Sanae Takaichi es la primera mujer en ocupar el cargo de primera ministra de Japón tal como Claudia Sheinbaum es la primera mujer presidenta de México. Takaichi es la primera en liderar el gobierno japonés en la historia del país y sorprende que aún con la herida subsistente en su país por los estragos de las bombas atómicas, elija la cercanía con Donald Trump.

Y es que hay países cuya memoria histórica debería funcionar como un límite moral. Japón, como México, lo es en definitiva.

Pocas naciones han vivido con tanta letalidad el instante en que la guerra se convierte en devastación absoluta. Vale la pena recordar lo que sucedió a Japón, donde el nombre de Hiroshima sigue siendo, casi ochenta años después, un recordatorio de lo que ocurre cuando el poder científico se combina con decisiones políticas obsesionadas por el exterminio, el poder y ganar a costa de civiles.

El 6 de agosto de 1945, durante el Atomic bombing of Hiroshima, el gobierno de Estados Unidos bajo la presidencia de Harry S. Truman lanzó la primera bomba nuclear utilizada contra población civil. Hay imágenes donde la piel de la gente se cae a pedazos, fotografías de sombras que se quedaron impresas en los suelos con siluetas de niños corriendo. Hay sobrevivientes dedicados al activismo antinuclear, que han escrito libros sobre las atrocidades. Hay ancianos que lo perdieron todo, hay demasiada memoria viva que coloca a Japón como un referente mundial sobre todo lo que no debería permitirse jamás y tras todo lo vivido, no hay manera de justificar en este escenario ningún tipo de alianza con el país que le hizo eso a dos ciudades.

La guerra terminó poco después, pero el mundo comenzó otra etapa, la era nuclear. Japón, reducido a cenizas en dos ciudades, eligió entonces un camino político singular: el de un pacifismo constitucional que durante décadas buscó evitar que el país volviera a participar activamente en la lógica militar de las potencias. Nuestro país tuvo papel en la reconstrucción de esa memoria. En 1967 se firmó el Tratado de Tlatelolco después del impacto global de la Crisis de los Misiles en Cuba de 1962, cuando el mundo estuvo al borde de una guerra nuclear entre Estados Unidos y la entonces Unión Soviética. El principal arquitecto diplomático fue el embajador mexicano Alfonso García Robles, quien más tarde recibiría el Premio Nobel de la Paz en 1982 por su trabajo en favor del desarme nuclear. El tratado crea la primera zona densamente poblada del mundo libre de armas nucleares. Estableció la prohibición de desarrollar, adquirir, probar o almacenar armas nucleares, la prohibición de instalar o desplegar armas nucleares en el territorio de los países miembros, el compromiso de uso exclusivamente pacífico de la energía nuclear y hoy cubre a todos los países de América Latina y el Caribe.

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El Tratado de Tlatelolco se convirtió en modelo para otras zonas libres de armas nucleares en el mundo, como el Tratado de Rarotonga (Pacífico Sur), el Tratado de Pelindaba (África) y el Tratado de Bangkok (Sudeste Asiático). Esa decisión no fue solo jurídica. Fue moral.

Por eso sorprende que hoy la primera ministra Sanae Takaichi esté considerando discutir con el presidente estadounidense Donald Trump la posible integración de Japón al sistema de defensa antimisiles estadounidense conocido como Golden Dome. La conversación, según diversos reportes, podría concretarse en una reunión bilateral en Washington, D.C. Sería ingenuo pensar que solo se trata de defensa, cuando en realidad, se trata de alianzas y guiños en un entorno profundamente hostil.

No se entiende que Sanae Takaichi como la primera mujer en romper el techo político del poder ejecutivo japonés confíe en que colaborar de alguna forma con Estados Unidos evitará convertirse algún día en su objetivo, ni se entiende que el guiño pueda abrir la puerta a una colaboración más allá, como la posibilidad de que en esa colaboración, Japón pudiera suministrar misiles a Estados Unidos. No es buena señal que Sanae Takaichi, la primera mujer en dirigir Japón tras más de cien años de gobiernos masculinos, sea señalada por Donald Trump como “patriota” para su propio país. Parece una contradicción hasta biológica, como diría Salvador Allende.

El proyecto en el que han anunciado una alianza es una arquitectura de defensa diseñada para detectar e interceptar misiles balísticos e hipersónicos que pretende integrar sensores avanzados, satélites y plataformas de interceptación incluso en el espacio, según la prensa internacional. En términos técnicos, el sistema busca anticiparse a las nuevas generaciones de armamento que hoy desarrollan potencias como China, Rusia o Corea del Norte.

En el lenguaje de la seguridad internacional, todo suena razonable con esos términos aparentemente neutrales… disuasión, protección, capacidad de respuesta. Pero la geopolítica rara vez es tan simple y el contexto de hostilidad importa.

La posible participación japonesa no se limitaría a beneficiarse del escudo tecnológico estadounidense. Los reportes también sugieren que Japón podría colaborar en la producción o suministro de misiles interceptores para el sistema, es ahí donde el debate deja de sobre defensa y se vuelve profundamente político sobre una alianza ofensiva en contra de adversarios norteamericanos, el contexto perfecto para que Japón sea presionado a colaborar con su socio en lo que ese socio decida.

Producir o suministrar misiles para una arquitectura militar internacional del país con mayores intenciones de guerra, violaciones al derecho internacional y amenazas activas no significa únicamente protegerse sino que significa entrar en la lógica de la carrera armamentista que el propio Japón trató de evitar después de 1945.

En otras palabras, el país que se convirtió en símbolo mundial del trauma nuclear correría el riesgo de reinsertarse en la cadena industrial de la disuasión militar global.

Y eso tiene consecuencias. La primera es estratégica. Al integrarse plenamente a un sistema impulsado por Donald Trump, Japón no solo se acerca a un aliado; también se expone a los adversarios de ese liderazgo político. En el escenario internacional donde los equilibrios de poder son cada vez más frágiles, formar parte de una infraestructura militar estadounidense convierte automáticamente a cualquier país en una pieza visible del tablero, en un objetivo.

La segunda es simbólica. Durante décadas, Japón representó una voz moral en los debates sobre desarme nuclear y contención militar. La legitimidad de esa postura provenía precisamente de su experiencia histórica. Participar activamente en nuevas arquitecturas de defensa basadas en misiles podría erosionar esa autoridad moral que el país construyó después de la guerra y es una ofensa contra las víctimas y sobrevivientes. Es como decir que murieron en vano.

La tercera es interna. La popularidad política es un recurso volátil cuando las decisiones estratégicas comienzan a acercar a un país a conflictos que su población no percibe como propios. Si la participación japonesa en proyectos militares globales terminara involucrando al país en tensiones innecesarias, la legitimidad de Sanae Takaichi podría enfrentar un desgaste considerable. En política exterior, la prudencia también es una forma de liderazgo. Eso debe aprenderle a su par, Claudia Sheinbaum. Elegir el silencio contemplativo es más valioso que sumarse a la estridencia de un país bélico, despreciado por la mayoría del mundo.

La presidenta de México, Claudia Sheinbaum, ha insistido recientemente en una tradición diplomática que privilegia el humanismo, la neutralidad activa y la resolución pacífica de conflictos. Esa postura no implica indiferencia frente a las amenazas globales. Implica reconocer que, en ocasiones, la mayor contribución a la estabilidad internacional consiste en no alimentar la lógica de la confrontación permanente. Ha rechazado diplomáticamente cualquier intento de intromisión y sociedad con Estados Unidos. El pueblo la ama. En algo se parecen ambas mujeres poderosas: su popularidad es destacada.

Claudia Sheinbaum cuida a su pueblo no por popularidad, sino por convicción, y la popularidad es consecuencia de su compromiso. De ahí que no se entienda a Sanae Takaichi poniendo en riesgo su valiosa popularidad por Donald Trump.

La historia demuestra que ningún escudo es completamente neutral. Cada sistema de defensa redefine el equilibrio del poder y, al hacerlo, genera nuevas tensiones.

Quizá por eso, antes de anunciar su participación en una nueva arquitectura militar global, Japón debería volver a mirar su propia historia. Las cenizas de Hiroshima están más que vivas, Estados Unidos no es un socio confiable y la brillante mujer poderosa que hoy gobierna Japón debería poder notarlo.