El pasado martes el gobierno de Perú declaró al embajador mexicano Pablo Monroy Conesa persona non grata, por lo que el diplomático ha sido obligado a dejar su país de destino en un plazo de 72 horas. Se trata, quizá (pues habría que revisar pormenorizadamente los anales de nuestra historia diplomática) del primer caso de un embajador que ha sufrido este derrotero en la historia del México contemporáneo.

La reacción del gobierno encabezado por la presidenta Dina Boluarte respondió a la intromisión de altos funcionarios mexicanos en el tema de Pedro Castillo. Ello tiene que ver, desde luego, con el asilo político ofrecido por AMLO al expresidente peruano. Según ha sido informado, Monroy y la familia de Castillo llegaron ayer por la mañana procedentes de Lima.

Tras el anuncio, los más radicales simpatizantes del régimen lopezobradorista se pronunciaron en contra de la decisión de Boluarte y respaldaron el derrocado régimen de Castillo. Entre ellos se encuentra – nada sorprendente- personajes como Gerardo Fernández Noroña, quien, fiel a su narrativa demagógica, “repudió” a los “peruanos golpistas” en el Congreso quienes habían votado la destitución de Castillo.

Parece que estos extremistas olvidan –o pretenden olvidar- que fue el propio Castillo quien, en una clarísima acción autoritaria e inconstitucional, disolvió el Legislativo y buscó el apoyo de las Fuerzas Armadas. Afortunadamente para la suerte del pueblo peruano, el ejército de ese país optó por el orden constitucional, dio la espalda al dictardorzuelo y respaldó al nuevo gobierno.

AMLO, por su parte, con el respaldo abierto a Castillo, ha confirmado nuevamente su desdén hacia la ley y el orden constitucional. Cegado por una ideología que él llama de “izquierda” no titubea en expresar una falsa “hermandad” con sus camaradas del populismo latinoamericano.

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¡Cuán incómoda debe resultar la situación para Marcelo Ebrard! Su formación como internacionalista y su experiencia le habrían de brindar los conocimientos y el juicio crítico para ser capaz de conducir decorosamente la política exterior de México. Para su mala fortuna, debe someter sus decisiones a un presidente que desdeña la relevancia de las relaciones internacionales y que impone sobre los funcionarios su pensamiento anclado en la ideología partidista, y no en el razonamiento y la evidencia.

De igual forma, AMLO ha echado a un lado los principios de la no intervención (mismos que el jefe del Estado mexicano jura defender) y ha colocado a nuestro país en un penoso papel en la escena internacional. Por un lado, ha respaldado un intento de golpe de Estado desde el Ejecutivo, y por el otro, ha provocado una crisis internacional que amenaza el futuro inmediato de las relaciones bilaterales con Perú.