Durante el arranque del llamado “Plan Frijol” en Zacatecas, la presidenta encabezó un evento en la Planta Embolsadora de Frijol “Beatriz González Ortega” para impulsar la producción y consumo de este grano. Claudia Sheinbaum destacó el valor nutricional del frijol al señalar: “El frijol es bendito… combinado con maíz o arroz es casi como comer carne”. Obviamente lo decía por el valor de la proteína vegetal que los necios carnívoros se niegan a reconocer a pesar de la evidencia científica.

La declaración buscaba promover la soberanía alimentaria y resaltar las proteínas de origen vegetal en combinación con cereales, asegurando que “a mucha honra somos frijoleros”. El hecho es que vale la pena rascar a la memoria colectiva para entender por qué, al día de hoy, la frase sigue siendo tan chocante para un sector de la población que tiene introyectado clasismo y racismo, sin darse cuenta de que, en realidad, los alimentos naturales que son la base de la gastronomía mexicana como cereales y verduras tipo quelites, verdolagas y otros productos que fueron la base culinaria de nuestras abuelas, permitieron a otras generaciones ser mucho más saludables de lo que hoy los alimentos “sofisticados”, congelados, ultraprocesados, cargados de azúcar y derivados del petróleo son.

De hecho, me sigue sorprendiendo que más de la mitad de los productos de consumo habitual en México como pizzas, hamburguesas, tacos fritos congelados o la amplia gama de clamatos, papas fritas, panes, doritos y todo tipo de productos picantes estén prohibidos abiertamente en Europa por contener colorantes como el Rojo N° 3 (eritrosina), declarado potencialmente cancerígeno, y los Amarillos 5 (tartrazina) y 6, relacionados con reacciones alérgicas y problemas de comportamiento, además de estudios que sugieren posibles riesgos de cáncer.

Las abuelas son las orgullosamente frijoleras que alimentaron generaciones de manera saludable y accesible, en tanto que la promesa de “progreso” tiene a México en los primeros lugares de diabetes, obesidad y problemas cardiovasculares del mundo. No es casualidad. El mercado y su apertura, a partir del tratado de libre comercio, tuvo como estrategia de marketing directa al malinchismo nutricional con la idea central de que nuestros productos y cosechas eran inferiores, que eran símbolo de pobreza o que eran parte de una identidad indígena de la que debíamos avergonzarnos.

A partir del tratado de libre comercio comenzaron a importarse productos insalubres que, al inicio, fueron bastante caros y aquello contribuía a la idea de que comer hamburguesas enormes con papas almidonadas pasadas por aceite casi tan tóxico como el de los autos con malteadas azucaradas con sabores sintéticos era señal de “estatus”. Las comidas chatarra desbordantes de azúcares ultraprocesados, carbohidratos difíciles de procesar y comida falsa ganaron el relato y, con el paso del tiempo, hicieron que su consumo estuviera ligado al amor o al cariño. Como los comerciales de Coca-Cola. Si un padre deseaba expresar amor a sus hijos, una buena idea hace 30 años habría sido llevarlos a un McDonald’s nuevo, comprar una cajita feliz con esos trozos de carne que bien parecen plástico y darles refrescos llenos de adrenalina y azúcares que terminarían sobreestimulando el sistema nervioso completo de cualquier pequeño.

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Tampoco es casualidad que los trastornos por déficit de atención e hiperactividad sean, prácticamente, parte de la normalidad en las nuevas generaciones. Aquellos que no han logrado despojarse de esas ideas o ser críticos ante su forma de consumo creen que Claudia Sheinbaum es ignorante o vulgar por hablar del valor nutricional del frijol. No se dan cuenta de que, justamente, el lujo era tener tiempo de limpiar frijoles encontrando piedritas, remojarlos con los niños, el proceso de cocción y el alquimismo mágico de su sazón.

No se dan cuenta de que hoy la explotación laboral y la autoexplotación hacen que parezca mejor comprar productos enlatados, pedir a domicilio comida que nunca estuvo viva o juntar panes con aceite de maíz ultraprocesado junto con embutidos, que también son cancerígenos y llamarle a eso un alimento. Algo estúpido, por supuesto, ya que la palabra alimento proviene del latín alimentum, que significa “nutrición”, “sustento” o “lo que hace crecer”.

Este término deriva del verbo latino alere, que significa “alimentar”, “nutrir”, “hacer crecer” o “criar”. De ahí también vienen palabras como alumnus (alumno), que originalmente significaba “el que es alimentado o criado” y alere está vinculado a la idea de sostener la vida y favorecer el desarrollo mientras que el sufijo -mentum indica resultado o medio de una acción, por lo que alimentum sería literalmente “lo que sirve para nutrir”. Por supuesto que tener alguna sustancia en el estómago que atraviesa el camino intestinal sin aportar nada positivo al cuerpo no puede ser llamado alimento.

No alcanzan a notar que el frijol con epazote tiene más hierro y nutrientes que el paquete de papas fritas.

Los alienados que compraron la idea de los noventa, pensando que aquello iba a elevar la calidad del consumo de comidas y de estatus, hoy viven esclavizados a la presión alta o a los problemas de una tiroides desregulada por el simple hecho de que todos esos productos han sido bombas de disruptores hormonales y sustancias tóxicas que han confundido al cuerpo lo suficiente como para no permitirle trabajar bien.

Por eso creo que Claudia Sheinbaum, como la científica y mujer que es, tiene todo en sus manos para que la autonomía alimentaria camine hacia estándares más estrictos que prioricen la salud pública. Basta de permitir a las grandes empresas norteamericanas que nos envenenen.

Europa no prohíbe por capricho, regula con evidencia de manera estricta y lo llama seguridad alimentaria, bajo la cual prohibe o de plano, restringe aditivos, sustancias y alimentos que presentan riesgos comprobados para el organismo humano y su salud, a menudo porque sus componentes han sido evidenciados como cancerígenos o mutagénicos. Lo toman tan en serio que tienen una Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria que evalúa de manera autónoma los productos. Mantiene un sistema de vigilancia permanente que revisa, evalúa y, cuando es necesario, retira del mercado cualquier sustancia con indicios de ser cancerígena, mutagénica o tóxica. Ha eliminado saborizantes artificiales como el sabor ahumado de salsas BBQ asociados a riesgos de cáncer, vetado colorantes peligrosos mencionados antes, avanzado en la prohibición de compuestos como el bisfenol A (BPA) en envases o latas y extendido su lógica de “cero tolerancia” incluso a productos de uso cotidiano. Es política pública basada en ciencia.

Mientras allá el principio es proteger al consumidor, aquí seguimos debatiendo si es ofensivo decir “somos frijoleros”. Así que orgullosamente vale la pena elegir ser frijoleras antes que darle a nuestros cuerpos una naturaleza de botes de basura para los nocivos de la cadena alimentaria.