El artículo de hoy sábado de la abogada Ana Laura Magaloni en Reforma es más que interesante. Se titula “Cínicos vs. devotos”. Dice que, en su Segundo Informe, la presidenta Claudia Sheinbaum hizo dos llamados difíciles de conciliar: por un lado, recordó que la autoridad política y moral se escribe todos los días y que solo con honestidad se dan resultados; por el otro, advirtió: “Aquí no hay divisiones, aquí no hay rompimientos”. Honestidad contra unidad: ese es el corazón de la batalla interna de Morena.

Creo que Magaloni tiene razón y, al mismo tiempo, no tiene razón. Sí, en efecto, honestidad contra unidad es la batalla interna fundamental de Morena. Lo leemos a diario en la prensa cuya motivación podría ser perversa, pero que no miente al exhibir los estilos de vida ostentosos de tantos morenistas.

La presidenta Sheinbaum no se refería, cuando hablaba en su Informe de que no hay divisiones, a que existe un enfrentamiento entre personas definitivamente de mal comportamiento en Morena y aquella militancia, por fortuna numerosa en el partido de izquierda, perfectamente ética y decente como la mandataria misma.

Cuando Sheinbaum dijo que no hay divisiones, quiso refutar a la comentocracia que insiste en que ella y AMLO están peleados. Eso no ocurre.

En lo que definitivamente tiene razón la jurista Magaloni es en su diagnóstico de que Morena vive una disputa por el poder entre dos extremos éticos. Y sí, Sheinbaum está en uno de esos extremos: el de la honestidad, el de la gente de izquierda que está ahí para cambiar al país para bien y que ve con horror el espectáculo diario de personas que se sumaron a Morena y que no comparten este ideal porque definitivamente actúan como los viejos priistas y panistas: tan llenos de privilegios, de ostentaciones, de derroche, de coches caros, de relojes, de mansiones, etcétera.

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Dice Magaloni que, en un extremo de la disputa por el poder en Morena, están los cínicos o corruptos. Para ellos, el poder se disfruta y se aprovecha: los cargos públicos sirven para hacer dinero, para pasarla bien y para mandar.

En el otro extremo, afirma la jurista, están los devotos —así les llama ella; yo los nombraría idealistas—, los que creen que llegaron al poder para regenerar la vida pública de México. No sé si Magaloni, al decirles devotos y expresar que creen que llegaron al poder para transformar positivamente a México, les considera personas ingenuas. Yo no. Veo en este grupo a gente que sinceramente quiere un país distinto al corrupto que hemos conocido por la mala conducta de tantos presidentes y sus secuaces del PRI y del PAN.

Magaloni afirma que, en la lógica de los devotos o idealistas, Morena es un partido de izquierda auténtica, contrario a los privilegios, que representa al pueblo y busca la justicia. Sí ambicionan cargos, pero a diferencia de los cínicos —los que viven en los lujos y el derroche—, los idealistas sí creen que existen límites éticos en el ejercicio del poder.

Entre los dos extremos, sigue Magaloni, están los muchos morenistas pragmáticos. No precisa la autora si estos pragmáticos son más idealistas, como los devotos, o más derrochadores y alejados de la justa medianía, como los cínicos. Yo pensaría que se trata de gente común y corriente, con una historia de vida honesta y decente, que vota por Morena o simpatiza con el partido por su promesa —que sigue siendo una esperanza— de regenerar la vida pública de México.

Para la abogada la pregunta clave no es cuántos cínicos y devotos hay, sino qué lógica establece las reglas de pertenencia al partido.

La pregunta que sí importa, y que Magaloni no plantea, es si esta división entre cínicos e idealistas existe en los otros partidos. La respuesta es no, y de ahí la fuerza de Morena. En el PAN y el PRI, sabemos, todos son cínicos. Y, tristemente, en Movimiento Ciudadano las ambiciones de poder están llevando a absurdos como que un senador en funciones por Nuevo León pretenda ser gobernador de otro estado, Sonora.

El hecho es que la explicación de la fuerza electoral de Morena reside en que sigue siendo numeroso el grupo de los idealistas.

Magaloni se pregunta cuál de los dos grupos establece las reglas de pertenencia a Morena: los cínicos o los idealistas. ¿Qué es peor, cuestiona, corromperse o romper la disciplina de la unidad? ¿Qué es preferible, defender los principios o proteger al compañero que los viola?

Sostiene Magaloni, con razón, que en un partido como Morena ambos grupos resultan excluyentes. La unidad, si se convierte en el valor supremo, pierde a los idealistas, pues están obligados a callar ante gobernantes involucrados en escándalos de corrupción, y esto los convierte, al menos, en cómplices.

En cambio, si la honestidad fuera el valor fundamental, los cínicos perderían: tendrían que ser expulsados del partido, exhibidos internamente y hasta maldecidos; inclusive deberían sufrir, en ciertos casos, castigos penales.

Dice Magaloni que, por biografía y convicción, la presidenta Claudia Sheinbaum encabeza a los devotos o idealistas, y es verdad. La presidenta está en Morena no para lograr ningún tipo de privilegio material, sino simple y sencillamente para cambiar con ética a México. Pero hay otras figuras poderosas en Morena, subraya la columnista de Reforma, que están en el grupo de los cínicos.

Pregunta Magaloni: ¿cómo sabremos cuál de los dos grupos está ganando? No responde directamente, pero la columnista puede ver dos señales. La primera será la selección de candidaturas del 2027. Si hay más idealistas y menos cínicos buscando las gubernaturas, irá ganando el grupo que encabeza la presidenta, el de los que quieren regenerar para bien la vida pública de México.

La otra señal será qué tanto se van a investigar los posibles casos de corrupción después de las elecciones de 2027, que son un puerto de montaña que la izquierda tendrá que superar antes de pensar en una depuración interna del partido, en una fumigación de la casa.

Para Magaloni, la mayor responsabilidad de la presidenta no es —yo diría: no será— mantener a cualquier precio la unidad entre cínicos e idealistas, sino acotar significativamente a los corruptos.

Y tiene toda la razón Magaloni: si la protección a los cínicos se mantiene a cualquier costo, la honestidad quedará reducida a mero discurso. Agrega la articulista que, para que ganen los idealistas, Sheinbaum tendrá que aceptar que algunas rupturas no debilitan al partido ni a su proyecto, sino que más bien lo salvan.

Yo añadiría que, para que el rompimiento con los cínicos no dañe excesivamente a Morena, esta separación tendrá que darse después de superar la meta de montaña de 2027. Luego de esta dura escalada será el momento de marginar a tanto cínico diariamente exhibido en la prensa que es mentirosa, pero que en esto dice la verdad: hay muchos cínicos en la izquierda.