En un artículo de mil palabras —el de hoy jueves en El Financiero—, Raymundo Riva Palacio ha utilizado poco más de 200, el 20% de ese texto, para insultar, descalificar sin argumentos y hasta calumniar a la presidenta Claudia Sheinbaum. Veamos:

  • “Se hizo chiquita (por no acudir a Davos)”.
  • “Optó por esconderse”.
  • “Cambió Davos… por su mañanera… asegurándose de que nadie la oyera”.
  • “Pagaba un nuevo tributo a Trump”.
  • “(Trump) la ha humillado”.
  • “Sus paleros siempre resaltan…”.
  • “Se siente incómodamente tranquila”.
  • “No tiene argumentos”.
  • “(Su) actitud… hacía imposible que saliera de Davos con credibilidad”.
  • “Una jefa de Estado acotada dentro y débil fuera”.
  • “Qué triste y lamentable (lo que hace la presidenta de México)”.
  • “México ya es parte del menú de Trump”.
  • “Sin consenso interno”.
  • “Sheinbaum recorre México ofreciendo cosas que no va a poder cumplir”.
  • “El discurso de soberanía le sirve localmente para la gradería, pero no funciona ante los líderes en Davos”.
  • “No sirve para evitar aranceles ni amenazas”.
  • “No está buscando acomodarse… sino aceptar los designios (de Trump)”.
  • “No tiene un mensaje que concilie sus palabras con sus acciones”.
  • “Tampoco tiene el arrojo y la determinación”.
  • “Porque no quiere, y también porque no puede, por la molestia que podría causar en Palenque”.
  • “Según sus exigencias (de Trump)”.
  • “La más grande metáfora de sus contradicciones”.
  • “Como si hubiera optado por esconderse para que no la viera nadie”.
  • “Busca si aún le quedan espacios de maniobra antes de entregar la plaza sin pelear”.
  • “Mejor experiencia que la que vivimos en México para entender las palabras del primer ministro (de Canadá, sobre que si un país no está en la mesa, está en el menú) puede no haber en el mundo”.

Riva Palacio compara a la presidenta que “se hizo chiquita” con el gigante primer ministro de Canadá, Mark Carney. Es un recurso típico del periodismo que no analiza las cosas con objetividad, sino con la intención de que la gente que lee se alinee con el lado que el columnista considera correcto.

Aquí hay narcisismo. Pero el narcisista no es el primer ministro Carney, sino el columnista Riva Palacio, quien se sitúa a sí mismo en un nivel superior a la presidenta Sheinbaum, lo que es ridículo.

La simple comparación de biografías demuestra que el tamaño —ético, político, intelectual— de Claudia Sheinbaum es mucho muy superior al de Raymundo Riva Palacio:

  • El columnista, ocho años mayor que la presidenta, estudió periodismo; ella se especializó en disciplinas que requieren algo que la gente dedicada a la comunicación no desarrolla: capacidad para el análisis lógico / matemático.
  • Claudia Sheinbaum aprendió en importantes universidades y centros de investigación científica que el éxito, en cualquier materia, se mide por evidencia verificable. De ahí que con frecuencia pregunte a periodistas de dónde sacan sus teorías imposibles de comprobar. El periodismo exige lo mismo: verificación, pero Riva Palacio por lo visto faltó a sus clases cuando se dio esa lección.
  • La influencia de Riva Palacio es local. Sheinbaum, antes de ser una figura de primer orden en la política mexicana, participó en investigaciones científicas muy serias y aun en un grupo de la ONU —el Panel Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático—, como autora contribuyente para el Cuarto Informe de Evaluación en 2007, que ese año compartió el Premio Nobel de la Paz con el estadounidense Al Gore. Como presidenta de México, ella ha sido elogiada en numerosos países: se la ha incluido en varias listas de las personas más influyentes del mundo.

Queda claro el por qué del narcisismo de Riva Palacio, expresado en sus textos que elabora desde la superioridad intelectual que a sí mismo se otorga: es una máscara para ocultar su frustración de que no tendrán en realidad ningún impacto sus críticas a una persona, Sheinbaum, objetivamente mucho más preparada e importante que él.

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Es la razón de que este columnista tan dañado por el narcisismo escriba desde una supuesta superioridad, que de ninguna manera tiene, para comparar con insultos el discurso del primer ministro canadiense con la inasistencia de la presidenta mexicana a Davos, Suiza.

Raymundo no es tan tonto como para ignorar algo sencillo de entender: que la relación de México y Canadá con Estados Unidos responde a variables diplomáticas y comerciales siempre muy complejas, pero muchísimo más en los tiempos de Trump.

Podría funcionarle —o podría perjudicarle— a Mark Carney enfrentar a Donald Trump como niño héroe que se lanza al vacío envuelto en su bandera, la bella The Maple Leaf. Es otra, creo que más prudente e inteligente, la estrategia de Claudia Sheinbaum, quien por cierto elogió el discurso del canadiense en Davos: la presidenta de México no arriesgará la solidez de los acuerdos con EEUU solo para que le aplauda una prensa que, de cualquier modo, la desprecia porque, la verdad sea dicha, desde 2018 perdió privilegios económicos con la llegada de la izquierda a la presidencia.

Ayer la presidenta Sheinbaum hizo varias preguntas a la comentocracia que tanto dice que ella está entre la espada y la pared porque no entrega narcopolíticos a Estados Unidos: “¿De dónde tienen esa información? ¿Quién se las dijo? ¿Cuál es su fuente? ¿De dónde? O sea, ¿de dónde sacan tanta mentira, tanta mentira?”.

Los y las periodistas no responderán, pero no por dejar a salvo a sus fuentes, sino simple y sencillamente porque no hay fuentes: se trata de inventos.

Todos conocemos la respuesta a la pregunta que no hizo Claudia Sheinbaum: ¿Por qué miente tanto la comentocracia mexicana? Lo sabemos, ya lo dije aquí mismo: porque con los dos gobiernos de izquierda, medios y columnistas famosos han perdido dinero, y no poco: muchísima lana que les daban el PRI y el PAN.