No hay temporada dorada para todos. Lo sorprendente del verano es que permite coexistir realidades distintas de extremo a extremo. En un lugar, puede que el sol sea refugio de alegrías con envoltura húmeda de sal pero en la misma ciudad, el calor sofocante asfixia con la dureza del pavimento tanto como la lluvia es música para los privilegiados mientras hay inundación y caos para los capitalinos.
Así se siente saber que las mujeres a las que estimamos enfrentan dificultades de salud. El mismo cuerpo que siente placer puede modificarse sin que dejemos de ser nosotras mismas. Habitar nuestros cuerpos nos brinda una experiencia única, la de tener lo que tenemos y sentir como sentimos. Nuestras formas, nuestro punto de gravedad y hasta la estética que acostumbramos vestir.
A una amiga de la familia le han tenido que realizar un proceso de mastectomía. Sus hábitos de vida han sido impecables. No fuma, toma vitaminas, se ejercita frecuentemente. Me recuerda las búsquedas interminables por mejores consejos de nutrición, las investigaciones informales por identificar disruptores endocrinos y evitarlos, las horas preparando kefir con leche sin hormonas y sin sufrimientos añadidos. Pienso en las ensaladas y las veces que me salgo del salón porque alguien ha comenzado a fumar. En todas las ocasiones que elijo caminar con la esperanza de sumar unos cuantos pasos a mi día, y entonces caigo en la cuenta de que los cuerpos de las mujeres sobreviven desde todos los miedos.
Sentimos tanto que hasta sentimos cuando a una de las nuestras le transforman la manera de habitar el mundo y el cuerpo. También eso nos da miedo. Es como si la vida nos quisiera recordar que lejos de nuestros grados académicos y mucho más allá de los hábitos que consideramos virtuosos, existe la vida misma. Ni siquiera es destino o consecuencia de algo, hay cosas que simplemente, suceden. Sin que alguien lo merezca y sin que exista explicación.
Por la amiga de la familia, mi madre siente dolor en el alma. Lo dice así y pienso en ese cuerpo etéreo, que justo al ser tan abstracto, debe tener las miles de terminales nerviosas más sensibles que el propio cuerpo carnal.
Nos reflejamos irremediablemente en los otros, en nuestros pares, entonces creo que además del dolor por lo que viven las personas que amamos, hay un dolor raro por la duda de lo que podría vivir nuestro propio cuerpo. Esa orfandad que podríamos dejarle a las personas que amamos.
En Mesoamérica la enfermedad nunca fue un asunto privado del cuerpo. Enfermar revelaba una fractura o desequilibrio en la trama que unía a la persona con su comunidad, sus dioses y el cosmos ordenado en capas, de modo que el mal del individuo delataba un desajuste del conjunto. Ese desequilibrio se leía además según el lugar de cada quien.
El cosmos prehispánico repartía de forma desigual la fuerza vital, el tonalli nahua o el ch’ulel maya, y con ella la responsabilidad ritual. Sobre el gobernante y el sacerdote recaía la culpa cuando una sequía o una peste castigaba a todos, mientras que sobre la gente común pesaban la brujería, el aire dañino y el susto que ahuyentaba el alma.
La enfermedad funcionaba así como un espejo del orden social, pues devolvía la imagen de una jerarquía en la que unos concentraban alma y deber y otros cargaban con la exposición y el desamparo. Por eso sanar jamás fue una causa solitaria. Restablecer el equilibrio reclamaba al enfermo, al especialista que unía la hierba y la plegaria, a la familia y a la comunidad entera, porque un cuerpo roto era la señal visible de un vínculo roto. Si la salud dependía de reparar ese tejido común, cabe preguntarse qué dice de nuestro propio orden social la costumbre de tratar hoy la enfermedad como una avería estrictamente individual.



