El discurso del Estado de la Unión volvió a confirmar que con Donald Trump nunca se trata solo de informar, sino de imponer un relato. Desde el primer minuto, el presidente dejó claro que no venía a matizar ni a dialogar, sino a reafirmarse. Estados Unidos, dijo, está mejor, más grande, más rico y más fuerte que nunca. Una frase redonda, diseñada para el eco, repetida como consigna hasta que pretende convertirse en verdad. Trump no gobierna con matices ni con dudas; gobierna con certezas declamadas, aunque estas se sostengan más en el tono que en la realidad.

El escenario del Capitolio fue una postal nítida del país dividido que hoy encabeza. Aplausos cerrados de un lado, silencio pétreo del otro. Los republicanos se pusieron de pie una y otra vez, como si cada ovación fuera una prueba de lealtad. Los demócratas, en cambio, optaron por permanecer sentados, con el gesto serio y los brazos cruzados. Ese silencio, más que cualquier consigna, fue un mensaje político poderoso. Trump lo entendió así y reaccionó como suele hacerlo: con molestia. No tardó en reclamarles públicamente por no ponerse de pie para aplaudirle “los logros del país”. En su lógica personalista, no aplaudirlo a él equivale a no querer a Estados Unidos.

Ese reclamo dice mucho más de lo que aparenta. Trump confunde deliberadamente al Estado con su figura, a la nación con su discurso. El aplauso no es, para él, un gesto protocolario, sino una validación moral. Y cuando no llega, lo vive como una afrenta. El Capitolio no fue esa noche un espacio de deliberación democrática, sino un termómetro de adhesiones. O se aplaude, o se está en contra.

El momento más tenso del discurso llegó cuando el representante demócrata Al Green fue escoltado fuera del recinto. Su delito fue levantar un cartel con una frase directa, incómoda y profundamente simbólica: “Los negros no son simios”. No gritó, no insultó, no interrumpió con consignas estridentes. Mostró una frase que remite a una herida histórica que Estados Unidos no ha terminado de cerrar. La respuesta fue inmediata: seguridad intervino y lo sacó del salón. La imagen fue brutal por su contraste. Mientras el presidente hablaba de unidad, orgullo nacional y grandeza, un legislador era expulsado por recordar una verdad incómoda sobre el racismo.

El mensaje implícito fue contundente. En el Estado de la Unión hay espacio para cifras infladas, afirmaciones engañosas y bravatas políticas, pero no para cuestionamientos que incomoden el relato oficial. La disidencia visible no se debate: se retira del encuadre. Trump continuó su discurso como si nada hubiera pasado, confirmando que para él, el espectáculo no puede interrumpirse, aunque la realidad golpee la puerta.

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En ese mismo tono triunfalista, el presidente presumió una frontera “más fuerte y más segura que nunca”, una caída histórica en el tráfico de fentanilo y una reducción en la tasa de homicidios. Lo que no dijo fue tan relevante como lo que sí mencionó. Omitió que otros delitos se mantienen estables, que muchos de esos descensos responden a dinámicas más amplias y que las cifras, leídas con cuidado, no respaldan del todo su épica de control absoluto. Pero el discurso no estaba diseñado para la precisión, sino para la reafirmación. Trump selecciona los datos como un editor implacable: lo que no fortalece el relato, se queda fuera.

La economía ocupó un lugar central en su mensaje. Habló de una transformación “nunca antes vista”, de empleos que regresan y de inversiones que fluyen como nunca. Volvió a culpar a sus adversarios de la inflación y a atribuirse méritos que, cuando se revisan con lupa, resultan al menos discutibles. El Estado de la Unión, en su versión, no es un balance honesto, sino un acto de fe. La audiencia no está llamada a evaluar, sino a creer.

No faltaron los ataques a las instituciones. El choque con el Supremo por el tema de los aranceles fue presentado como una injusticia, casi como una traición. Trump insistió en que esos aranceles pagados por “países extranjeros” reemplazarán la carga fiscal interna y aseguró que se mantendrán pese al fallo judicial. Más que una propuesta económica sólida, fue un gesto de desafío. Trump necesita enemigos para sostener su narrativa de combatiente permanente, incluso cuando esos enemigos son los contrapesos del propio sistema democrático.

Entre cifras, reproches y gestos simbólicos, el presidente dejó caer una frase que no pasó desapercibida: “Debería ser mi tercer mandato”. Lo dijo con ligereza, casi con tono de broma, pero la línea quedó flotando en el aire. No fue una ocurrencia inocente. Fue un globo de ensayo. Trump acostumbra lanzar ideas polémicas para medir reacciones, para normalizar lo que antes parecía impensable. La Constitución, en su discurso, aparece como un marco flexible cuando estorba a la narrativa personal.

El contraste entre la pompa del mensaje y las escenas de tensión fue revelador. Mientras Trump entregaba reconocimientos, hablaba de orgullo nacional y se presentaba como garante del orden, un congresista era retirado por mostrar un cartel y una parte significativa del Congreso se negaba a aplaudir.

Esa es la fotografía real del momento político estadounidense: no una nación cohesionada detrás de un proyecto común, sino un país partido entre ovaciones disciplinadas y silencios cargados de significado.

Trump salió del Capitolio convencido de haber ganado otra batalla narrativa. Para su base, el mensaje fue reconfortante: fortaleza, orden, liderazgo sin complejos. Para sus críticos, quedó la sensación de un discurso desconectado de la complejidad real, más preocupado por la ovación que por la verdad. En medio, millones de ciudadanos asistieron a un espectáculo que ya conocen bien, pero que sigue marcando el clima político.

Al final, el Estado de la Unión no se definió solo por las palabras pronunciadas desde la tribuna, sino por lo que ocurrió alrededor. Los aplausos que no llegaron, el cartel que fue retirado, el silencio convertido en protesta. A veces, la crítica más contundente no se formula con discursos alternos ni con largas refutaciones. A veces basta con no ponerse de pie.

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