“En política, lo que no se explica se sospecha.”

Atribuido a distintos autores; practicado por la 4T

Claudia Sheinbaum amaneció este 21 de agosto con “una gripa muy fuerte, tos y fiebre”. No asistió a la mañanera. Apareció después, en una reunión virtual, con cubrebocas. La enfermedad será real; no tengo razones para diagnosticar desde una columna. La oportunidad política del padecimiento, sin embargo, resultó casi milagrosa...

Y es que este viernes volvió a gobernar Sinaloa Rubén Rocha Moya, acusado formalmente en Estados Unidos de conspirar con el Cártel de Sinaloa. Tras 112 días de licencia, regresó con “la frente limpia y en alto”. Limpia según la FGR mexicana; fuertemente acusado por una fiscalía federal estadounidense. La frente, en todo caso, quedó exactamente a la altura del fuero. Para qué nos hacemos.

Y la presidenta, feliz coincidencia, no tuvo que presentarse ante los reporteros para explicar cómo un gobernador señalado por narcotráfico en Estados Unidos recuperó el poder político, el presupuesto, la policía, los archivos y la capacidad de influir sobre quienes podrían investigarlo. Así de cínico todo esto.

La gripa evitó las preguntas. No resolvió ninguna.

¿Sheinbaum autorizó el regreso? Gobernación respondió que fue una decisión “estrictamente personal” de Rocha. Morena también se desmarcó. Ricardo Monreal le pidió reconsiderarlo y solicitar nuevamente licencia. Cuando todos los integrantes de un movimiento aclaran que no tuvieron nada que ver con una decisión, conviene comenzar a buscar al que sí tuvo que ver.

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Y la búsqueda conduce, inevitablemente, a… Palenque.

Rocha fue pieza de Andrés Manuel López Obrador mucho antes de ser un problema de Claudia Sheinbaum. Lo acompañan viejas lealtades políticas, una historia compartida y demasiados secretos acumulados en Sinaloa. Su retorno no tiene aspecto de iniciativa individual; parece una imposición del expresidente para proteger a uno de los suyos. O, quizá, para proteger algo más que a uno de los suyos…

La presidenta queda así en la peor posición posible: si aprobó el regreso, desafía abiertamente a Washington y carga con Rocha; si no lo aprobó, exhibe que no controla ni movimiento ni territorio nacional. Y no cualquier terruño; uno de los estados más violentos del país. Ya podrá escoger entre la complicidad y la subordinación. Ninguna combina bien con el cubrebocas.

Hay, además, demasiadas coincidencias concentradas en pocos días.

Omar García Harfuch viajó a Argentina para una conferencia organizada por la DEA, recibió reconocimientos públicos de la agencia estadounidense y reforzó una interlocución que incomodó a la primer mandataria y sigue incomodando a sectores del obradorismo. Casi simultáneamente, Argentina expulsó a Fernando Farías Laguna y lo entregó a México, después de que —según su defensa— intervinieran Estados Unidos y el propio Harfuch.

Farías, contraalmirante acusado de encabezar una red de huachicol fiscal, pudo terminar enfrentando otro procedimiento internacional. Acabó en El Altiplano, bajo control de las autoridades mexicanas. La pregunta de su abogado es también una pregunta política: ¿qué recibió Washington a cambio?

Y mientras Farías llegaba, la FGR detenía a Fausto Corrales, testigo clave del asesinato de Héctor Melesio Cuén y del secuestro de Ismael El Mayo Zambada. Es el hombre que sostuvo la falsa historia de la gasolinera con la que la Fiscalía sinaloense —¿y el gobernador, hoy convertido en hijo pródigo?— intentó ocultar el lugar y las circunstancias reales del crimen.

En otras palabras: llegó a México un marino que puede saber demasiado sobre el huachicol fiscal; cayó el testigo vivo de uno de los mayores montajes de Sinaloa, y Rocha recuperó el gobierno (y, reitero, el blindaje). Todo mientras Harfuch estrechaba manos con la DEA y Sheinbaum guardaba cama.

Puede ser casualidad. También puede ser una operación para cerrar cabos sueltos, reasegurar fueros y colocar a cada personaje bajo la jurisdicción más conveniente. No hay elementos públicos para afirmar que existió un pacto. Sí los hay para exigir que el gobierno explique por qué tantas piezas se acomodaron al mismo tiempo y siempre en beneficio del control político interno. Exigir, a sabiendas de que no obtendremos respuestas.

Existe una hipótesis todavía más inquietante: que Harfuch hubiera negociado la entrega de Farías, la cooperación en otros expedientes y algún entendimiento tácito sobre Rocha. Si fue así, sería bastante mejor negociador de lo que muchos suponíamos. Al menos de lo que yo supongo. Si no fue así, devolverle el poder a un gobernador acusado por Estados Unidos constituye una afrenta bilateral de proporciones bíblicas.

El gobierno estadounidense acaba de insistir en que el Cártel de Sinaloa opera gracias a funcionarios corruptos. México contestó colocando nuevamente al frente de Sinaloa a uno de los funcionarios señalados. Más que respuesta diplomática, esto parece toda una provocación con banda de guerra.

Pero la peor afrenta no es contra Washington. No nos equivoquemos. Es contra los sinaloenses que viven entre asesinatos, desapariciones, desplazamientos y comercios cerrados. Es contra las madres buscadoras que recibieron al gobernador con carpetas de restos identificados y escucharon de él un “¿cómo están?”. “Batallando como siempre”, contestaron. Rocha entró a Palacio; la carpeta, al parecer, no…

Ahí está la fotografía completa del régimen —y de cualquier día de agosto—: las madres cargan los huesos; el acusado recupera el gobierno; Morena se deslinda; Gobernación se lava las manos; López Obrador no aparece; y Claudia Sheinbaum enferma justo cuando tendría que explicar quién manda (o quién no manda).

El regreso de Rocha no demuestra su inocencia. Demuestra que conserva poder suficiente para volver. Tampoco desmiente las acusaciones estadounidenses: simplemente utiliza las instituciones mexicanas para construir una absolución política antes de que exista una resolución judicial. Lo digo porque hoy mismo la 4t nos va querer vender otra cosa.

Esto terminará mal para Morena. El problema es cuánto más tendrá que terminarse México antes.

Giro de la Perinola

Rocha volvió con la frente en alto. Los sinaloenses, en cambio, siguen aprendiendo a caminar con la cabeza abajo: no por vergüenza, sino para evitar las balas.