El obradorismo llegó al poder en 2018 y lo consolidó en las sucesivas elecciones con la idea de iniciar un cambio radical en México, que desterrase para siempre las prácticas del PRI y del PAN. Sin embargo, lo que decidieron omitir desde un primer momento es que la mayoría de los cuadros del nuevo partido Morena provenían del Revolucionario Institucional. Personajes como AMLO, Adán Augusto López, Ricardo Monreal y la mayoría de los gobernadores morenistas son exmiembros del antiguo partido de Estado.
Morena emula al PRI. Como si el partido de Echeverría y López Portillo hubiese solo cambiado de atavíos, del rojo por el guinda, pues sus prácticas no son más que una reproducción de todo lo que hacía el PRI en los tiempos previos a la transición democrática iniciada en 1997.
En días recientes Emilio Álvarez Icaza y otros miembros de Somos México han denunciado la compra de adherentes en favor de Morena. Según datos oficiales, el partido oficial suma alrededor de 12 millones de afiliados. En sus palabras el partido oficial habría iniciado una operación para que, mediante prebendas y otros artilugios, la agrupación en ciernes se quede desprovista de militancia. Se trataría de una forma de aniquilación, pero no a través de los votos en las urnas, sino mediante la adherencia o captura de sus militantes.
Los oficialistas se jactan de ser uno de los partidos con mayor número de afiliados en el mundo, y presumen números inmensamente mayores que otras agrupaciones políticas como el PAN. No se equivocan. Sin embargo, lo que callan es que el PRI, en los buenos tiempos, hacía lo propio. Mediante la cooptación de los gremios sindicales, fuese el petrolero, el ferrocarrilero o el SNTE, sumaban miles de personas a sus bases; lo que les garantizaba la movilización electoral a cambio de favores negociados con el presidente en turno.
Morena lo repite. Se ha señalado cómo el partido oficial ha adherido a su militancia al sindicato de maestros. Conviene recordar también que Alfonso Cepeda Salas, dirigente nacional del SNTE, es senador de Morena. Es una señal inequívoca del pacto sostenido entre el oficialismo y el sindicato, en una clara regresión en relación con la reforma educativa de 2013.
El obradorismo y sus voceros son hipócritas cuando miran la historia de México y señalan el autoritarismo y el corporativismo ejercido por el PRI en el siglo XX, pues repudian el pasado, pero se esconden detrás del eslogan de una “cuarta transformación” al tiempo que tienen ante sus ojos la evidencia de cómo Morena es el nuevo Revolucionario Institucional.
