La autoridad moral de Donald Trump no cayó solo por sus excesos.
No cayó solo por su lenguaje, ni por su vulgaridad, ni siquiera por su autoritarismo explícito. Trump empieza a caer por algo más elemental y más corrosivo: la cobardía moral.
El caso Jeffrey Epstein es el punto de quiebre. No porque sea nuevo, sino porque es imposible seguir fingiendo que no existe. Fotografías, videos, vuelos registrados, testigos, relaciones sociales documentadas durante años. Nada de eso fue suficiente para que Trump hiciera lo único que un líder real debía hacer: exigir verdad, abrir archivos, romper el pacto de silencio de las élites.
No lo hizo. Y no fue por falta de poder. Fue por falta de carácter.
Trump eligió la política del avestruz: esconder la cabeza, atacar al mensajero, insultar periodistas, desacreditar medios, desviar la conversación. La misma táctica de siempre. Pero esta vez no funciona, porque Epstein no es un adversario político: es un símbolo del abuso sistémico del poder.
Y Trump estuvo ahí. Cerca. Cómodo. Silencioso.
Cuando la verdad incomoda a los poderosos, Trump no responde: embiste.
No aclara: ofende. No rinde cuentas: intimida.
Ha hecho de la agresión a la prensa una política permanente. No porque los periodistas mientan, sino porque preguntan. Porque documentan. Porque conectan puntos que él prefiere mantener en la penumbra.
Ese patrón no es casual. Es defensivo.
Es el reflejo de alguien que sabe que no puede sostener la mirada.
Hay frases que no se borran. Una de ellas es esta, dicha por Trump sobre su propia hija: “Si Ivanka no fuera mi hija, quizá estaría saliendo con ella”.
No fue un chiste aislado.
No fue un error verbal.
Fue una ventana a su concepción del poder.
Una concepción donde los límites se relativizan, donde la sexualización es banal, donde la autoridad se confunde con derecho. Por eso Epstein no fue una anomalía en su mundo: fue coherente con él.
Trump se vendió como el hombre fuerte. Pero la fuerza auténtica se mide cuando se enfrenta a los propios círculos, no cuando se aplasta a los más débiles.
Persiguió migrantes.
Insultó minorías.
Despreció instituciones.
Pero calló ante las élites.
Calló ante el abuso.
Calló ante Epstein.
Eso no es liderazgo.
Es cobardía selectiva.
El problema ya no es solo Trump.
Es el mensaje que deja: que el poder puede esquivar la verdad si grita lo suficiente; que basta con polarizar para no rendir cuentas; que el ruido puede sepultar los hechos.
Pero la historia no funciona así. Los archivos se abren. Los silencios se rompen. Y las evasiones se cobran. Trump no se viene abajo por Epstein.
Cae porque no fue capaz de enfrentarlo. Porque cuando tuvo la oportunidad de ponerse del lado de la verdad, eligió protegerse. Porque prefirió insultar periodistas antes que responder. Porque miró al suelo cuando debía mirar de frente.
Ese no es un líder fuerte.
Es un hombre que confundió el poder con la impunidad…
y que empieza a descubrir que no son lo mismo.
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