El inicio de un nuevo año siempre invita a detenerse un momento. No solo para hacer balances personales, sino para observar con cierta distancia el contexto económico que nos rodea y tratar de entender hacia dónde se mueve. A quienes leen esta columna con regularidad, gracias. Gracias por el tiempo, por el interés y por la disposición a mirar la economía más allá de los titulares y los discursos. En un entorno saturado de opiniones rápidas, reflexionar con calma sigue siendo un acto necesario.
México comienza 2026 con una sensación generalizada de estabilidad. No hay una crisis económica evidente, el tipo de cambio se mantiene relativamente firme, la inflación ya no domina la conversación pública como en años recientes y el país se prepara para un evento internacional que ha despertado expectativas positivas. Este contexto ha alimentado la idea de que 2026 será un buen año. Y puede serlo. Pero también será un año exigente en términos de decisiones económicas.
Las economías no se definen únicamente en los momentos de emergencia. Muchas veces se definen en los periodos de calma, cuando las decisiones se pueden tomar sin la presión de una crisis inmediata. En ese sentido, 2026 será un año clave para México, porque concentrará una serie de eventos y ajustes que, aunque no siempre visibles, tendrán efectos concretos en la vida cotidiana de los hogares.
Uno de los primeros elementos que marcará el año es la expectativa de una derrama económica asociada al Mundial de futbol. Habrá mayor actividad turística, un incremento en el consumo y una mayor demanda de servicios en ciertas regiones del país. Para miles de personas, esto se traducirá en más trabajo durante algunos meses, mejores ingresos temporales o una mayor actividad comercial. Ese impacto es real y, para muchos hogares, será un respiro.
Sin embargo, también es importante ser claros: este tipo de impulsos son transitorios. Una vez que termina el evento, la economía regresa a su ritmo habitual. El impacto duradero dependerá de si el contexto se aprovecha para fortalecer actividades productivas, mejorar servicios y generar condiciones que permanezcan más allá del entusiasmo del momento. De lo contrario, la derrama se sentirá como un paréntesis positivo, pero breve.
Otro tema que estará presente desde los primeros meses del año es el salarial. Como cada enero, el anuncio del salario mínimo genera expectativas legítimas entre millones de trabajadores. Los aumentos acumulados en los últimos años han sido significativos y han contribuido a corregir rezagos importantes. No obstante, el verdadero debate para 2026 no será el aumento nominal, sino su efecto real en el bolsillo.
Para muchas familias, la experiencia reciente ha sido clara: el ingreso sube, pero los gastos también. La renta, los alimentos, el transporte, los servicios y la educación continúan presionando el presupuesto mensual. En este contexto, 2026 será un año en el que se pondrá a prueba si el crecimiento de los ingresos puede sostenerse sin ser absorbido por incrementos en los precios. Para los hogares, esto se reflejará en decisiones diarias: qué se compra, qué se posterga y qué simplemente deja de ser posible.
La inflación, aunque más contenida, seguirá siendo un factor relevante. Ya no aparecerá como un salto abrupto, sino como un desgaste constante del poder adquisitivo. En la práctica, esto significa que muchos hogares seguirán ajustando su consumo, buscando alternativas más baratas o reduciendo gastos que antes parecían normales. La estabilidad de precios es una condición necesaria, pero sin un crecimiento real del ingreso, el bienestar seguirá siendo frágil.
A lo largo de 2026, otro aviso económico importante será el comportamiento de las tasas de interés y del crédito. Incluso con ajustes graduales, el financiamiento seguirá siendo costoso para una parte significativa de la población. Esto tendrá efectos directos en decisiones estructurales de los hogares: la compra de una vivienda, el cambio de automóvil o el inicio de un pequeño negocio. Para muchos, 2026 será un año de cautela, de esperar mejores condiciones, de aplazar proyectos importantes.
Esta cautela no es solo financiera, también es emocional. Postergar decisiones de largo plazo genera incertidumbre y una sensación de estancamiento que no siempre se refleja en los indicadores macroeconómicos, pero que pesa en la vida diaria de las personas.
Otro elemento relevante del año será el manejo de las finanzas públicas. Aunque no siempre es un tema visible para la mayoría, sus efectos se sienten de manera indirecta. El margen fiscal es limitado y las decisiones que se tomen en materia de gasto e ingresos influirán en la calidad de los servicios públicos, la inversión en infraestructura y el costo de ciertos trámites y servicios. Cuando no se realizan ajustes de manera abierta y ordenada, estos suelen aparecer en forma de servicios más caros, menor mantenimiento o mayores cargas futuras.
La inversión será, una vez más, el termómetro silencioso de la economía en 2026. De su comportamiento dependerá la creación de empleo, la mejora de los salarios y la capacidad de crecimiento en los años siguientes. Para quienes buscan trabajo o aspiran a mejores condiciones laborales, la inversión es más relevante que cualquier anuncio coyuntural. Sin ella, las oportunidades se reducen y la competencia por empleos de calidad se intensifica.
También será un año en el que la economía pondrá a prueba la resistencia de la clase media. Para muchos hogares, la pregunta central no será si la economía crece, sino si alcanza para mantener el nivel de vida. Ahorrar, planear vacaciones, invertir en educación o enfrentar gastos imprevistos seguirá siendo un desafío. La sensación de estabilidad macroeconómica no siempre coincide con la percepción de estabilidad financiera en los hogares.
Al final, 2026 se vivirá de manera muy distinta según la posición económica de cada persona. Para algunos será un año de oportunidades temporales; para otros, un año de ajustes y prudencia. Lo que es claro es que no será un año neutro. Las decisiones que se tomen, los anuncios que se hagan y los eventos que ocurran irán delineando el modelo económico que acompañará al país en los próximos años. En un entorno saturado de información, la opinión clara en tiempos confusos no es solo un ejercicio intelectual, es una responsabilidad.
Mi deseo para este 2026 es que sea un año de decisiones más conscientes, de debates mejor informados y de una economía que, poco a poco, empiece a sentirse menos abstracta y más cercana a la vida diaria de las personas. El optimismo, cuando se construye sobre análisis y no sobre ilusiones, también es una forma de responsabilidad.





