Me atrevo a asegurar que la institución más humanitaria de todos los tiempos es, ha sido, y será, la Cruz Roja, incluso más que la ONU y que todos los organismos internacionales que existen con propósitos similares.

La Cruz Roja la ideó Jean Henri Dunant, originario de Suiza, después de participar en la batalla de Solferino el 24 de junio de 1859, comandada por Napoleón III para tratar de imitar inútilmente a su tío Napoleón Bonaparte, en la cual los heridos no recibían atención médica como nunca lo hicieron durante las guerras y batallas.

Henri Dunant propuso que en los campos de batalla participaran médicos, personal de traslado de heridos y personal de enfermería, identificados como tales, que se dedicaran exclusivamente a la atención de los heridos y que no podían ser incluidos en actividades bélicas ni pudieran ser blancos de enemigos.

Así Jean Henri Dunant fundó la Cruz Roja, utilizando el símbolo de su bandera nacional suiza invertido, recibió el primer premio Nobel de la Paz, y el día de su natalicio, el 8 de mayo, es hasta nuestros días, el día internacional de la Cruz Roja.

Yo tuve la oportunidad de cubrir un puesto administrativo en la sede de la Cruz Roja de la Ciudad de México, ubicada en avenida Ejército Nacional, en la colonia Polanco, la noche del 24 de diciembre de 1987 como parte de una colaboración que la organización judía de México llamada “Benai Brith” realizaba cada noche de Navidad para cubrir los puestos de personas de religión cristiana que trabajan el turno nocturno en diversas instituciones, incluyendo también a Locatel, por ejemplo, para que ese día pudieran festejar la cena respectiva con sus familiares por el natalicio de Jesús.

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Estaba yo por cumplir 18 años y ya había comenzado a estudiar para presentar mi examen de admisión a la UNAM, 7 meses después para ingresar a la carrera de Medicina, lo cual afortunadamente logré. Esa noche de Navidad, estando en la Cruz Roja, les pregunté a los socorristas, que llegaban en las ambulancias con los pacientes, sobre los requisitos para poder también ser uno de ellos, y me explicaron que ahí mismo.

Es hasta hoy, la escuela para tal propósito. Me inscribí en enero de 1988 y cursé 6 meses la carrera para ser socorrista. Como mi intención fue siempre estudiar Medicina, ya no concluí dicha carrera en la Cruz Roja, pero todo lo que aprendí lo valoraré por siempre.

La educación en la escuela de la Cruz Roja de Polanco era sumamente estricta, era obvio, nos estaban preparando para salvar vidas. Las clases eran todos los fines de semana, iniciaban con una marcha militar con cantos que recuerdo muy bien, uno iniciaba con la frase: “Yo quiero ser un socorrista, quiero brindar ayuda altruista…”

A mi grupo lo nombraron “Angeles 88”. Recuerdo muy bien al doctor y a la doctora Durón que, además de ser su apellido, se les conocía por la acción verbal que representa el mismo.

La Cruz Roja, repito, es, ha sido, y será, la institución más noble y humanitaria que gracias a Jean Henri Dunant existe.