pérdida de control económico, la gente busca formas asequibles de sentirse mejor, atractiva o “en control”.

El hecho es que la industria del bienestar ha explotado durante los últimos años. Cada vez hay más marcas de medicina natural antiaging, colágeno, kéfir, kombucha, maquillajes naturales, productos como cacao y aceites de coco, todo tipo de promesas para mejorar la salud y todo tipo de secretos: cenar pistaches para incentivar el sueño o utilizar máscaras de luz LED roja que estimulan la producción de colágeno. De hecho, año con año se organiza en distintas ciudades de México un evento llamado “Bien Fest”, donde se reúnen especialistas del bienestar, desde yoga y yoga facial hasta gurús de la buena mentalidad, la psicología del consumo y el autocuidado.

¿Cuál es el vacío que estamos llenando con todo esto? Y no me refiero a la desafortunada experiencia de un proveedor que no contaba con aprobación de la Cofepris para suministrar sueros con sustancias dudosas, que terminaron en homicidios involuntarios. Hablo de que el trágico episodio pudo sucederle a cualquiera de quienes sentimos interés por el bienestar, la salud y las nuevas técnicas para mantenernos bien. Hablo de que algo sucede en este espacio compartido, construido por significados y significantes. Tal vez sea la crisis económica discreta que habitamos en México, o la que se avecina; tal vez sea el consumo frecuente de contenido en redes sociales, que nos invita a mirar pieles de porcelana y a pensar en cómo cuidarnos para vernos así de irreales; tal vez se trate, realmente, de la necesidad de mantener algo de control. Tal vez la salud sea el nuevo lujo que todos queremos poseer, aunque intentando obtenerlo recibamos justo lo contrario.

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Y sin embargo, aquí estamos. Millones de personas despertando cada mañana con la misma pregunta silenciosa que no nos atrevemos a formular en voz alta: ¿cuánto tiempo tenemos? No en el sentido poético de la existencia, sino en el más brutal y cotidiano: ¿cuánto tiempo antes de que el cuerpo falle, antes de que el sistema nos devore, antes de que la incertidumbre que habitamos se vuelva demasiado pesada para cargarla?

Porque de eso trata todo esto, en el fondo. No de sueros ni de colágeno ni de pistaches al anochecer. Trata del miedo. Del mismo miedo ancestral que llevó a nuestras abuelas a rezarle a santos y a preparar tés de hierbas con nombres que sonaban a conjuro. Solo que ahora el miedo ha aprendido a vestirse de bienestar, a hablar en inglés, a cobrar membresías mensuales y a aparecer en nuestros feeds con filtros de luz cálida.

Hay algo profundamente humano y también profundamente trágico en que las víctimas de Sonora buscaban exactamente lo mismo que buscamos tú y yo cuando compramos la kombucha o agendamos la sesión de luz LED: un poco más de vida. Un poco más de control sobre un cuerpo que, al final, siempre negocia en sus propios términos. La diferencia entre ellas y nosotros es, con toda crueldad, una diferencia de suerte. Eso debería perturbarnos más de lo que nos perturba.

Yo misma, confieso, he estado en esa sala de espera de alguna clínica de bienestar, rodeada de mujeres con bolsas de tela y suplementos en la mano, convencida de que esta vez sí, que esta combinación de magnesio y adaptógenos sería la que finalmente lograría que durmiera bien, que pensara con claridad, que me sintiera entera. Y no lo digo con ironía ni con culpa. Lo digo porque entiendo perfectamente la mecánica del asunto. Si el mundo exterior se vuelve ingobernable, el cuerpo se convierte en el último territorio que creemos poder administrar.

Pero los territorios también se incendian.

La industria del bienestar, con todo su poder y su encanto, ha construido un relato seductor sobre la autonomía personal: tú puedes estar bien si haces las elecciones correctas, si consumes lo correcto, si duermes bien, si respiras profundo, si te quieres lo suficiente. Es un relato que pone toda la responsabilidad en el individuo y ninguna en el sistema. Que convierte la salud en mérito y la enfermedad, silenciosamente, en fracaso. Un relato que deja fuera de cuadro todo lo que realmente nos enferma: la precariedad laboral, la falta de acceso a atención médica digna, la soledad pandémica que nunca terminó del todo en esta incapacidad relacional para sostener vínculos, el ruido constante de un mundo que no sabe cómo estar en silencio.

Las muertes por sueros vitaminados son el síntoma visible de algo que corre por debajo de nuestra vida cotidiana como agua subterránea: una ansiedad colectiva tan intensa que estamos dispuestos a pagar con dinero que no tenemos, y a veces con algo más, por la promesa de sentirnos bien. Por la promesa, en realidad, de sentirnos a salvo. Mientras no seamos capaces de nombrar eso con honestidad, mientras sigamos tratando este fenómeno como un problema de regulación sanitaria o de consumidores desinformados, seguiremos construyendo sobre una grieta que no queremos ver. La salud sí se ha vuelto el nuevo lujo. Pero el verdadero lujo, el que pocos pueden permitirse, no es el suero intravenoso ni la membresía de yoga. Es vivir en un mundo donde cuidarse no requiera tanto valor, tanta desesperación, ni tanta suerte.