La salida de Alejandro Gertz Manero de la Fiscalía General de la República (FGR) es, sin duda, una noticia positiva para la justicia en México. Su gestión estuvo marcada por el uso de la institución en función de intereses personales, como quedó evidenciado en la persecución de científicos del CONACYT y el asunto de la Fundación Jenkins, episodios que dañaron profundamente la credibilidad de la fiscalía. México necesitaba una página nueva, y ese momento ha llegado.

La llegada de Ernestina Godoy a la FGR no es un simple relevo administrativo: es la incorporación de una funcionaria cuya trayectoria ha demostrado con hechos su compromiso ético con las instituciones. Godoy llega acompañada de un equipo sólido y experimentado, encabezado por figuras como César Oliveros y Oliver Pilares, quienes cuentan con una probada capacidad en el frente de la fiscalía y conocen a fondo los retos operativos y jurídicos que implica dirigir una institución de esta envergadura. Pero quizás uno de los mayores aciertos de esta nueva etapa es la cercanía del equipo de Godoy con Omar García Harfuch, lo que abre una ventana de oportunidad para una coordinación real en materia de inteligencia, estrategia de seguridad y resultados concretos. En un país azotado por la violencia y la impunidad, esa sinergia no es un detalle menor: es una condición indispensable para avanzar.

En el ámbito local, la Fiscalía General de Justicia de la Ciudad de México (FGJCDMX) también vive un momento de renovación que merece ser reconocido. La gestión de Bertha Alcalde ha sido, desde su inicio, un acierto estratégico y moral. Se trata de una mujer cuya incorruptibilidad no es un slogan, sino una característica verificable en su conducta diaria; es ampliamente conocido que dedica largas jornadas de trabajo a una institución que históricamente ha cargado con el estigma de la opacidad y los abusos. Junto a ella, el equipo que ha conformado marca una diferencia tangible: Jorge Emilio Iruegas al frente de las áreas estratégicas aporta una visión de largo plazo, mientras que Adriana Greaves, combatiendo la corrupción desde adentro, ha impulsado un cambio de cultura institucional que se percibe en el quehacer cotidiano. Donde antes era común ver excesos en la integración de carpetas de investigación, hoy se observa una mayor prudencia, rigor y respeto al debido proceso. Ese cambio cultural, silencioso pero profundo, es quizás el logro más valioso de esta administración. Igualmente, la permanencia de Laura Borbolla como coordinadora de procesos ha sido un acierto que da continuidad y solidez técnica a la institución.

Todo lo anterior nos coloca en el umbral de lo que podría ser una época dorada en la procuración de justicia en México. No es una afirmación gratuita ni optimista en exceso: es una lectura responsable de los elementos que hoy confluyen de manera inédita. Tenemos fiscalías con liderazgos éticos, equipos técnicos competentes, voluntad de coordinación interinstitucional y una cultura interna en proceso de transformación. Sin embargo, para que este momento histórico se consolide, es imprescindible la continuidad: continuidad en las actitudes, en los criterios de actuación y, sobre todo, en el personal que ha hecho posible este cambio. Los procesos de transformación institucional son frágiles; un relevo apresurado o motivado por intereses ajenos al bien público puede deshacer en meses lo que ha costado años construir.

El contexto en el que operan estas fiscalías no es sencillo. La reforma judicial que está en marcha representa uno de los retos más complejos que ha enfrentado el sistema de justicia mexicano en décadas. Adaptar instituciones, redefinir roles y garantizar la independencia de los operadores jurídicos en medio de una transformación de tal magnitud exige fortaleza institucional y claridad de propósito. Precisamente por eso, contar con fiscalías bien dirigidas, con vocación democrática y apego a la legalidad, es hoy más que nunca una ventaja estratégica para el país. Las fiscalías no son solo oficinas de trámite; son el primer eslabón de la cadena de justicia. Si ese eslabón es fuerte, todo lo demás tiene posibilidad de funcionar. México tiene hoy, en la FGR y en la FGJCDMX, una oportunidad real de demostrar que la justicia puede ser, al fin, una realidad y no solo una promesa.