El elogio público de Donald Trump a Delcy Rodríguez como “aliada confiable” no es un desliz diplomático ni una frase improvisada frente a los micrófonos. Es una confesión abierta. La confirmación, sin máscaras ni matices, de que la supuesta cruzada por la democracia venezolana jamás fue un principio rector, sino una escenografía útil mientras sirvió a otros fines. Hoy, sin rubor alguno, el decorado se desmonta y queda a la vista el verdadero escenario: poder crudo, control estratégico y conveniencia económica.

Durante años, Washington recitó el libreto de la transición democrática, las elecciones libres y la restauración institucional en Venezuela. Ese discurso se repitió hasta el cansancio, acompañado de sanciones, advertencias y declaraciones solemnes. Pero como ocurre con los guiones mal escritos, el relato terminó abruptamente, sin explicación ni despedida. Trump ya no exige comicios ni condena la represión que persiste. Ya no habla de presos políticos ni de derechos humanos. En su lugar, valida como interlocutora central a una figura emblemática del chavismo duro, reciclada ahora como socia aceptable para garantizar estabilidad y negocios.

Cambian los nombres, no el sistema. Cae Maduro —al menos en el relato—, sobrevive intacto el aparato. La estructura autoritaria permanece, los operadores continúan y el pueblo venezolano sigue atrapado entre la precariedad y el desencanto. La diferencia es que ahora el cinismo se expresa sin disimulo. Lo que antes se justificaba como una estrategia incómoda en nombre de valores superiores, hoy se asume como simple pragmatismo.

Este giro no es solo retórico; es profundamente político. Trump ha dejado claro que la democracia es prescindible cuando estorba, negociable cuando incomoda y descartable cuando deja de producir dividendos estratégicos. Venezuela deja de ser un caso moral para convertirse en una ficha funcional dentro del tablero geoeconómico global. La libertad fue el pretexto; el control es el objetivo. Y el petróleo, como siempre, aparece como telón de fondo.

Lo inquietante es que este patrón no se limita a América Latina. Es la misma lógica que emerge cuando Trump insiste, con ligereza imperial, en apropiarse de Groenlandia bajo el argumento de la seguridad nacional; cuando relativiza soberanías, desprecia el derecho internacional y reduce alianzas históricas a relaciones transaccionales. Todo tiene precio, todo es intercambiable, todo puede comprarse o presionarse. El mundo no como comunidad de reglas, sino como inventario disponible.

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Hay en esta visión una pulsión profundamente peligrosa. Una concepción del poder que parece decir —sin necesidad de formularlo—: el Estado soy yo, la verdad soy yo, el orden soy yo. Las instituciones estorban, el derecho limita, el consenso retrasa. La voluntad personal se erige como única referencia válida. No se trata solo de un estilo personalista; es una lógica autoritaria que desprecia la mediación institucional y glorifica la fuerza como método.

La ironía es amarga. Se invocó la democracia para justificar bloqueos, sanciones y discursos incendiarios; hoy se la archiva sin ceremonia mientras se aplaude la estabilidad alcanzada mediante pactos con los mismos actores que se decía combatir. Se prometía un futuro distinto; se administra la continuidad. Se hablaba de libertad; se negocia obediencia. Y se exige silencio a quienes se atreven a señalar la contradicción.

Más grave aún es la reacción internacional, o más bien, su ausencia. ¿Dónde están las condenas claras? ¿Dónde la presión multilateral? ¿Dónde la defensa firme de los principios que durante décadas se proclamaron universales? La respuesta es incómoda: no están. La reacción es tibia, calculada o francamente inexistente. Y ese silencio no es neutral; funciona como aval. Cada vez que el abuso no encuentra resistencia proporcional, se convierte en precedente.

Trump no está improvisando ni actuando por arrebatos temperamentales. Está siendo coherente con una lógica de poder desnudo que siempre ha defendido. El problema no es únicamente él. El problema es qué tan lejos puede llegar cuando descubre que puede hacerlo sin pagar costos reales. Porque cuando la potencia central del sistema internacional abandona toda pretensión de coherencia normativa, el desorden deja de ser accidental y se vuelve estructural.

Venezuela y Groenlandia no son episodios inconexos ni excentricidades discursivas. Son señales claras de un mismo fenómeno: la normalización del cinismo como política exterior y la sustitución del derecho por la conveniencia. Si eso no provoca una reacción más amplia, más firme y más consciente, el mensaje será devastador: que todo se puede negociar, que toda norma es flexible y que todo pueblo es intercambiable.

Entonces ya no se tratará de Trump.

Se tratará del mundo que decidió agacharse cuando el poder dejó de disimular.