Después de más de cuatro años de guerra, cientos de miles de muertos y heridos, ciudades destruidas, millones de desplazados y una fractura geopolítica que ha sacudido a Europa y al mundo, cualquier posibilidad seria de paz en Ucrania merece ser explorada. Donald Trump dice tener una propuesta concreta, sus enviados Steve Witkoff y Jared Kushner llegaron a Moscú para reunirse con Vladimir Putin y después deberán viajar a Kyiv para hablar con Volodymyr Zelenski.
Rusia y Ucrania incluso han aceptado pausas temporales en algunos ataques mientras avanza esta iniciativa diplomática. Todo eso es positivo, pero la pregunta decisiva no es si habrá un acuerdo, sino qué clase de acuerdo será, quién tendrá que pagarlo y si realmente terminará la guerra o solamente la congelará hasta la siguiente.
Putin ha vuelto a hablar de una posibilidad de paz y Trump quiere presentar resultados. Después de varios intentos frustrados, Washington busca reconstruir una negociación que lleva meses prácticamente estancada, pero las posiciones siguen muy alejadas. Moscú insiste en que Ucrania entregue la totalidad de Donetsk y abandone cualquier aspiración de incorporarse a la OTAN; Kyiv considera inaceptable ceder más territorio y exige garantías de seguridad suficientes para impedir que Rusia vuelva a atacar dentro de algunos años. Ese es el verdadero problema: la paz no consiste únicamente en que dejen de disparar; también importa quién paga el precio de que dejen de hacerlo.
Nadie razonable puede desear que la guerra continúe indefinidamente. Ucrania ha soportado una devastación enorme y Rusia también ha pagado costos humanos, militares y económicos crecientes. Europa lleva años destinando recursos gigantescos a sostener a Kyiv, Estados Unidos ha invertido enormes cantidades de dinero y armamento, y la economía mundial ha sufrido durante todo este periodo impactos sobre energía, granos, rutas comerciales, inflación y seguridad. Buscar una salida no es debilidad. Negociar no equivale a capitular. Y si Trump consigue acercar posiciones donde otros fracasaron, habrá que reconocerlo. El problema empieza si la urgencia por anunciar una victoria diplomática termina produciendo una paz aparente cuya principal consecuencia sea premiar la conquista territorial por la fuerza.
Ahí aparece la pregunta más incómoda para Occidente. Rusia invadió Ucrania en 2022 y ocupa territorios que Kyiv considera propios. Si el acuerdo final consiste en aceptar de hecho una parte sustancial de esas conquistas a cambio del cese de hostilidades, ¿qué mensaje quedaría para el sistema internacional? ¿Que las fronteras pueden modificarse mediante invasión siempre que después exista suficiente capacidad militar para resistir hasta que el adversario y sus aliados se cansen? Esa conclusión sería peligrosa mucho más allá de Ucrania. Pero al mismo tiempo la política internacional rara vez ofrece soluciones moralmente perfectas. Las guerras suelen terminar con compromisos desagradables, concesiones dolorosas y realidades que ninguna de las partes considera justas. La pregunta no puede reducirse a “territorio sí” o “territorio no”; tiene que ser más amplia: ¿qué concesiones pueden hacer ambas partes sin convertir el acuerdo en una invitación a la siguiente guerra?
Putin tiene incentivos para negociar, pero también para prolongar la guerra si considera que el tiempo trabaja a su favor. Rusia sigue sosteniendo que está ganando en el campo de batalla y ha insistido durante meses en presentar sus avances, aunque lentos y costosos, como prueba de que Ucrania eventualmente tendrá que ceder. La economía rusa también empieza a mostrar tensiones: el gasto militar pesa, las sanciones limitan, los ataques ucranianos contra refinerías e infraestructura generan daños y la guerra tiene un precio creciente incluso para Moscú. Nada de eso significa que Rusia esté al borde del colapso, pero sí que también tiene razones para escuchar una negociación seria.
Ucrania enfrenta límites igualmente evidentes. Necesita dinero, armamento, municiones y respaldo político permanente. Su defensa depende en gran medida de Estados Unidos y Europa, y Kyiv sabe que ningún apoyo externo es infinito. El cansancio occidental existe, las sociedades europeas también pagan costos y Washington ya no ofrece la misma previsibilidad estratégica que antes. Zelenski necesita una salida, pero no cualquiera. Un acuerdo que simplemente congele la línea de frente sin garantías suficientes podría convertirse en una pausa estratégica para que Rusia reconstruya fuerzas, se rearme y vuelva a intentarlo dentro de algunos años.
Trump entra en ese escenario con una ventaja y una debilidad. La ventaja es que está dispuesto a hablar con Putin directamente y no parece condicionado por el mismo lenguaje diplomático que dominó durante buena parte de la guerra. Eso puede abrir espacios nuevos. La debilidad es exactamente la misma: su obsesión por conseguir resultados rápidos puede empujarlo a valorar más el anuncio del acuerdo que la calidad del acuerdo mismo. Trump piensa en términos de transacción y le gusta presentar conflictos complejos como negociaciones que una persona suficientemente hábil puede cerrar sentando a dos adversarios frente a una mesa. A veces funciona. Otras veces no. Una guerra de este tamaño no es una operación inmobiliaria. No basta con repartir propiedades, firmar un documento y tomarse una fotografía.
Detrás de cada kilómetro de territorio hay población, ciudades, infraestructura, fronteras, identidades y seguridad futura. Y sobre todo existe una pregunta central: qué impedirá que Rusia vuelva a intentarlo. Esa debería ser la parte decisiva de cualquier negociación. Ucrania puede aceptar eventualmente algún tipo de arreglo territorial de facto, congelamiento provisional o fórmula intermedia, pero solo si recibe garantías suficientes de que aquello no se convertirá en una pausa para preparar la siguiente ofensiva. Europa ya vio esa película: los acuerdos de Minsk pretendieron contener el conflicto iniciado en 2014 y no evitaron la invasión de 2022. La experiencia obliga a desconfiar de cualquier pacto que dependa únicamente de la buena voluntad futura.
Si Ucrania renuncia formal o prácticamente a entrar en la OTAN, ¿qué recibirá a cambio? ¿Garantías estadounidenses? ¿Presencia militar europea? ¿Sistemas de defensa? ¿Compromisos automáticos de respuesta ante otra invasión? ¿Algún mecanismo multilateral? Una neutralidad sin garantías sería simplemente vulnerabilidad institucionalizada. Y ahí Europa debe dejar de comportarse como espectador secundario. La guerra ocurre en su continente, cualquier acuerdo modificará su arquitectura de seguridad y cualquier fracaso lo pagará primero Europa. Francia, Alemania, Polonia, Reino Unido, los países bálticos y los demás miembros europeos no pueden limitarse a esperar que Trump y Putin definan entre ellos el futuro de Ucrania.
El error sería convertir la negociación en una mesa donde Washington y Moscú decidan y Kyiv simplemente reciba instrucciones. Ucrania tiene que estar en la negociación. Europa también. Trump puede mediar, pero no puede disponer de territorio ucraniano como si fuera suyo. Estados Unidos posee enorme influencia porque proporciona armas, inteligencia, financiamiento y respaldo diplomático, pero influencia no significa propiedad sobre las decisiones soberanas de Ucrania. Si Zelenski debe aceptar concesiones, tendrá que hacerlo porque considere que son necesarias para preservar al país, no porque Washington quiera anunciar un triunfo antes de determinada fecha.
También Rusia deberá ceder. Hasta ahora buena parte de las propuestas públicas de Moscú parecen más cercanas a condiciones de victoria que a compromisos. Exigir territorios que ni siquiera controla completamente, imponer restricciones estratégicas sobre Ucrania y al mismo tiempo evitar garantías occidentales demasiado fuertes resulta difícil de presentar como negociación equilibrada. La paz requiere algo más que exigir al invadido que acepte la realidad creada por el invasor. Pero Kyiv tampoco puede negar eternamente la realidad militar. Hay territorios ocupados, una guerra de desgaste, una población exhausta y recursos limitados. Ninguna negociación seria puede ignorar lo que existe sobre el terreno. El desafío será encontrar una fórmula que reconozca realidades de hecho sin necesariamente legitimar jurídicamente todas las conquistas.
Ahí puede existir espacio para creatividad diplomática: congelar determinadas líneas sin reconocimiento formal de soberanía, establecer zonas desmilitarizadas, crear mecanismos internacionales de supervisión, intercambiar prisioneros, garantizar navegación, proteger infraestructura energética, construir acuerdos graduales y vincular cualquier alivio de sanciones a cumplimiento verificable. Nada de eso sería sencillo, pero sería mucho más serio que una paz de titulares. Hay, de hecho, una pequeña señal de que incluso en este conflicto pueden construirse acuerdos concretos cuando ambas partes entienden que el costo de no hacerlo es demasiado alto. La tregua localizada para permitir reparaciones urgentes en la central nuclear de Zaporiyia demuestra algo elemental: incluso adversarios que siguen matándose pueden llegar a acuerdos cuando reconocen un interés común suficientemente importante.
Ese principio debería ampliarse. Seguridad nuclear, protección de civiles, navegación, intercambios humanitarios, infraestructura crítica y ataques de largo alcance pueden convertirse en escalones previos antes de pretender resolver todo de una sola vez. A veces las grandes paces empiezan con pequeños acuerdos verificables. Trump quizá prefiera el gran anuncio; la realidad probablemente exija paciencia.
También hay que hablar de sanciones. Washington dispone ahí de una herramienta de negociación considerable. Rusia necesita acceso financiero, inversión, tecnología y normalización comercial. Levantar sanciones demasiado pronto sería regalar una de las principales palancas occidentales. Mantenerlas para siempre después de un acuerdo real también reduciría los incentivos de Moscú para negociar. La lógica debería ser gradual: cumplimiento verificable, alivio gradual; incumplimiento, restablecimiento automático. Eso es mucho más útil que confiar en declaraciones de buena voluntad.
La misma lógica tendría que aplicarse a las garantías para Ucrania. No promesas vagas, sino mecanismos concretos. Una de las razones por las que Kyiv desconfía es histórica. Ucrania renunció en los años noventa al enorme arsenal nuclear que heredó tras la disolución soviética a cambio de compromisos de seguridad que, a la hora decisiva, demostraron ser insuficientes. Es difícil pedirle ahora que vuelva a confiar exclusivamente en papeles. Por eso cualquier acuerdo serio debe convencer no solo a Zelenski, sino al Estado ucraniano, a su sociedad, a sus Fuerzas Armadas y a sus aliados. Si no lo hace, puede firmarse una tregua, pero difícilmente una paz duradera.
Putin también necesitará vender cualquier concesión dentro de Rusia como victoria. Durante años ha presentado la guerra como una lucha existencial contra Occidente y ha elevado enormemente las expectativas. Trump necesita mostrar que consiguió algo que Biden no pudo. Zelenski necesita demostrar que la sangre derramada no terminó simplemente legalizando una derrota. Los tres tienen necesidades políticas internas y la diplomacia tendrá que encontrar una fórmula que permita a cada uno presentar algo como triunfo. Eso puede sonar cínico, pero también es parte de cómo terminan las guerras.
Existe, sin embargo, una línea que no debería cruzarse: una salida que haga más rentable invadir que negociar. Si el resultado final demuestra que una potencia puede modificar fronteras militarmente, resistir sanciones durante algunos años y después obtener buena parte de sus objetivos a cambio de detenerse, otros países observarán con atención. Taiwán observará. Europa oriental observará. El Cáucaso observará. El mundo entero observará. Por eso Ucrania no es solamente Ucrania. Es también un precedente.
Y esa es la razón por la cual el equilibrio entre realismo y principios resulta tan difícil. Exigir una retirada rusa absoluta e inmediata de todo territorio puede ser hoy militarmente irrealista. Aceptar sin condiciones todas las conquistas rusas sería estratégicamente peligroso. La diplomacia vive entre ambos extremos. Trump merece oportunidad de intentarlo. Putin debe ser escuchado si verdaderamente está dispuesto a negociar. Zelenski debe tener capacidad para decidir sobre su país. Europa tiene que participar. Y cualquier acuerdo necesita garantías verificables, no propaganda, no fotografías, no una ceremonia grandiosa destinada a demostrar que alguien “ganó”, sino una paz que sobreviva cuando las cámaras se apaguen.
La guerra ha durado demasiado. Cada mes significa más muertos, más destrucción, más gasto y más odio acumulado. Querer terminarla no debería pertenecer a ninguna ideología. Pero terminarla mal puede resultar todavía más costoso. La paz no es simplemente ausencia de disparos; es la construcción de condiciones que hagan innecesario volver a disparar.
Si Trump consigue eso, habrá logrado algo extraordinario y merecerá reconocimiento. Si consigue únicamente una pausa que permita a cada bando rearmarse, habrá pospuesto el problema. Y si para presumir una victoria obliga a Ucrania a aceptar una paz que Rusia puede romper cuando le convenga, el supuesto acuerdo podría convertirse en prólogo de la siguiente guerra.
Ese es el verdadero desafío que comienza en Moscú y continuará después en Kyiv: no conseguir que Putin y Zelenski firmen cualquier documento, sino conseguir que exista un documento que ambos tengan razones para respetar.
Terminar una guerra siempre es deseable. Terminarla sembrando la siguiente puede ser solamente una tregua con mejor publicidad.
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